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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 21: El Refugio del Cuervo
El puesto de avanzada conocido como el "Refugio del Cuervo" no era más que una cáscara de piedra y madera podrida, encaramada en un risco que dominaba el valle del Sur. Hacía años que los rebeldes lo habían abandonado tras una purga de la corona, y ahora solo servía como nido para las aves carroñeras y como escondite para los desesperados. Cuando Isolde, Cédric y Genevieve llegaron a sus puertas desvencijadas, el cielo empezaba a teñirse de un gris ceniciento, anunciando un amanecer que no traía esperanza, sino la cruda realidad de su situación.
Isolde se dejó caer contra la pared de piedra fría del interior, sintiendo que sus pulmones finalmente recuperaban un ritmo normal, aunque el aire seguía quemando. Su cuerpo pequeño estaba al límite; sus piernas temblaban de forma incontrolable y la marca en su mejilla palpitaba con un dolor sordo que parecía sincronizado con los latidos de su corazón. Envuelta en las capas de piel, se veía aún más diminuta, una muñeca de porcelana arrojada a un mundo de lobos y barro.
Pero no era el cansancio físico lo que la estaba matando. Era el silencio.
—No puede haber muerto —susurró Isolde, con la voz quebrada. Sus ojos azules estaban fijos en la entrada de la ruina, escaneando la cortina de nieve que caía sin cesar.
Cédric estaba en un rincón, intentando encender un fuego pequeño y discreto con yesca seca, evitando que el humo delatara su posición. Se detuvo y miró a la duquesa con una expresión de compasión que a Isolde le dolió más que un insulto.
—El Duque es una fuerza de la naturaleza, mi señora —dijo Cédric, aunque su propia voz carecía de la convicción habitual—. He visto a hombres intentar matarlo durante años. Alaric no cae ante unos simples exploradores. Estará ganando tiempo, borrando nuestro rastro.
—Lo dejé solo —insistió ella, las lágrimas empezando a rodar por sus mejillas y perdiéndose en el pelaje de su capa—. Me ordenó que me fuera y le obedecí como una cobarde.
Genevieve se acercó y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo. Las dos mujeres compartieron un momento de silencio absoluto. Ambas sabían que en la guerra de Aethelgard, el sacrificio era la moneda de cambio diaria. Pero para Isolde, la idea de un mundo sin la presencia abrumadora de Alaric, sin su voz ronca, sin sus manos grandes reclamándola con esa brutalidad protectora, era simplemente inconcebible. El Carnicero se había convertido en su eje, en el centro de gravedad de su propia existencia.
Pasó una hora. Luego otra. El pequeño fuego de Cédric apenas lograba calentar la estancia, y el frío empezaba a filtrarse de nuevo por los huesos de Isolde. Cada ruido del viento golpeando las maderas rotas la hacía saltar, buscando la silueta de su esposo. El miedo se estaba transformando en una agonía lenta, una certeza oscura de que Valerius finalmente se había cobrado su deuda.
—Hay alguien afuera —dijo Cédric de repente, poniéndose de pie con la ballesta lista.
Isolde se levantó como pudo, ignorando el dolor de sus músculos. Su mano buscó la daga de acero negro en su cinturón. Su respiración se detuvo.
En el horizonte grisáceo, entre la neblina y los pinos cubiertos de escarcha, apareció una silueta. Al principio era solo una mancha oscura, un error en el paisaje blanco. Pero a medida que se acercaba, la forma se volvió inconfundible. Era un hombre. Un hombre enorme que caminaba con una cojera pesada, arrastrando una espada que dejaba un surco negro en la nieve virgen.
—¡Alaric! —gritó Isolde, olvidando todas las precauciones.
Corrió hacia la salida, tropezando con los escombros, y se lanzó a la nieve profunda del patio. El frío le caló los huesos, pero no le importó. Solo veía a ese gigante que avanzaba hacia ella como un espectro que regresa del inframundo.
Alaric se detuvo a pocos metros. Estaba en un estado deplorable. Su capa de piel de oso estaba hecha jirones y empapada de una sangre tan oscura que parecía negra. Su rostro de malo estaba cubierto de cortes y suciedad, y su hombro izquierdo estaba empapado de rojo, donde una flecha o un tajo lo había alcanzado profundamente. Sus ojos café, usualmente tan llenos de furia contenida, estaban nublados por el agotamiento extremo.
Cuando vio a Isolde corriendo hacia él, Alaric soltó la espada. El acero chocó contra la piedra con un sonido definitivo. Él intentó mantenerse erguido, intentó recuperar esa máscara de hierro que lo hacía invulnerable, pero su cuerpo de cien kilos de músculo finalmente cedió.
Isolde llegó a él justo cuando sus rodillas golpeaban la nieve. Ella lo rodeó con sus brazos pequeños, intentando sostener esa inmensidad que se derrumbaba sobre ella. Alaric hundió su cara en el hueco del cuello de su esposa, aspirando su aroma a lavanda y miedo, mientras sus manos grandes y ensangrentadas la rodeaban con una fuerza desesperada.
—Estás viva... —susurró él, y su voz era un hilo de fuego roto—. Estás a salvo.
—Estás herido, Alaric. Por Dios, estás sangrando mucho —sollozó ella, intentando ver la herida de su hombro.
Alaric soltó un gruñido que fue mitad risa y mitad quejido de dolor. La apartó lo suficiente para mirarla a la cara, sus manos sucias acunando sus mejillas de porcelana. A pesar de su estado, la intensidad en su mirada era suficiente para quemar.
—Maté a cada uno de ellos, Isolde —dijo él, y por un momento la luz del Carnicero volvió a sus ojos—. Nadie nos sigue. Por ahora, el bosque es nuestro.
Intentó ponerse de pie, pero soltó un jadeo de dolor y se tambaleó. Cédric llegó a su lado y pasó el brazo masivo de Alaric sobre sus hombros para ayudarlo a entrar al refugio. Isolde caminaba al otro lado, sosteniendo su mano, sintiendo la calidez de su sangre mezclada con el frío de la nieve.
Una vez dentro, lo depositaron sobre un montón de mantas cerca del fuego. Alaric se recostó contra la pared, su pecho masivo subiendo y bajando con dificultad. Isolde no perdió el tiempo; rasgó la tela de su camisa de lino para llegar a la herida del hombro. Era un corte profundo, sucio, pero por milagro no había tocado el hueso.
—Voy a curarte —dijo ella, con una firmeza que sorprendió hasta a Cédric.
—Haz lo que tengas que hacer —respondió Alaric, cerrando los ojos. Su mano derecha buscó la de ella y la apretó con tal fuerza que Isolde pensó que le rompería los dedos—. Pero no me dejes dormir, Isolde. Si cierro los ojos ahora, Valerius ganará.
Isolde se inclinó y le besó la frente sudorosa.
—No vas a morir hoy, Alaric. Ni ningún otro día. Todavía tienes que enseñarme a ser la reina de este monstruo.
Alaric sonrió débilmente, una expresión que suavizó su cara de malo por un segundo eterno antes de que el dolor lo hiciera tensar la mandíbula de nuevo. La cacería se había detenido por unas horas, pero en ese refugio de piedra, bajo la mirada de los cuervos, la verdadera batalla por la supervivencia de los Duques de Aethelgard acababa de entrar en su fase más oscura.