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Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:759
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Atraeus sacó un fajo de papeles amarillentos, sellados con el blasón personal de Ormand, y los dejó caer sobre la mesa, justo donde el té derramado comenzó a empaparlos, oscureciendo la tinta pero haciendo resaltar el sello carmesí.

El horror se extendió por la sala. No era solo la revelación de la traición; era la prueba física. Lord Ormand no solo había abandonado a sus aliados, sino que se había lucrado con su caída. La Casa de los Halcones no había caído por azar; había sido sacrificada por el hombre que ahora pretendía dar lecciones de honor.

—¡Esas son falsificaciones! —gritó Ormand, pero su voz sonó quebrada, despojada de su autoridad.

—¿Lo son? —Atraeus miró a Selene—. Dile la verdad a la corte, Selene. Dile si tu padre no te contaba historias sobre cómo la "prudencia" salvó vuestro linaje mientras vuestros amigos ardían. Dile si no llevas en tu dote las joyas que pertenecieron a mi madre, aquellas que tu padre "puso a buen recaudo" después de la masacre.

Selene miró los papeles y luego a Atraeus. En sus ojos había una lucha desesperada entre la lealtad filial y la culpa que la había consumido durante años. Vio en Atraeus no al niño que amó, sino a un ángel exterminador que ella misma había ayudado a crear.

—Es... es verdad —susurró ella, su voz apenas un hilo, pero en el silencio sepulcral del solar, sonó como un trueno.

El caos estalló. Los nobles que antes rodeaban a Ormand se alejaron de él como si fuera un leproso. La fascinación de la corte por Atraeus se transformó en un terror reverencial. Había destruido a un gran señor del norte no con una espada, sino con una tetera y un puñado de verdades amargas.

—Guardias —ordenó el Gran Justicia Kaelen, que observaba desde la distancia, viendo una oportunidad de oro para limpiar su propia imagen tras el fracaso del compromiso—. Escoltad a Lord Ormand a las celdas de la maza. Se llevará a cabo una investigación por alta traición al reino.

Mientras los guardias se llevaban a un Ormand desmoronado y a una Selene sollozante, Atraeus permaneció de pie, impasible. Thera se acercó a él, sus ojos brillando con una mezcla de excitación y cautela.

—Has ganado, Atraeus —dijo ella, su mano rozando la suya bajo la mesa—. Pero ahora todos saben de lo que eres capaz. Te han visto las garras.

—Que miren —respondió él, observando cómo las hojas de ceniza se asentaban en el fondo de la porcelana negra—. El miedo es un cimiento mucho más sólido que el respeto.

***

El regreso al refugio de Atraeus se hizo en un silencio cargado de electricidad. La adrenalina de la humillación pública todavía corría por sus venas, una mezcla de triunfo político y una oscuridad personal que buscaba una salida.

En cuanto las puertas de sus aposentos se cerraron, Atraeus agarró a Thera por la nuca, estampando sus labios contra los de ella con una ferocidad que le cortó la respiración. No hubo preámbulos, no hubo galantería. Era la necesidad bruta de sentir que estaba vivo, de reclamar algo real después de haberse enfrentado a los cadáveres de su pasado.

Thera respondió con igual violencia, sus manos arrancando los botones del jubón de Atraeus mientras lo empujaba hacia la gran mesa de roble donde planeaba sus conquistas. Documentos, mapas y tinteros volaron al suelo cuando él la alzó y la sentó sobre la madera fría.

—Te gusta el sabor del poder, ¿verdad? —jadeó Thera, sus piernas rodeando la cintura de él mientras él se deshacía de sus pantalones—. Te excita verlos caer de rodillas.

Atraeus le apartó la seda de la entrepierna con un movimiento brusco, revelando su humedad ya preparada por la tensión del evento.

—Me excita saber que soy el único que puede sostener tu cuello sin romperlo —gruñó él, hundiéndose en ella de un solo golpe, profundo y posesivo.

Thera echó la cabeza hacia atrás, un grito de placer puro resonando en la habitación abovedada. Sus uñas se clavaron en los hombros de Atraeus, dejando marcas que sangrarían al día siguiente, pero a ninguno de los dos le importaba. El sexo era su lenguaje de guerra, su forma de purgar la ponzoña de la corte.

Atraeus la embestía con una cadencia despiadada, sus ojos fijos en los de ella, buscando esa chispa de desafío que lo mantenía cuerdo. En ese momento, ella no era su agente, ni su amante; era su igual en la oscuridad. El sudor empapaba sus cuerpos mientras el ritmo aumentaba, la mesa crujiendo bajo el peso de su urgencia.

—Dime... —jadeó Atraeus, su voz rota por el esfuerzo— que no hay nadie más. Que este reino es nuestro.

—Es tuyo... todo es tuyo... —gimió Thera, sus espasmos comenzando a rodearlo, apretándolo con una fuerza que amenazaba con deshacer su control—. Solo cómeme entera, Atraeus. No dejes nada para los fantasmas.

El clímax los golpeó como una tormenta de verano, violento y purificador. Atraeus se aferró a ella, ocultando su rostro en el hueco de su cuello mientras su semilla se derramaba en su interior. Por unos instantes, el gran estratega de Vesperia desapareció, dejando solo a un hombre que buscaba desesperadamente no hundirse en el abismo de su propia soledad.

Se quedaron así durante mucho tiempo, con el único sonido de sus respiraciones agitadas y el viento golpeando los ventanales. La jugada del té había sido un éxito rotundo, pero Atraeus sabía que cada victoria lo alejaba un paso más de la redención. Había dividido a la corte entre el horror y la fascinación, y ahora, en la penumbra de su habitación, se daba cuenta de que ya no había vuelta atrás.

—Selene nunca te habría dado esto —susurró Thera después de un rato, acariciando el cabello de Atraeus con una ternura inesperada—. Ella te habría dado paz, y tú ya no sabes qué hacer con eso.

Atraeus se separó lentamente, sus ojos volviendo a ser los del halcón que acecha desde las sombras.

—La paz es una mentira que los débiles se cuentan antes de morir —dijo él, vistiéndose con calma—. Nosotros tenemos algo mejor. Tenemos el control.

Caminó hacia la ventana y observó la ciudad. La maza del Justicia caería pronto sobre Ormand, y él ya estaba pensando en su siguiente jugada. Pero en un rincón de su mente, el aroma del té de ceniza persistía, recordándole que, aunque quemara todos los espejos, su rostro siempre sería el de aquel que sobrevivió para convertirse en aquello que más odiaba.

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