Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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Capítulo 13 — Entre lo que se dice y lo que se empieza a sentir
Después de que los aviones de papel comenzaran a cruzar el aire entre sus ventanas, el silencio dejó de ser tan pesado.
No desapareció.
Pero cambió.
Ahora el silencio era espera.
Expectativa.
Algo que podía romperse en cualquier momento con el sonido leve del papel rozando el viento.
Emma se acostumbró a mirar el cielo incluso cuando no había nada volando.
Como si el aire pudiera traerle noticias.
Los primeros días después de que Tiago comenzara a pasarle libros por el huequito entre las plantas fueron extraños. No porque fuera incómodo, sino porque era nuevo. Tener algo que fuera solo suyo, un pequeño secreto escondido entre hojas verdes y ladrillos viejos, hacía que todo se sintiera más intenso.
La primera noche que recibió un libro de literatura, Emma no lo abrió de inmediato.
Lo sostuvo contra su pecho.
No recordaba la última vez que alguien le dio algo sin pedir nada a cambio.
Esa misma madrugada, mientras todos dormían, se sentó en el suelo del ático con una vela encendida y empezó a leer en voz baja, casi en susurros. Sentía que si pronunciaba las palabras más fuerte, alguien podría arrebatárselas.
A la mañana siguiente, encontró un avión de papel en el alféizar.
“¿Te gustó?”
Emma lo abrió dos veces, solo para asegurarse de que decía lo que ella había entendido.
Tomó otro papel.
“Sí.”
Lo lanzó.
Pero antes de que el avión tocara el balcón vecino, ya se estaba arrepintiendo.
Era una respuesta demasiado simple.
Demasiado pequeña para algo que había significado tanto.
Esa noche, cuando regresó del mercado, encontró otro mensaje.
“Sabía que sí.”
Y debajo, más pequeño:
“Cuando lees, tu cara cambia.”
Emma sintió un calor extraño subirle al rostro.
No sabía cuándo él había notado eso.
No sabía desde cuándo la observaba.
Intentó convencerse de que era solo curiosidad. Que él siempre había sido callado, observador.
Pero había algo en la manera en que escribía ahora.
Algo menos distante.
Con el paso de las semanas, estudiar dejó de ser solo una actividad escondida y se convirtió en rutina compartida.
Ella devolvía los libros por el huequito con pequeñas marcas en lápiz, anotaciones en los márgenes, preguntas que no entendía del todo.
Al día siguiente, encontraba las respuestas.
A veces corregidas.
A veces acompañadas de frases como:
“Vas rápido.”
O:
“Esto lo resolviste mejor que yo la primera vez.”
Esas frases eran peligrosas.
Porque hacían que Emma creyera que podía aspirar a algo más.
Y aspirar era arriesgado.
Una noche, mientras copiaba ejercicios de álgebra, escuchó tres golpecitos suaves en la pared.
Se acercó al huequito.
Un cuaderno pasó lentamente hacia su lado.
Dentro, una hoja doblada.
“No estudies sola.”
Emma frunció el ceño.
Minutos después, un avión cayó frente a su ventana.
“Resuelve el ejercicio 4. Yo hago el 5.”
Ella sonrió.
Era absurdo.
Estaban separados por una pared y plantas.
Pero por primera vez en años, no se sentía aislada.
Se sentía acompañada.
Mientras tanto, en la planta baja, la tensión crecía.
Las notas de Celeste comenzaron a bajar de forma alarmante.
Las discusiones se volvieron más frecuentes.
Más agudas.
Emma no intentaba escuchar, pero las paredes eran delgadas y las voces altas.
— ¡No entiendo qué te pasa! —gritaba su tía—. Siempre has sido responsable.
Silencio.
— No permitiré que arruines tu futuro por distracciones.
Esa palabra quedó flotando en la casa: distracciones.
Esa noche, Emma escribió en un avión:
“¿Crees que una persona puede distraerse de su propio camino?”
El mensaje tardó en volver.
“Solo si ese camino nunca fue suyo.”
Emma sostuvo el papel entre sus dedos.
Había aprendido que cuando Tiago respondía así, estaba hablando de algo más que la pregunta.
El día que su tía anunció que enviaría a Celeste al extranjero, la casa entera pareció encogerse.
— Te irás en tres días —dijo con voz firme—. Necesitas disciplina.
Celeste no discutió.
Eso fue lo que más sorprendió a Emma.
No hubo gritos.
No hubo lágrimas.
Solo un asentimiento rígido.
Esa noche, mientras doblaba ropa en el ático, Emma sintió una mezcla extraña de emociones. Alivio. Culpa. Miedo.
Lanzó un avión.
“Celeste se va.”
La respuesta fue casi inmediata.
“Lo sé.”
Hubo una pausa.
Luego otro avión.
“¿Y tú?”
Emma miró el papel sin entender.
“¿Yo qué?”
“¿Cómo te sientes?”
Nadie le preguntaba eso.
Nunca.
Se quedó sentada en el suelo antes de responder.
“No sé si debería sentir algo.”
El avión volvió con una frase que la dejó en silencio largo rato.
“No todo lo que sientes necesita permiso.”
Los días siguientes fueron caóticos.
Maletas bajando escaleras.
Puertas abriéndose y cerrándose.
Órdenes secas.
Emma ayudó a empacar sin decir mucho. Celeste la observó más de una vez, como si quisiera preguntar algo, pero nunca lo hizo.
Cuando finalmente el auto se llevó las maletas, el ruido del motor desapareció más rápido de lo que Emma esperaba.
La casa quedó vacía.
Demasiado vacía.
Esa noche no estudió.
Se sentó junto a la ventana sin encender la vela.
Un avión cayó suavemente en su regazo.
“¿Sigues ahí?”
Emma respondió sin pensarlo demasiado.
“Sí.”
Minutos después, él apareció en su balcón.
No dijo nada.
Solo se quedó allí, apoyado en la baranda.
Ella hizo lo mismo.
No hablaron.
Pero la ausencia de palabras ya no era incómoda.
Era compañía.
Con Celeste lejos, las responsabilidades sobre Emma aumentaron.
Más tareas.
Más vigilancia.
Pero también más determinación.
Estudiaba hasta la madrugada.
A veces se quedaba dormida sobre los libros.
En una de esas noches, despertó con un ruido leve.
Un libro había quedado atascado en el huequito.
Lo tomó con cuidado.
Dentro, un marcador improvisado con una frase escrita a mano:
“No te rindas ahora.”
Emma apoyó la frente contra la pared.
No sabía si lo hacía por ella o por él.
Tal vez por los dos.
El cambio más evidente no fue en los libros.
Fue en las conversaciones.
Comenzaron a hablar de cosas pequeñas.
De recuerdos.
De miedos.
Una noche, Tiago escribió:
“No me gustaba hablar con nadie antes.”
Emma levantó la mirada.
“¿Por qué?”
“Era más fácil.”
“¿Y ahora?”
El avión tardó más de lo habitual.
“Ahora no quiero.”
Emma sintió que el corazón le latía distinto.
No sabía si era el frío o la forma en que él elegía las palabras.
Pero algo había cambiado.
El momento que la hizo sospechar ocurrió una tarde cualquiera.
Emma regresaba del mercado con las bolsas más pesadas de lo habitual. Antes de que pudiera doblar la esquina, Tiago apareció.
— Dame eso —dijo, tomando una de las bolsas sin esperar respuesta.
— Puedo sola.
— Lo sé.
Pero no la soltó.
Caminaron en silencio.
A mitad de la calle, él habló sin mirarla.
— Cuando entres a la universidad… —empezó, y se detuvo.
Emma lo miró.
— ¿Qué?
Tiago apretó un poco más la bolsa.
— Nada.
Pero esa noche, el avión que llegó fue distinto.
“No mires atrás cuando lo logres.”
Emma frunció el ceño.
“¿Y tú?”
La respuesta tardó.
“Yo estaré donde pueda verte avanzar.”
Ella leyó esa frase más veces de las necesarias.
Porque ya no sonaba solo a amistad.
Sonaba a promesa.
El año pasó entre papeles doblados, libros compartidos y miradas que duraban un segundo más de lo habitual.
Hubo un instante mínimo, casi invisible, que confirmó lo que Emma empezaba a sospechar.
Sus dedos se rozaron al intercambiar un cuaderno por el huequito.
Fue breve.
Pero ninguno retiró la mano de inmediato.
El aire se volvió más denso.
Más consciente.
— Emma —dijo él en voz baja, casi como si probara su nombre.
Ella sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
— ¿Sí?
Silencio.
Luego, con un tono que no había usado antes:
— Nada.
Pero Emma sabía que no era nada.
Y aunque ninguno lo dijera en voz alta…
Algo estaba empezando a quedarse.
Algo que ya no cabía en un avión de papel.
Algo que crecía entre páginas, entre silencios compartidos, entre noches de estudio y promesas no dichas.
Y por primera vez en cinco años…
Emma no sentía que estuviera sobreviviendo.
Sentía que estaba construyendo.
Y en esa construcción, Tiago ya no era solo el vecino del otro lado de la pared.
Era la razón por la que el futuro empezaba a tener forma.