Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 18: El juicio
Viollet
El puerto de Varins quedó atrás como un mal sueño.
El barco que nos llevaba de regreso a Giosem era más pequeño que el Albatros, pero más limpio. Lars lo había fletado después de que entregáramos a Grecia a las autoridades portuarias, y ahora navegábamos hacia el sur con el viento a favor y el sol de la tarde tiñendo el mar de oro y púrpura.
Grecia iba en la bodega, encadenada a un mástil, custodiada por cuatro de los hombres de Rubén. No había querido verla desde que la entregaron. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro en el momento en que los marineros la arrastraron: el miedo, el odio, y algo más. Algo que no sabía nombrar.
—¿Estás bien? —preguntó Rubén, apareciendo a mi lado en la popa.
—No —respondí, sin apartar la vista del horizonte—. Pero lo estaré.
—Mientes.
—Un poco.
Me rodeó con un brazo y me apretó contra su costado sano. El vendaje aún asomaba por el cuello de su camisa, pero se movía con más soltura que hacía unos días. La herida sanaba. Como todo, al final, sanaba.
—Háblame —dijo—. No te guardes lo que sientes.
—No sé lo que siento. —Me volví hacia él, buscando en sus ojos grises la respuesta que no encontraba en mí misma—. He pasado dos vidas odiando a Grecia. Soñando con este momento. Y ahora que la tengo, ahora que va a pagar por todo lo que hizo… me siento vacía. Como si el odio fuera lo único que me mantenía en pie, y sin él, me fuera a derrumbar.
—No necesitas el odio para mantenerte en pie. Me tienes a mí.
—¿Y si no es suficiente?
Rubén me tomó el rostro entre las manos, con esa delicadeza que contrastaba tanto con la dureza de sus dedos.
—Escúchame —dijo, y su voz era grave, intensa—. Has sobrevivido a la muerte. Has desenmascarado a los traidores. Has salvado mi vida. No una, sino dos veces. Eres la mujer más fuerte que he conocido, Viollet. Y no vas a derrumbarte por esto. Porque yo no voy a dejarte.
—¿Y si me derrumbo igual?
—Entonces te sostendré. Siempre.
Le besé, y el beso fue salado por las lágrimas que no sabía que estaba derramando. Sus brazos me envolvieron, y por un momento, el vacío se llenó. No del todo. Pero lo suficiente para respirar.
—Te amo —dije contra sus labios.
—Te amo más —respondió.
—Eso es imposible.
—Entonces empatamos.
Sonreí, y la sonrisa me dolió en los huesos, pero era real.
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Llegamos a Giosem al atardecer del tercer día.
El puerto estaba abarrotado de curiosos que habían oído rumores sobre la captura de la hija del conde traidor. Grecia fue sacada de la bodega esposada y con una capa sobre la cabeza para protegerla de los insultos. Yo caminaba detrás, con la cabeza alta y el rostro impasible, aunque por dentro cada piedra que arrojaban a mi hermana me golpeaba a mí también.
El rey nos recibió en el mismo salón donde todo había comenzado. Esta vez, los asientos estaban vacíos. Los nobles que aún quedaban libres no se atrevían a acercarse.
—Duquesa Dubrey —dijo Emilio Rosen, con una expresión que era una mezcla de alivio y gravedad—. Ha cumplido su palabra.
—No he cumplido nada —respondí—. Solo he traído a mi hermana para que reciba el castigo que merece.
El rey asintió y se volvió hacia Grecia, que estaba de rodillas en el centro de la sala, con las esposas brillando bajo la luz de las velas.
—Grecia Ritman —dijo—. Es acusada de conspiración contra la corona, de intento de asesinato del duque Rubén Dubrey, y de complicidad en el asesinato de la condesa Lena Ritman. ¿Tiene algo que decir en su defensa?
Grecia alzó la cabeza. Su cabello rubio estaba sucio, enmarañado, y sus ojos grises brillaban con un odio que no había disminuido en los tres días de viaje.
—Solo que no me arrepiento de nada —dijo, y su voz era un susurro que recorrió la sala como una serpiente—. Su madre era una zorra que se acostó con el rey para tener un tesoro. Mi padre era un hombre débil que se dejó engañar por ella. Y Viollet… Viollet es la peor de todas. Una mentirosa, una manipuladora, una…
—Silencio —la interrumpió el rey, y su voz era hielo—. No manche esta sala con sus mentiras.
—¿Mentiras? —Grecia rió, y su risa era un sonido agudo, casi histérico—. ¿Usted habla de mentiras, majestad? Usted, que permitió que asesinaran a su propia hermanastra para no mancharse las manos. Usted, que vendió a mi hermana al duque como si fuera ganado. Usted, que…
—¡Silencio! —el rey se puso de pie de un salto, y su rostro estaba desencajado—. Guardias, que se lleven a esta mujer a las mazmorras. Su juicio será mañana.
Los guardias avanzaron y levantaron a Grecia del suelo. Ella no ofreció resistencia, pero sus ojos se clavaron en los míos mientras la arrastraban hacia la puerta.
—Esto no ha terminado, hermana —dijo, con una sonrisa que me heló la sangre—. Volveré. Como volviste tú. Y entonces, veremos quién ríe al final.
La puerta se cerró tras ella, y el eco de sus palabras quedó flotando en el aire como un veneno.
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Rubén
Esa noche, Viollet no podía dormir.
Estaba sentada junto a la ventana de nuestros aposentos, con las piernas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en las estrellas. Llevaba la camisa de dormir blanca que Mira le había regalado, y su cabello blanco caía sobre sus hombros como un manto de plata.
—Lo que dijo Grecia —comenzó, sin volverse hacia mí—. Sobre volver. ¿Crees que es posible?
Me senté a su lado en el alféizar.
—No lo sé. Yo no creía en la reencarnación hasta que tú me contaste tu historia.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que todo es posible. Pero también creo que Grecia no es como tú. Tú volviste porque tenías una misión: salvarme, limpiar tu nombre, hacer justicia. Grecia volvería por venganza. Y las venganzas, a diferencia de las justicias, no tienen fin.
—¿Crees que deberíamos matarla?
La pregunta me sobresaltó. No por su contenido, sino por el tono en que la hizo. No era odio. Era cansancio.
—Creo —dije, eligiendo las palabras con cuidado— que la decisión no es nuestra. Es del rey.
—El rey es débil —respondió Viollet, y en su voz había una certeza que me heló—. Siempre lo ha sido. Si no ejecuta a Grecia, si la deja vivir, ella encontrará la manera de escapar. Y entonces, todo esto habrá sido en vano.
—No será en vano. Porque yo no voy a permitir que escape.
Viollet se volvió hacia mí, y en sus ojos violetas vi el cansancio de dos vidas.
—Prométemelo —dijo—. Prométeme que si el rey no la ejecuta, tú lo harás.
—Viollet…
—Prométemelo, Rubén. No puedo volver a pasar por esto. No otra vez.
La tomé entre mis brazos y la apreté contra mí.
—Te lo prometo —dije—. Si el rey no hace justicia, yo la haré. Por ti. Por Darell. Por tu madre.
—Gracias —susurró contra mi pecho.
—No me des las gracias. No aún.
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Viollet
El juicio de Grecia duró un día entero.
Testigos declararon. Cartas fueron leídas. Pruebas presentadas. El rey presidió desde su trono con una expresión que no lograba ocultar su fatiga, y los pocos nobles que quedaban libres ocupaban los asientos con una mezcla de fascinación y horror.
Yo estaba sentada junto a Rubén, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el corazón latiendo con una calma que no sentía. Grecia, en el centro de la sala, escuchaba las acusaciones con una sonrisa que no se borraba de sus labios.
—¿Tiene algo que decir en su defensa? —preguntó el rey al final.
Grecia se puso de pie con lentitud, alisándose el vestido que le habían dado para la ocasión: uno sencillo, gris, sin adornos.
—Solo que todo esto es una farsa —dijo, y su voz era clara, firme, como si estuviera dando un discurso en un salón de té—. Las pruebas son falsas. Los testigos, sobornados. El rey, manipulado por mi hermana y su esposo. Pero no importa. Porque ustedes ya han decidido mi sentencia antes de que empezara este circo.
—No es una farsa —respondió el rey, y su voz temblaba apenas—. Las pruebas son concluyentes. Usted conspiró para matar al duque. Usted ayudó a su padre a encubrir el asesinato de la condesa Lena. Usted es culpable.
—Soy culpable —admitió Grecia, y su sonrisa se ensanchó—. Pero no de lo que ustedes creen. Soy culpable de haber nacido en la familia equivocada. De haber tenido una hermana que siempre fue la favorita. De haber amado a un hombre que nunca me miró. Eso es mi crimen. Y por eso, ustedes me condenan.
—La condenamos por traición —dijo el rey—. Y la sentencia es la muerte.
El mundo se detuvo.
Grecia parpadeó. Su sonrisa se borró, y por un instante vi en sus ojos el mismo miedo que había visto en el barco.
—¿Muerte? —susurró—. No. No pueden. Soy noble. Tengo derecho a apelar.
—Su derecho se lo ha ganado con sus crímenes —respondió el rey, y en su voz había una dureza que nunca le había oído—. Será ejecutada al amanecer, en la plaza pública. Que los dioses tengan piedad de su alma.
Grecia lanzó un grito. Los guardias la sujetaron mientras forcejeaba, pataleaba, insultaba. Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en los míos.
—¡Esto es por tu culpa! —gritó—. ¡Todo es por tu culpa, Viollet! ¡Ojalá te hubieras muerto en la guillotina! ¡Ojalá te pudras en el infierno!
La arrastraron fuera de la sala, y sus gritos se perdieron en el eco de los pasillos. Yo me quedé sentada, con las manos entrelazadas y el corazón vacío.
—Viollet —dijo Rubén a mi lado—. ¿Estás bien?
—No —respondí—. Pero lo estaré.
No era verdad. Pero aprendería a serlo.
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Rubén
Esa noche, Viollet y yo no hablamos.
Nos quedamos abrazados en la cama, con las cortinas corridas y las velas apagadas, escuchando el silencio del palacio. Afuera, las campanas de la catedral repicaban la hora, y en las calles, los pregoneros anunciaban la ejecución del día siguiente.
—No voy a ir —dijo Viollet, rompiendo el silencio.
—¿A la ejecución?
—No puedo verla morir. No puedo.
—No tienes que hacerlo.
—¿Eres tú quién irá?
—El rey me ha pedido que supervise la ejecución. Para asegurarme de que no haya interrupciones.
Viollet se incorporó y me miró con unos ojos que brillaban en la oscuridad.
—¿Y lo harás?
—Si es necesario.
—¿Cortarías la cabeza de mi hermana?
—Cortaría la cabeza de cualquiera que amenazara tu vida. Incluida ella.
Viollet se quedó en silencio un largo rato. Luego, lentamente, se recostó sobre mi pecho.
—No sé si soy mala persona por no sentir lástima —dijo.
—No eres mala. Eres humana.
—¿Y tú? ¿Sientes lástima?
—Siento lástima por el hombre que podría haber sido Emill si no hubiera elegido la traición. Siento lástima por tu padre, que murió odiando. Siento lástima por Grecia, que vivió toda su vida creyendo que el amor se ganaba con poder. Pero no siento lástima por lo que van a hacerle. Porque ella eligió su camino. Como nosotros elegimos el nuestro.
Viollet me besó en el pecho, justo sobre el corazón.
—Eres un buen hombre, Rubén Dubrey.
—No lo soy. Pero contigo, intento serlo.
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Viollet
Al amanecer, las campanas de la catedral comenzaron a repicar.
Yo estaba en la ventana de nuestros aposentos, con la camisa de dormir puesta y el cabello suelto. La plaza, allá abajo, estaba llena de gente que se agolpaba para ver la ejecución. El cadalso se alzaba en el centro, con la guillotina brillando bajo los primeros rayos de sol.
No iba a ir. No podía.
Rubén se vistió en silencio, con la ayuda de Lars. Su herida aún le dolía, pero no lo demostraba. Cuando estuvo listo, se acercó a mí y me besó en la frente.
—Volveré antes de que el sol esté alto —dijo.
—Cuídate.
—Siempre.
Se fue, y yo me quedé sola, mirando cómo la multitud se arremolinaba alrededor del cadalso. No podía ver los detalles, pero los imaginaba: Grecia subiendo los escalones con la cabeza alta, el verdugo ajustando el collarín, el sacerdote rezando las últimas palabras.
Cerré los ojos.
Y entonces, un grito.
No uno de horror, sino de sorpresa. Abrí los ojos y vi cómo la multitud se dispersaba, cómo los guardias corrían hacia el cadalso, cómo alguien señalaba hacia el cielo.
No entendía qué pasaba. Hasta que vi una figura sobre el tejado de la catedral.
Una figura con capa negra y cabello rubio.
Grecia.
Había escapado.
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Rubén
Llegué a la plaza justo cuando todo se desmoronaba.
El cadalso estaba vacío. Las cuerdas que habían atado a Grecia colgaban sueltas, cortadas. Dos guardias yacían en el suelo, inconscientes pero vivos. Y sobre el tejado de la catedral, recortada contra el sol, estaba mi cuñada, con una sonrisa que me heló la sangre.
—¡Tiren! —grité a los arqueros que estaban en la plaza.
Pero Grecia ya se había deslizado al otro lado del tejado, fuera del alcance de las flechas.
—¡Perseguidla! —ordené, desenvainando mi espada—. ¡Que cierren las puertas de la ciudad! ¡No dejen que escape!
Los soldados corrieron en todas direcciones, pero yo sabía que era inútil. Grecia había planeado esto. Había tenido cómplices. Había esperado el momento exacto.
Y yo había sido un imbécil por no preverlo.
Subí las escaleras de la catedral a toda velocidad, con Lars y otros dos hombres detrás. El tejado estaba vacío cuando llegamos. Solo el viento y las palomas que volaban asustadas.
—¿Por dónde escapó? —preguntó Lars, jadeando.
Señalé hacia el este, donde los tejados se conectaban con las murallas de la ciudad.
—Hacia el río. Tiene un barco esperando. Como en Varins.
—¿La alcanzaremos?
—No. Pero la encontraremos. Como hicimos antes.
Bajé de la catedral con el corazón en un puño. Cuando llegué a los aposentos, Viollet estaba en la puerta, pálida como la cera.
—Lo sé —dijo antes de que yo abriera la boca—. La vi escapar.
—Lo siento. Debí haber…
—No. No fue tu culpa. Grecia es una serpiente. Las serpientes siempre encuentran la manera de escurrirse.
La tomé entre mis brazos, y ella se aferró a mí como si yo fuera el único punto fijo en un mundo que se desmoronaba.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
—Ahora la buscamos. Y esta vez, no la dejamos escapar.
—¿Y si nunca la encontramos?
—La encontraremos. Aunque tenga que quemar el mundo entero.
Viollet alzó la cabeza y me miró. En sus ojos violetas ya no había vacío. Había fuego.
—Entonces empecemos —dijo—. Porque yo también quemo el mundo por ti.
Y en ese momento, supe que no importaba cuánto tiempo pasara, ni cuántas veces huyera Grecia. La cazaríamos. La encontraríamos. Y haríamos justicia.
Porque éramos Viollet y Rubén.
Y juntos, éramos imparables.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰