Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 12: La gran verdad
Seguimos subiendo entre pinos centenarios y una bruma espesa que ocultaba el abismo a nuestros lados. Diez minutos después, llegamos a la cima. Ante mis ojos se alzaba una estructura colosal, una fortaleza de piedra que parecía brotar de la misma montaña. Era un castillo rodeado de muros altos, coronado por un portón de madera que crujió al abrirse automáticamente, como si reconociera la firma energética de su dueño.
Al entrar, nos recibió un sendero flanqueado por árboles que parecían centinelas. Dagmar estacionó frente a la entrada principal y, con su habitual cortesía, me abrió la puerta. Al cruzar el umbral del castillo, mi aliento se cortó. El suelo de mármol crema brillaba bajo la luz de candelabros de plata y oro que ardían con una llama constante. Todo en ese lugar gritaba antigüedad y poder. Pero lo que realmente me detuvo el corazón fue un retrato colgado en la pared del recibidor. Éramos nosotros. Teníamos ropas de otra época, pero nuestras sonrisas eran inconfundibles, cargadas de una felicidad que yo aún no recordaba poseer.
—Ponte cómoda... —dijo él, rompiendo el silencio—. Esta fue nuestra casa en nuestra segunda vida juntos. Imagino que ya hablaste con tus tías.
—Lo hice —respondí, sin poder dejar de mirar el cuadro—. ¿Segunda vida? ¿De qué estás hablando, Dagmar?
Él se acercó, obligándome a sostenerle la mirada.
—Rose, desde nuestra primera existencia, no he podido alejarme de ti. Mi único propósito, a través de los siglos, ha sido que finalmente podamos construir una vida juntos, sin las interrupciones de la muerte o la persecución. ¿Sabes cómo te encontré aquí? Hace cien años, intercepté los planes de tus ancestros mediante magia. Ellos trazaban el destino de cada generación futura para esconderte, pero yo programé este lugar en sus caminos. Financié su fortuna, aseguré sus recursos, todo para que cuando llegara el momento, estuvieras cerca de mí.
Me quedé sin palabras, procesando la escala de su manipulación y su entrega.
—Mis tías dicen que hay dos grupos buscándome... El Orden y tu propia familia.
—Así es —confirmó él—. Pero aquí estás a salvo. Además, la cadena que te obsequié no es solo un adorno. Es un escudo. Funciona como un amuleto de invisibilidad ante brujos y cazadores, y oprime tu magia para que no emitas señales que puedan rastrearte. Es una tecnología mística que logré perfeccionar apenas el siglo pasado. En eras anteriores, no teníamos esta ventaja; por eso siempre nos encontraban.
—¿Y por qué no podemos simplemente vivir separados? Quizás así la maldición se rompería —sugerí con un hilo de voz.
Dagmar soltó una risa amarga.
—Lo intenté una vez. Me alejé de ti por todo un continente, pero ellos te encontraron igual. Estamos atrapados en un bucle, Rose. La única solución real es que aprendas a usar tu magia. Las profecías dicen que la unión de nuestros poderes sería tan devastadora que podríamos despojar de su fuerza a ambos bandos. Pero hay un riesgo: si ellos no pueden encontrarte a ti, vendrán por mí para llegar a ti.
—Todo suena tan peligroso... —dije, sintiendo un temblor en mis manos.
Él dio un paso hacia mí, su voz se volvió suave y apasionada.
—Lo es. Pero a pesar del destino sangriento que nos persigue, no me arrepiento de haber escapado contigo aquella primera vez. Eres la fuerza que mueve mi existencia. Los momentos sin ti son una tortura peor que cualquier muerte.
—¿Tanto me amas? —pregunté, casi en un susurro.
—No existen palabras en este idioma, ni en los antiguos, para expresarlo. Rose, mi alma estalla cada vez que te veo. ¿Tienes miedo ahora?
—¿De ti? No —respondí con sinceridad—. Tengo dudas, pero tu mirada me dice que puedo confiar en ti.
—Dame tu mano —pidió él, extendiendo la suya.
—¿Estás seguro? Las tías dijeron que el contacto...
—Estoy muy seguro. Solo si tú lo estás.
Dudé un segundo, pero mi instinto fue más fuerte que el miedo. Extendí mi mano y la puse sobre la suya. En el momento en que nuestras pieles chocaron, el mundo desapareció.
No fue un simple toque; fue una explosión. Una marea de recuerdos me golpeó con la fuerza de un huracán. Vi rostros, sentí el frío de celdas medievales, el calor de incendios provocados, el sabor de besos prohibidos en jardines victorianos. Sentí el dolor de la espada atravesándome y la calidez de los brazos de Dagmar sosteniéndome mientras exhalaba mi último aliento en vidas pasadas. Una fuerza eléctrica vibró en mi columna, despertando cada célula de mi cuerpo. El peso de siglos de amor y tragedia me abrumó hasta que mis rodillas cedieron y todo se volvió negro.
Cuando desperté, estaba recostada en un diván de terciopelo. Dagmar estaba a mi lado, yo lloraba por el triste recuerdo por la felicidad de tenerlo nuevamente conmigo mientras el solo limpiaba mis lágrimas con una ternura infinita.
—Fue mucho, lo sé —murmuró—. Lo siento, Rose. No quería que sufrieras todo ese dolor de golpe, pero es necesario para lo que viene. Necesitas recordar quién eres para poder luchar.
—Es demasiado... —dije, sintiendo el peso de mil años sobre mis hombros—. No sé si pueda con esto.
—Puedes. Eres más fuerte de lo que crees. Hubo una vida en la que fuiste tú quien me rescató de la oscuridad cuando yo ya me había rendido al destino. Si seguimos volviendo a encontrarnos, es porque nuestro hilo rojo es irrompible. Confía en mí, trazaremos un plan.
Él tomó mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas antes de acercarse lentamente. Cuando sus labios tocaron los míos, fue como si el universo finalmente encontrara su centro. El beso fue ansioso, necesitado, una comunión de almas que llevaban décadas de sed. Su calor me inundó, y por primera vez en esta vida, me sentí completa. Me sujetaba con una fuerza protectora, como si temiera que, al soltarme, yo pudiera desvanecerme de nuevo en el río del tiempo.
Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento.
—Lo siento —susurró él, con los labios todavía rozando los míos—. Desde que te vi en esta vida, he tenido que contenerme. Verte y saber que no me recordabas me destrozaba el alma. Tenía que ser cauteloso para no ponerte en peligro antes de tiempo. Ansiaba tu piel, tu boca, tu amor, rose solo tú me haces sentir que esta tortura de destino vale la pena.