Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 20
Adriano
Llevaba dos semanas evitando el tema.
Dos semanas esquivando cada intento de Alina por hablar de un posible embarazo, de un futuro, de algo que yo no estaba seguro de poder darle.
Había sido cuidadoso.
Demasiado.
Sabía que ella no usaba ningún método anticonceptivo, así que tomaba dimetrelix —un anticonceptivo experimental masculino—, usaba protección… y jamás me venía dentro de ella, jamás.
No era descuido.
Era control.
Siempre había sido así.
Pero ese día…
Ese día no tenía control de nada.
La reunión con Alessandro y mi padre había sido un desastre.
Horas escuchando quejas.
Reclamos.
Exigencias.
Las demás familias querían resultados, pero no estaban dispuestas a asumir costos. Querían que la familia principal resolviera todo… como siempre.
Y yo estaba en el centro.
Como siempre.
Además, Manolo Branch había iniciado su juego.
Y yo sabía lo que eso significaba.
Guerra.
Salí de la reunión con la cabeza cargada, el cuerpo tenso y la paciencia agotada. Me había tomado los medicamentos, no porque quisiera, sino para evitar uno de los sermones de Alina.
Cuando llegué a casa, eran las diez de la noche.
Llovía.
El clima estaba en perfecta sintonía con mi estado.
Entré.
Y ahí estaba ella.
En pijama.
Una pijama que en cualquier otro momento me habría distraído… pero no ese día.
Ese día solo vi su expresión.
Molesta.
Tensa.
Esperándome.
Supe que la noche sería larga.
Me senté frente a ella.
—¿Ni siquiera me vas a saludar? —dijo, cruzándose de brazos.
—Me da miedo que me des un puño.
Su mirada podría haber matado a alguien.
Suspiré.
Me acerqué y la besé.
Corto.
Controlado.
Me senté más cerca.
—Te escucho.
Y entonces empezó.
Habló de la familia.
De lo que ella representaba.
De lo que yo evitaba.
De lo que significaba ese matrimonio.
Cada palabra venía cargada de emoción.
De frustración.
De expectativa.
—Alina… —intenté intervenir.
—¡No me interrumpas!
Asentí.
La dejé seguir.
—Seamos realistas —dije finalmente—. Tú y yo sabemos que no sería el mejor ejemplo.
Error.
Grave error.
La expresión en su rostro cambió por completo.
—¿Perdón?
La furia apareció.
Y con ella… el caos.
Las palabras empezaron a salir más rápido, más intensas, más filosas.
Y entonces…
Lo dijo.
Hace dieciséis años.
Quince días.
Manolo.
Mi mente se apagó.
Literalmente.
Dejé de escuchar.
La veía hablar, mover los labios, gesticular… pero el sonido desapareció.
Porque ya no estaba ahí.
Estaba en otro lugar.
En otro tiempo.
Las paredes.
El olor.
Las manos.
Las voces.
Las risas.
El encierro.
Respira.
No podía.
Respira.
No.
No podía.
Sentía el aire atrapado en el pecho, como si alguien me estuviera aplastando desde adentro.
“Cállate… cállate…”
No sabía si lo estaba diciendo en voz alta o en mi cabeza.
Todo se mezclaba.
Todo volvía.
La única parte cuerda que me quedaba reaccionó.
Golpeé la mesa de centro con fuerza.
El dolor explotó en mi mano derecha.
Seco.
Violento.
La herida se abrió.
La sangre volvió a salir.
Me levanté.
Las piernas me temblaban.
Exactamente igual que esa vez.
Exactamente igual que cuando salí de ese lugar hace años.
No podía quedarme ahí.
No podía.
Salí de la casa.
No miré atrás.
No dije nada.
Caminé.
Sin rumbo.
Sin pensar.
Solo caminaba.
Cuando revisé la hora en mi reloj, eran las tres de la mañana.
Perfecto.
La lluvia caía sin descanso.
Mi ropa estaba completamente empapada.
—Mierda… —murmuré.
Una y otra vez.
Porque odiaba esto.
Odiaba sentirme así.
Odiaba no tener control.
Odiaba que alguien pudiera verme vulnerable.
No importaba quién fuera.
Busqué mi teléfono.
No estaba.
Lo había dejado en casa.
Solté una risa amarga.
Genial, Adriano.
Me detuve.
Respiré.
Intenté.
Los ejercicios.
Los que me había enseñado el terapeuta que yo elegí… no el que mis padres consideraban “adecuado”.
Inhalar.
Exhalar.
Contar.
Otra vez.
Otra vez.
Nada.
No funcionaba.
Seguí caminando hasta llegar a las caballerizas.
Me dejé caer en el suelo.
El barro, la lluvia… no importaban.
Apoyé la espalda contra la pared.
Cerré los ojos.
El agua caía sobre mi rostro, mezclándose con algo más que no quería reconocer.
Mi pecho seguía apretado.
La ansiedad no cedía.
El vacío tampoco.
Miré mi mano.
La sangre se mezclaba con la lluvia, diluyéndose lentamente.
Pero el dolor…
El dolor seguía ahí.
No en la mano.
Nunca había sido solo la mano.
Respiré hondo.
Una vez más.
Sin éxito.
Y por primera vez en mucho tiempo…
No supe cómo salir de ahí.