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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.5k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 23: Sebastián ataca.

Lucía la despertó a las ocho de la mañana con café negro y la cara de emergencia.

—Señora, tenemos un problema. La secretaria del piso cuarenta me acaba de llamar. Sebastián convocó una junta extraordinaria para las diez. No la invitó a usted.

Cassidy se sentó en el piso del despacho con la manta todavía encima y la resaca partiéndole el cráneo en dos.

—¿Cómo que no me invitó?

—Mandó la convocatoria anoche a las once desde su correo corporativo. A todos los miembros de la junta. A usted no. La secretaria lo vio esta mañana y me avisó.

Cassidy se levantó del piso. Le dolía todo. La cabeza, la espalda, las rodillas, el orgullo. Olía a whisky y tenía los ojos hinchados de llorar y la boca seca como el desierto de Arizona.

—¿Cuál es el orden del día?

—Un solo punto. —Lucía tragó saliva—. Moción para evaluar la capacidad de gestión de la directora general y considerar un cambio de liderazgo temporal.

Hijo de puta. Lo hizo. Convocó una junta a mis espaldas para sacarme de mi propia empresa.

—¿Quién firmó la convocatoria?

—Sebastián como accionista y Marcos Peña como director financiero. Con esas dos firmas alcanza para convocar una extraordinaria según los estatutos.

Cassidy miró el reloj. Las ocho y cuarto. Tenía una hora y cuarenta y cinco minutos.

—Llama a Valentina Torres. Dile que la necesito en el edificio Montero a las diez en punto con el informe de las empresas fantasma. El que tiene los números duros. Dile que es ahora o nunca.

—Sí, señora.

—Y llama a Castillo. Necesito saber si esta convocatoria es legal o si puedo impugnarla.

Lucía salió corriendo. Cassidy fue al baño, se lavó la cara con agua helada, se miró al espejo —desastre absoluto— y se cambió de ropa en tres minutos. Pantalón negro, blusa blanca, zapatos planos. Sin maquillaje, sin arreglos, sin tiempo para nada.

Castillo la llamó en el carro camino a la oficina.

—La convocatoria es técnicamente legal. Los estatutos permiten que dos accionistas con al menos el veinte por ciento del total convoquen una extraordinaria con veinticuatro horas de anticipación. La mandó anoche a las once, la junta es a las diez. Cumple el plazo por minutos.

—¿Pueden votar sin mí?

—Pueden votar, pero no pueden ejecutar nada que afecte tus derechos como accionista mayoritaria sin tu presencia o la de tu representante legal. Si votan declararte incompetente, la resolución es impugnable y yo la impugno en treinta minutos. Pero el daño reputacional ya estaría hecho.

—Entonces tengo que estar ahí.

—Tienes que estar ahí.

Cassidy colgó. Miró la hora. Las nueve y veinte. Cuarenta minutos.

Valentina confirmó por mensaje: «Llego a las diez. Con todo.»

Cassidy entró al edificio Montero a las nueve y cuarenta y cinco. Subió al piso cuarenta. La secretaria la miró con alivio visible.

—La junta empieza en quince minutos, señora. Ya están todos adentro.

—¿Todos?

—Todos los que convocó el señor Duarte. Ignacio Velarde, Patricia Herrera, Ricardo Soto, Marcos Peña y los dos accionistas menores.

—¿Velarde sabe que yo no fui convocada?

—Sí. Me preguntó tres veces. Le dije que usted estaba en camino.

Cassidy asintió. Esperó en su oficina mirando el reloj. A las nueve y cincuenta y ocho Valentina Torres salió del ascensor con la carpeta negra bajo el brazo y cara de quien viene a demoler un edificio. A las nueve y cincuenta y nueve Lucía le abrió la puerta de la sala de juntas.

Cassidy entró.

La sala estaba llena. Sebastián en la cabecera —en su silla, en la silla de la dueña— con Marcos a su derecha y los accionistas menores a su izquierda. Ignacio Velarde estaba al fondo con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Patricia Herrera tomaba notas. Ricardo Soto miraba la puerta como si estuviera esperando exactamente esto.

Sebastián la vio entrar y la mandíbula se le endureció.

—Esta junta fue convocada para los miembros de la junta directiva y los accionistas firmantes. Tú no fuiste convocada.

—Soy la accionista mayoritaria de esta empresa, Sebastián. No necesito que me convoquen para entrar a mi propia sala de juntas.

Se sentó. No en la silla de visitas. Agarró una silla, la arrastró hasta la cabecera opuesta a Sebastián y se sentó mirándolo de frente.

—Continúa. Me dijeron que querías evaluar mi capacidad de gestión. Estoy aquí. Evalúame.

Marcos intervino con la voz ensayada de siempre.

—Señora Montero, la moción no es personal. Es una evaluación objetiva basada en indicadores de gestión. Desde que usted asumió la dirección, hemos perdido tres clientes clave, la imagen pública de la empresa se ha deteriorado por los escándalos mediáticos y...

—Valentina —dijo Cassidy sin dejar de mirar a Marcos—. Adelante.

Valentina Torres entró a la sala de juntas como entra un cirujano a un quirófano: sin prisa, sin emoción, con el instrumental listo. Puso la carpeta negra sobre la mesa, la abrió y sacó un fajo de documentos que distribuyó entre los presentes.

—Mi nombre es Valentina Torres. Auditora financiera independiente. Fui contratada por la señora Montero hace tres semanas para realizar una auditoría completa del Grupo Montero.

Marcos palideció. No un poco. Se puso del color del papel que tenía delante.

—En los últimos dos años —continuó Valentina con voz plana—, se autorizaron pagos por tres millones doscientos mil dólares a nueve proveedores que no existen. Empresas fantasma registradas en paraísos fiscales, sin empleados, sin operaciones reales. Los pagos fueron autorizados por el director financiero, Marcos Peña, y el dinero terminó en dos cuentas: una en Panamá a nombre de una sociedad controlada por Sebastián Duarte, y otra en Miami a nombre de Andrea Ríos. El señor Peña recibió una comisión del quince por ciento a través de una tercera empresa fantasma en Belice. Los detalles están en el documento que tienen frente a ustedes.

El silencio que cayó sobre la sala fue tan denso que Cassidy sintió que podía tocarlo.

Ignacio Velarde abrió el documento y empezó a leer. Patricia Herrera dejó de escribir y se quedó mirando los números. Ricardo Soto soltó un silbido bajo entre dientes. Los dos accionistas menores se miraron entre ellos con cara de querer estar en cualquier otro lugar del planeta.

Marcos tenía la boca abierta y las manos planas sobre la mesa como si necesitara agarrarse de algo para no caerse de la silla.

Sebastián no miró el documento. Miraba a Cassidy. Con los ojos de un animal que sabe que la trampa se cerró y busca una salida que no existe.

—La moción de incompetencia queda anulada —dijo Ignacio Velarde desde el fondo de la mesa, con voz de trueno—. Y propongo que se abra una investigación formal contra el señor Peña y el señor Duarte por desvío de fondos corporativos.

—Secundo —dijo Ricardo Soto.

—Esto es una emboscada —soltó Marcos, con la voz temblorosa—. Estos números son fabricados, esta auditoría no fue autorizada por la junta y...

—Fue autorizada por la dueña de la empresa —cortó Valentina—. Que soy yo, en caso de que lo hayas olvidado otra vez.

Marcos cerró la boca.

Y entonces la puerta de la sala de juntas se abrió.

Todos giraron.

Daniel Reyes entró con traje. Cassidy no lo había visto nunca de traje. Oscuro, bien cortado, camisa blanca, sin corbata. El pelo peinado por primera vez desde que lo conocía. Parecía otro hombre. No el vecino que saltaba cercas y cocinaba sopa. El heredero. El dueño de una fortuna que triplicaba todo lo que había en esa mesa.

Cassidy no sabía que iba a venir. Nadie lo sabía.

—Disculpen la interrupción —dijo Daniel con una voz que Cassidy no le conocía: firme, profesional, sin una gota de la calidez que usaba con ella—. Soy Daniel Reyes Alcázar, representante de Laboratorios Reyes. Solicité una reunión con la dirección del Grupo Montero la semana pasada y me informaron que hoy había junta. Espero no llegar en mal momento.

Sebastián lo miraba como si hubiera visto al diablo entrar por la puerta.

—Seré breve —continuó Daniel—. Laboratorios Reyes tiene interés en una alianza estratégica con el Grupo Montero para el desarrollo de infraestructura sanitaria en la región. Es un proyecto considerable que beneficiaría a ambas empresas. Pero nuestra junta directiva ha establecido una condición: la alianza solo procede si Emilia Montero continúa al frente de la dirección general. Laboratorios Reyes trabaja con líderes, no con interinos.

Se hizo el silencio más largo de la historia de esa sala de juntas.

Cassidy miraba a Daniel sin parpadear. Él no la miró. Miraba a la junta con la cara de un hombre de negocios que acaba de poner una oferta sobre la mesa y espera respuesta.

No me avisaste, pensó Cassidy. No me pediste permiso. Viniste por tu cuenta, con tu traje y tu apellido, y acabas de ponerle un muro de un billón de dólares a cualquier intento de sacarme de esta silla.

Maldito seas, Daniel Reyes. Maldito seas y tu sopa de lentejas y tu postre de chocolate y tu traje oscuro.

Sebastián intentó hablar. Abrió la boca. Nada salió. Tenía la cara del color de la ceniza y los puños tan apretados que los nudillos parecían a punto de reventarle la piel.

—Creo que esta junta ha terminado —dijo Ignacio Velarde, poniéndose de pie—. A menos que alguien quiera seguir discutiendo la competencia de la señora Montero con una auditoría de fraude sobre la mesa y Laboratorios Reyes en la puerta.

Nadie quiso.

La sala se vació en tres minutos. Marcos salió sin mirar a nadie, con la carpeta apretada contra el pecho como un escudo. Los accionistas menores se evaporaron. Patricia y Ricardo se fueron juntos hablando en voz baja.

Sebastián fue el último. Se levantó de la silla —de la silla de Cassidy— y caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Daniel, se detuvo.

Lo miró de arriba abajo con el odio concentrado de un hombre al que le acaban de quitar todo en media hora.

Daniel le sostuvo la mirada con la misma tranquilidad con la que le había dicho «buenas noches» en el pasillo de la mansión.

Sebastián salió sin decir una palabra.

La sala quedó vacía. Cassidy, Daniel y Valentina.

—Me retiro —dijo Valentina, recogiendo sus documentos—. Tengo más cuentas que rastrear. El segundo informe estará listo la próxima semana.

Salió. La puerta se cerró.

Cassidy y Daniel. Solos.

—No te pedí que vinieras —dijo Cassidy.

—No.

—No te pedí que trajeras una oferta de Laboratorios Reyes.

—No.

—¿Es real la alianza?

—Es real. Hablé con la junta de mi empresa ayer. Les presenté el proyecto y lo aprobaron. No es un favor, Emilia. Es un negocio legítimo que le conviene a las dos empresas.

—¿Y la condición de que yo siga al mando?

—Esa la puse yo.

Se miraron. La sala de juntas vacía, las sillas desordenadas, los documentos de Valentina todavía regados en la mesa.

—Te dije que no era tu guerra —dijo Cassidy.

—Y yo te dije que iba a luchar a tu lado. Uno de los dos mintió. No fui yo.

Cassidy apretó los labios. Le ardían los ojos. No de resaca. De algo que se negaba a nombrar.

—Gracias —dijo. Y le costó como le costaban todas las cosas que importaban.

Daniel asintió. Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta.

—Daniel.

—¿Sí?

—El traje te queda bien. No te acostumbres.

Daniel sonrió. Esa sonrisa de idiota que a Cassidy le daba ganas de besarlo y matarlo al mismo tiempo.

Se fue.

Cassidy se quedó sola en la sala de juntas. Se sentó en su silla. La de la cabecera. La que Sebastián había usurpado y que ahora volvía a ser suya.

Intentaste sacarme, Sebastián. Y lo único que lograste fue que ahora tengo una auditora que te tiene fichado, una junta que te vio la cara y un multimillonario que acaba de apostar su empresa a que yo siga aquí.

Se recostó en la silla.

Sigue moviéndote. Cada paso que das te hunde más.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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