Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Invitado 1
Una semana después, la carta dejó de ser solo palabras.
Se volvió presencia.
El carruaje llegó sin previo aviso.
Directamente frente a la casa de Regina.
No era una mansión como la de los grandes nobles, pero tampoco era modesta. Había sido diseñada por ella misma, cada espacio pensado con cuidado.. elegante, sí… pero funcional. Sin excesos. Sin ostentación.
Todo en su lugar.
Como su vida.
Como ella.
Cuando una de las empleadas tocó suavemente la puerta de su despacho, Regina levantó la vista.
—Tiene visitas, señorita.
Regina frunció levemente el ceño.
¿Visitas?
No esperaba a nadie.
Se levantó con calma, aunque algo en su interior ya estaba… alerta.
Caminó hacia la entrada.
Y al abrir la puerta..
Se detuvo.
Ahí estaba.
Nelson Darcy.
De pie, frente a su casa, con esa presencia tranquila… y una leve sonrisa que parecía completamente natural, como si llegar sin aviso no fuera nada fuera de lo común.
Regina lo miró.
Sorprendida.
No por el motivo de su visita.
Sabía que vendría.
Pero no así.
No directamente.
No a su espacio.
—Lord Darcy… —dijo finalmente.
Su voz fue correcta.
Pero más baja de lo habitual.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Lady Sallow.
Hubo un breve silencio.
Y luego, con ese mismo tono sereno, casi ligero, él añadió..
—¿Me invitará a pasar?
Regina parpadeó.
Un segundo.
Como si recién reaccionara.
—Por supuesto —respondió, haciéndose a un lado.
El interior de la casa era coherente con ella.
Ordenado.
Cálido.
Sin excesos.
Un lugar pensado para vivir… y trabajar.
—Por favor —indicó, señalando el salón.
Pidió que trajeran té.
Todo… correcto.
Todo… bajo control.
Pero no lo estaba.
No del todo.
Porque Regina evitaba mirarlo.
De forma evidente.
No directa.
Pero sí constante.
Sus ojos se mantenían en la mesa, en la tetera, en cualquier punto que no fuera él.
Y, más importante aún…
Mantenía distancia.
Medida.
Casi calculada.
No se acercaba más de lo necesario.
No permitía ningún roce.
No dejaba espacio a lo imprevisto.
En su mente, lo tenía claro.
Demasiado claro.
[No lo mires. No te acerques. No des oportunidad a nada.]
Porque, en ese momento…
Nelson Darcy no era solo un socio importante.
Era un problema.
No real.
No tangible.
Pero sí… peligroso.
Como si hubiera algo en él.. Una especie de hechizo silencioso.
Algo que no entendía.
Pero que sentía.
Y Regina no estaba dispuesta a descubrir qué era.
No quería mirarlo y perder el control otra vez.
No quería sentir esa distracción absurda.
No quería… temblar.
Así que se protegía.
Con distancia.
Con frialdad.
Con profesionalismo.
—Espero que su viaje haya sido cómodo —dijo ella, con tono formal.
—Lo fue —respondió él, observándola con atención.
Demasiada atención.
Regina continuó.
—Podemos revisar los documentos cuando guste.
Directa.
Sin rodeos.
Sin espacio para nada más.
Pero Nelson no respondió de inmediato.
La miraba.
Estudiándola.
Y lo había notado.
El cambio.
Otra vez.
La Regina que había conocido en Bernicia… no era exactamente la misma que tenía frente a él ahora.
O mejor dicho…
Sí lo era.
Pero incompleta.
Como si una parte hubiera decidido esconderse.
—Lady Sallow —dijo finalmente.
Ella levantó la vista… apenas.
Lo suficiente.
Pero no sostuvo la mirada.
—¿Sí?
Una leve sonrisa apareció en los labios de Nelson.
No burlona.
No incómoda.
Sino… curiosa.
—¿Siempre trata así a sus socios?
La pregunta fue suave.
Pero directa.
Regina se tensó apenas.
—¿A qué se refiere?
—A mantener tanta distancia.
Silencio.
Regina sostuvo su postura.
—Mantengo el profesionalismo adecuado.
Respuesta perfecta.
Ensayada.
Segura.
Pero Nelson no parecía convencido.
Y no insistió.
No directamente.
Solo asintió.
—Entiendo.
Pero en su mirada… había algo más.
Una certeza silenciosa.
Porque, aunque Regina no lo dijera…
Aunque lo negara…
Aunque intentara controlarlo…
Él lo veía.
Claramente.
No era indiferencia.
No era desinterés.
Era otra cosa.
Algo que Regina estaba intentando contener.
Y que, precisamente por eso…
Se hacía más evidente.
El té llegó.
La conversación continuó.
Formal.
Correcta.
Pero ahora…
Con una tensión distinta.
Sutil.
Invisible para cualquiera más.
Pero completamente presente entre ellos.
Y Regina, sin saberlo…
Había hecho exactamente lo que quería evitar..
Convertir una simple reunión de negocios…
En algo imposible de ignorar.
La conversación avanzaba.
Ordenada.
Medida.
Controlada.
Regina sentía que, pese a todo… estaba logrando sostener la situación.
Había mantenido la distancia.
No lo había mirado más de lo necesario.
No había permitido distracciones.
Todo estaba… bajo control.
O eso creía.
Fue en un momento de pausa, cuando el té ya había sido servido y los documentos descansaban sobre la mesa, que Nelson habló nuevamente.
—Debo admitir… que el viaje ha sido más agotador de lo esperado.
Regina asintió levemente, sin levantar demasiado la vista.
—Es comprensible.
Pero él no continuó de inmediato.
Y ese pequeño silencio… fue suficiente para que algo en ella se tensara.
—Si no es inconveniente ¿podría quedarme aquí unos días?
El tiempo… pareció detenerse.
Regina levantó la mirada.
Por reflejo.
Y lo miró directamente.
Un error.
Porque ahí estaban esos ojos.
Ámbar.
Brillando con una calma que la desarmaba más de lo que quería admitir.
Y lo sintió.
Ese estremecimiento.
Otra vez.
Claro.
Innegable.
—Yo… —comenzó.
Pero su mente reaccionó rápido.
—Quizás estaría más cómodo en la mansión Declan.. Allí podrían atenderlo mejor.
Era lógico.
Era correcto.
Era la solución adecuada.
Pero Nelson negó suavemente.
—Los asuntos que debemos tratar están en el pueblo.
Su tono era tranquilo.
Sin presión.
—Y, sinceramente… las posadas no parecen muy cómodas.
Una pausa.
Y luego, la pregunta.
Directa.
—¿Le molestaría?
Regina se quedó en silencio.
No porque no tuviera respuesta.
Sino porque tenía demasiadas.
“No es apropiado.”
“No es conveniente.”
“No quiero.”
Pero ninguna podía decirla.
No así.
No sin romper la cortesía.
No sin parecer descortés.
No sin… revelar más de lo que quería.
Su mente buscaba una salida elegante.
Una respuesta correcta.
Pero no llegaba.
Y ese segundo de duda…
Fue suficiente.
Porque Nelson lo interpretó.
A su manera.
Como una aceptación.
—Entonces no habrá problema —dijo con naturalidad.
Y, antes de que Regina pudiera reaccionar..
—Pueden subir mi equipaje.
Las palabras ya estaban dichas.
Las órdenes… dadas.