⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Verónica y Roman
El aire en la habitación estaba saturado de una tensión eléctrica. Christopher se aproximaba sobre el joven, sus colmillos rozando la piel pulsante del cuello del omega. El momento que el alfa había planeado durante ocho años, el reclamo final que borraría cualquier rastro de la isla, estaba a milímetros de distancia. El omega, atrapado en su parálisis inducida por las drogas, sentía el aliento caliente de su captor como una sentencia de muerte.
Justo cuando el mafioso abría la boca para hundir sus dientes en la glándula, un estruendo metálico sacudió la fortaleza.
Las luces de emergencia rojas estallaron en un parpadeo frenético. El aullido de las alarmas de intrusión cortó el silencio sagrado del ritual. Christopher se detuvo en seco, su mandíbula tensa, sus ojos color sangre por la frustración de un instinto interrumpido.
-¡Maldita sea!- Rugió, apartándose del chico con una violencia que hizo que el omega cayera pesadamente contra el colchón.
El alfa corrió hacia el panel de control de la habitación. En las pantallas, los sensores mostraban una brecha en el sector sur, pero las cámaras estaban cubiertas por la interferencia de la tormenta. Su primer pensamiento fue un ataque directo de un clan rival, pero la falta de disparos lo confundió.
El chico, desde su bruma narcótica, escuchó el caos. En su mente, una pequeña chispa de esperanza se encendió. Verónica, pensó, aunque no tenía pruebas. El aroma a nieve y pino de su esposo ya no era seductor ni dominante... era puro odio ácido.
En el perímetro exterior, Verónica se apretaba contra la pared de hormigón, jadeando. El frío era insoportable, pero el calor de su rabia la mantenía en pie. Había logrado sabotear el generador secundario, pero la respuesta de la guardia de Christopher había sido más rápida de lo esperado. Estaba rodeada.
-Tengo que salir de aquí...- Susurró, con los dedos entumecidos sobre el gatillo de su arma.
Se deslizó por un conducto de ventilación hacia las cocinas industriales, buscando una salida hacia el bosque. Al doblar una esquina sombría, chocó de frente con un hombre alto, de hombros anchos y mirada sombría, vestido con el uniforme de los técnicos de mantenimiento de la mansión.
Verónica levantó su arma, pero el hombre fue más rápido, desarmándola y cubriéndole la boca con una mano que olía a aceite de motor y a un aroma de beta familiar.
-Si quieres vivir, cállate.- iseó el hombre -No soy uno de ellos.-
Verónica forcejeó, pero al mirar a los ojos del hombre, vio algo que reconoció de inmediato: el mismo dolor que ella cargaba.
-¿Quién eres?- Logró preguntar cuando él la soltó en la oscuridad de una bodega de carga.
—Me llamo Roman.- Respondió él, sus puños apretándose -Soy el hijo de Mikhail. El hombre que el padre de ese maldito omega dejó morir en el sótano como a un perro.-
Verónica se quedó helada. Recordaba las historias que Tayler le había contado en la isla, los susurros sobre el anciano Mikhail que murió.
-Tayler no tuvo la culpa —dijo la chica, recuperando su arma -Él fue manipulado. Es ese alfa es el que debe pagar.
Roman soltó una risa amarga.
-Tayler fue el instrumento. Pero Christopher es el que sostiene los hilos ahora. He estado infiltrado aquí durante dos años, esperando el momento de prenderle fuego a este lugar desde adentro. Tu pequeña explosión casi arruina mi plan.-
-Él va a marcarlo esta noche.- dijo Verónica con urgencia -Si no lo sacamos ahora, mi Tayler dejará de existir.-
Roman miró hacia el ascensor que subía a la torre.
-No podemos subir. Han sellado los niveles superiores. Si lo intentamos, moriremos los dos y "tu Tayler" se quedará solo para siempre. Tenemos que retroceder, reagruparnos y usar lo que yo sé de la estructura interna.-
Verónica miró hacia arriba, sintiendo el aroma de Tayler llamándola a través del acero y el hielo. Le dolía el alma dejarlo allí, pero sabía que Roman tenía razón. Un ataque frontal ahora sería un suicidio.
-Está bien.- Cedió -Pero jura que me ayudarás a sacarlo. No solo a matar al alfa.-
Roman asintió con una solemnidad sombría.
-Mi padre amaba a ese chico. Por su memoria, lo sacaremos de su jaula.-
Christopher regresó a la cama después de diez minutos de furiosas llamadas por radio. Su jefe de seguridad le había informado que no encontraron a nadie. Al parecer, la tormenta de nieve había provocado un cortocircuito en los sensores exteriores deteriorados por el clima extremo.
El mafioso no investigó a fondo. Su arrogancia era su mayor debilidad. No creía que nadie fuera lo suficientemente estúpido como para infiltrarse en su fortaleza privada sin ser detectado.
-Una falla técnica.- Gruñó, volviéndose hacia el joven -El destino parece querer darte unos minutos más de libertad, pequeña violeta.-
Tayler seguía inmóvil, pero sus ojos estaban fijos en en el alfa con una intensidad nueva. Las drogas estaban empezando a perder efecto gracias al golpe de adrenalina que le dio la alarma.
El mafioso se sentó a su lado, sus manos recorriendo de nuevo el cuerpo de Tayler con una posesividad enfermiza. Manoseó sus costados, sus dedos hundiéndose en la carne suave provocando dolor, apretó su miembro recordándole a Tayler que, aunque el ritual se hubiera pospuesto, el resultado sería el mismo.
-No importa...-susurró, besando el lóbulo de la oreja del chico con una frialdad que hizo que el omega sintiera ganas de morir -La tormenta durará toda la noche. Nadie va a venir a salvarte. Mañana, cuando el sol salga sobre la nieve, olerás solo a mí.-
Christopher se recostó a su lado, rodeando la cintura de Tayler con un brazo posesivo, atrapándolo contra su pecho. El omega se quedó mirando la luz roja de la alarma que seguía parpadeando en el techo.
En la oscuridad, a kilómetros de allí, Verónica y Roman se adentraban en el bosque, formando una alianza de sangre y fuego. El sol de la isla se había apagado, pero una nueva clase de incendio estaba empezando a gestarse bajo la nieve.
El mafioso pensaba que había ganado. Pero por primera vez en ocho años, no era el único que acechaba en las sombras.