Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 1: Consecuencias
El cuchillo golpea la tabla con un ritmo preciso, casi terapéutico. Cebolla, ajo, hierbas frescas. El aroma empieza a llenar mi cocina antes de que el aceite termine de calentarse. Cocinar en casa es distinto a hacerlo en el restaurante; aquí no hay críticos, ni estrellas, ni silencios tensos. Solo yo, el fuego… y Emma gritándome por el teléfono.
—¿Ese imbécil te dijo qué? —pregunto, apoyando el celular entre el frasco de sal y una botella de vino, el altavoz escupiendo cada una de sus palabras.
—Que estoy exagerando. Que soy dramática —responde, la voz quebrándose apenas—. Después de todo lo que pasó.
Resoplo, tiro la cebolla a la sartén con más fuerza de la necesaria.
—Ese tipo es un desgraciado emocionalmente incompetente —digo sin el menor remordimiento—. Un egoísta con complejo de víctima. Y si lo tuviera aquí delante, le haría tragar sus propias palabras con una sonrisa.
—Scarlet…
—No, Emma. No lo voy a suavizar. Te usó, te minimizó y luego tuvo el descaro de culparte por reaccionar. —Remuevo la salsa con movimientos firmes—. Mereces algo infinitamente mejor que ese… —busco la palabra adecuada— …residuo humano.
Escucho su risa al otro lado, débil pero real, y eso me basta.
—Gracias —dice—. Siempre sabes qué decir.
—Lo sé. Es uno de mis muchos talentos.
Hay un silencio breve, distinto. No incómodo, pero sí cargado. Aprendí a reconocerlos con los años; Emma no habla cuando algo grande se le atraviesa en el pecho.
—Scar… —empieza— necesito cambiar de aires.
Me quedo quieta, cuchara suspendida en el aire.
—¿Qué tipo de “cambiar de aires”? —pregunto despacio.
—Me voy a ir un tiempo. A la cabaña. A Alaska.
El nombre cae pesado, frío incluso a través del teléfono.
—¿Alaska? —repito—. Emma, eso no es cambiar de aires, eso es desaparecer.
—Un poco de ambas —admite—. Necesito estar sola. Pensar. Sanar. Y… necesito que no le digas a nadie dónde voy a estar.
Apago el fuego. La cocina queda en silencio, salvo por su respiración al otro lado de la línea.
—¿Nadie? —pregunto.
—Nadie.
Cierro los ojos un segundo. Emma nunca pide algo así a la ligera. Si lo hace, es porque de verdad lo necesita.
—Está bien —digo al fin—. Tu secreto está a salvo conmigo. Pero prométeme que me llamarás. Aunque sea para decirme que sigues viva y que no te comió un oso.
Se ríe, esta vez de verdad.
—Te lo prometo.
—Y escucha bien —añado, apoyándome en la encimera—. Ese idiota no merece ni una lágrima más tuya. Alaska no es una huida, es una pausa. Y cuando vuelvas, vas a estar más fuerte. Siempre lo estás.
—Te quiero, Scar.
—Lo sé —respondo—. Yo también te quiero, pequeña.
Cuando la llamada termina, la cocina se siente demasiado grande. Vuelvo a encender el fuego, como si el sonido pudiera ordenar mis pensamientos. No sé por qué, pero un presentimiento incómodo se me instala en el pecho.
—¡Scarlet! ¿Me estás escuchando?
El grito atraviesa el aire como un latigazo.
Parpadeo, desorientada, y el aroma de cebolla y vino desaparece de golpe. No hay cocina, ni fuego, ni cuchillos. Solo una sala demasiado ordenada y dos pares de ojos clavados en mí con una mezcla perfecta de preocupación y enojo.
Ah.
Claro.
La casa de los padres de Emma.
Enderezo la espalda en el sillón, como si eso pudiera devolverme algo de autoridad, aunque la verdad es que me siento exactamente como cuando tenía ocho años y la abuela me descubría haciendo una travesura.
—Te pregunté desde cuándo lo sabías —insiste su madre, brazos cruzados, ceño fruncido—. ¿Desde cuándo sabes que Emma se fue?
Abro la boca, la cierro. Suspiro.
—Desde antes de que se fuera —respondo finalmente.
El silencio que sigue es pesado.
—¿Y no se te ocurrió decirnos? —interviene su padre, la voz más contenida, pero igual de dura—. ¿Ocultarnos algo así?
—Ella me pidió que no dijera nada —digo, apretando la mandíbula—. Y yo respeté eso.
—¡Pero es nuestra hija! —exclama su madre.
—Y es una mujer adulta —respondo, quizá con más filo del necesario—. Que estaba destrozada y necesitaba aire. Yo no iba a traicionar su confianza.
Eso no parece calmar a nadie.
Vuelvo a perderme por un segundo, la mente traicionera llevándome de nuevo a aquella llamada, a la voz de Emma pidiéndome silencio, Alaska sonando tan lejano como peligroso. Me rasco la cabeza con rabia, los dedos enterrándose en el cabello como si pudiera arrancarme la frustración.
Mierda.
Si hubiera sabido que todo iba a terminar así…
Si hubiera sabido que desaparecería, que dejaría un vacío imposible de explicar…
No la habría dejado ir.
Aprieto los labios, el pensamiento final clavándose en mi pecho como una espina.
Al menos no sola.
—Cálmense —digo al fin, levantando las manos—. Voy a llamarla. Emma va a decirles que está bien.
Las palabras salen firmes, seguras.
Por dentro, no lo estoy tanto.
Porque la verdad es que no tengo idea de si Emma va a contestar.
Me levanto antes de que puedan decir algo más, antes de que sigan mirándome como si yo fuera una adolescente irresponsable y no la persona que mejor conoce a su hija. Cruzo la casa casi a zancadas y empujo la puerta del patio. El aire frío me golpea la cara y agradezco la soledad momentánea.
Marco su número.
Una vez.
Dos tonos.
Tres.
Nada.
Cuelgo y aprieto el celular con fuerza. Esta ya es la tercera vez desde que se fue.
La primera contestó. Su voz sonaba cansada, pero tranquila. Me dijo que había llegado bien, que el lugar era silencioso, que necesitaba tiempo.
La segunda llamada fue directo al buzón. Supuse que no quería hablar. Le di espacio. Mala mía, pienso ahora, con rabia.
Marco de nuevo.
El teléfono suena… y vuelve a enviarme al buzón.
Un nudo se forma en mi estómago, lento, cruel. Empiezo a caminar de un lado a otro del patio, la grava crujendo bajo mis botas. La cabeza se me llena de escenarios que no quiero imaginar: carreteras solitarias, frío extremo, una cabaña demasiado lejos de todo.
—Contesta… —murmuro entre dientes.
Vuelvo a llamar.
Nada.
El pensamiento que intento mantener a raya finalmente me alcanza y me muerde:
¿Y si algo le pasó?
Siento cómo la ansiedad me carcome por dentro, cómo el pecho se me aprieta hasta doler. Aprieto el celular con ambas manos, respirando hondo, tratando de no perder el control.
Está bien. Última vez.
Marco otra vez, decidida.
—Si no contestas ahora —susurro, más promesa que amenaza—, tomo el primer vuelo a Alaska y barro con ese jodido pueblo hasta encontrarte, Emma. No me importa absolutamente nada más.
El teléfono sigue sonando, indiferente.
Y el silencio al otro lado de la línea empieza a volverse insoportable.
El teléfono vibra en mi mano justo cuando estoy a punto de colgar.
—¿Scarlet?
Que paso con los otros capítulos /Cry/