Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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13_Verdades Desnudas y el Inicio de la Espera
El dolor, la soledad y el arrepentimiento que Karma proyectaba eran casi tangibles.
Nagisa finalmente rompió el silencio, su voz baja, casi inaudible.
—Y... ¿también intentaste olvidarme con otras personas, Karma? —La pregunta flotó en el aire, cargada de una vulnerabilidad que Nagisa rara vez permitía. Había un temblor casi imperceptible en sus manos, cruzadas sobre su regazo. La idea de Karma con alguien más, tratando de llenar ese vacío, era una punzada aguda.
Karma levantó la vista, sus ojos dorados, aún húmedos y serios, se encontraron con los azules de Nagisa. La pregunta había cortado el aire, y Karma sintió la necesidad de ser absolutamente, brutalmente honesto. La mirada de Nagisa buscaba una verdad que iba más allá de las palabras, y Karma no iba a mentirle, no ahora, no sobre esto.
—No —respondió Karma, su voz fue firme, sin una pizca de vacilación o de la habitual picardía. Era una declaración, no una defensa—. Ni siquiera lo intenté, Nagisa.
El rostro de Nagisa mostró una fracción de sorpresa, una incredulidad apenas contenida.
—¿Por qué? —casi susurró Nagisa.
Karma se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada no se apartaba de la de Nagisa. La sinceridad que emanaba de él era abrumadora, desarmante.
—Porque sabía que no valdría la pena intentarlo —dijo Karma, cada palabra cargada con el peso de siete años de convicción solitaria—. Sabía que jamás habría un "segundo" en mi vida, Nagisa. Jamás. Mi mente, mi corazón... siempre serás tú. Fuiste el primero y, lo supe desde el momento en que me fui, serías el único. Cualquier otra persona habría sido una farsa, una distracción inútil que solo habría hecho más evidente tu ausencia. Habría sido una injusticia para esa persona, y un insulto a lo que siento por ti.
La honestidad de Karma era tan cruda que dejó a Nagisa sin aliento. Las palabras de Karma, dichas con tal convicción, resonaron en la pequeña sala. Borraban de un plumazo años de imaginaciones dolorosas, de dudas sobre su propio valor en la vida de Karma.
Era una confesión de amor y de lealtad que iba más allá de la lógica, que se arraigaba en lo más profundo del ser de Karma.
Nagisa se quedó en silencio, procesando. La rabia, el dolor, la frustración... todo se mezclaba con una oleada inesperada de alivio y una calidez que comenzaba a extenderse por su pecho.
La verdad, aunque dura, era la única base sobre la que podrían, quizás, reconstruir algo. El peso de las dudas sobre su propia valía se aligeró un poco, aunque el rencor por el abandono persistía.
Karma, observando atentamente cada matiz en el rostro de Nagisa, notó el ligero cambio. El rictus tenso se suavizó imperceptiblemente, el temblor en las manos disminuyó. Ese pequeño alivio en Nagisa, la aparente aceptación de esa verdad en particular, le dio a Karma la validación que necesitaba para seguir. Sabía que aún no había ganado, pero al menos, había un terreno común.
—No fue fácil, Nagisa —continuó Karma, su voz ahora un poco más baja, más íntima, como si la barrera invisible entre ellos se hubiera reducido un poco—. Hubo momentos en los que pensé que realmente estaba perdiendo la cabeza. El estrés constante del trabajo, los intentos de sabotaje... y luego las noches, siempre las noches. Llegué a un punto en que la única forma de conciliar el sueño era agotarme hasta la extenuación, trabajando sin parar hasta caer rendido. Pero incluso entonces, tú estabas allí, en la penumbra de mi mente.
Se movió en el sofá, su mirada fija en el espacio vacío frente a ellos, como si pudiera ver las escenas que describía.
—Recuerdo una noche, hace unos dos años. Estaba en un viaje de negocios en el extranjero, una negociación particularmente complicada. Había estado trabajando sin dormir durante casi cuarenta y ocho horas. Caí rendido en la cama del hotel. Y esa noche, soñé contigo de una forma tan vívida que me desperté gritando tu nombre. Creí que estabas allí, Nagisa. Sentí tu mano, el calor de tu piel. Estiré mi brazo y solo encontré el frío de las sábanas vacías.
La voz de Karma se quebró ligeramente.
—Fue en ese momento, en esa habitación de hotel impersonal a miles de kilómetros de aquí, que me di cuenta. Me di cuenta de que mi plan, mi cobarde intento de protegerte y a mí mismo, había fracasado estrepitosamente. No me había protegido. Solo me había condenado a una tortura silenciosa. Y lo que era peor, no te había protegido a ti. Solo te había abandonado.
Karma volvió a mirar a Nagisa, sus ojos dorados suplicantes.
—A partir de ese día, algo cambió. No pude seguir negándolo. Cada decisión que había tomado, cada éxito que había acumulado, se sentía hueco, un simple intento de llenar un agujero del tamaño de Nagisa Shiota en mi vida. Empecé a buscarte. No directamente al principio, era demasiado cobarde. Buscaba noticias, cualquier mención tuya. A través de nuestros antiguos compañeros de clase, con discreción. Quería saber que estabas bien, que habías prosperado. Y cada vez que oía algo de ti, cada vez que veía una foto tuya en algún artículo sobre tu trabajo como maestro... una mezcla de alivio y un dolor desgarrador me invadía. Alivio porque estabas vivo, estabas bien. Dolor porque no era parte de ello.
Nagisa mantenía una quietud casi absoluta, pero la intensidad de su mirada no disminuía. Estaba absorbiendo cada palabra, procesando la imagen de un Karma sufriendo en la distancia, tan desesperado por su ausencia.
—Fue una lucha constante entre el orgullo y la desesperación. El orgullo me decía que ya era demasiado tarde, que te había lastimado demasiado. La desesperación... la desesperación me gritaba que no podía vivir un día más sin intentar recuperarte. Fue un proceso lento, doloroso. Cada llamada no hecha, cada mensaje no enviado era una tortura. Hasta que ya no pude más. Hasta que la locura de tu ausencia superó el miedo a tu rechazo. Y vine.
Karma extendió una mano temblorosa hacia el espacio entre ellos, no para tocar a Nagisa, sino como un gesto de vulnerabilidad, de entrega total.
—Esa es mi historia, Nagisa. Mis razones, mis errores, mis tormentos. Sé que nada de esto borra el dolor que te causé. Pero espero que, al menos, entiendas que no fue por falta de... de lo que sea que teníamos. Fue por una equivocada y patética forma de protegerlo. Y que cada día, cada maldito día, me arrepentí de ello.
El silencio que siguió esta vez era más denso, más cargado de implicaciones. Karma había terminado su relato, abriendo su alma de una forma que nunca antes había hecho con nadie. Nagisa, por su parte, tenía ante sí la imagen completa de lo que había sucedido en esos siete años. La verdad, aunque dolorosa, estaba allí, desnuda.
Nagisa no dijo nada de inmediato. Sus ojos azules, profundos y ahora desprovistos de la ira inicial, se fijaron en los de Karma. Había una mezcla de emociones turbulentas en su mirada: la sorpresa por la magnitud del sufrimiento de Karma, el alivio por la confirmación de la exclusividad de sus sentimientos, y un renovado dolor por los años perdidos. La imagen de Karma solo, en una habitación de hotel, gritando su nombre, le oprimía el pecho.
Finalmente, Nagisa rompió el contacto visual y se levantó de la silla. Sus movimientos eran lentos, deliberados, como si cada músculo pesara. Se dirigió hacia la puerta de su habitación, que permanecía entreabierta.
—Acepto... acepto tu historia, Karma —dijo Nagisa, su voz era apenas un susurro, pero resonó claramente en el silencio de la sala—. Pero necesito tiempo. Necesito tiempo para entender todo esto. Para procesarlo.
Nagisa se detuvo en el umbral de su habitación, sin girarse para mirar a Karma.
—Es mucho. Es... demasiado.
Y con esas palabras, Nagisa entró en su habitación, cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Karma se quedó solo de nuevo en la sala de estar, pero esta vez, el silencio no era tan opresivo. La puerta cerrada de Nagisa no se sentía como un portazo final, sino como una pausa necesaria. "Acepto tu historia", había dicho Nagisa. No era un perdón, no era una bienvenida incondicional, pero era un inicio. Era el reconocimiento de la verdad.
Karma pasó una mano por su rostro, agotado pero con una extraña sensación de ligereza. Había desenterrado su alma y la había puesto al descubierto. El golpe en el labio, la lluvia, las lágrimas, la confesión... todo había culminado en este momento de espera. Lo único que podía hacer ahora era esperar.
Suspiró, un aliento largo y profundo que no era de resignación, sino de un alivio palpable. Había logrado que Nagisa le creyera. Esa pequeña semilla de esperanza, que había plantado con tanto miedo, ahora germinaba un poco más, brotando con una fuerza sutil pero innegable.
La noche cayó, y Karma se quedó en el sofá. No durmió profundamente, pero la tranquilidad del apartamento de Nagisa, la mera presencia de Nagisa tras esa puerta, era un bálsamo para su alma atormentada.
A la mañana siguiente, Karma se movió con deliberación. Preparó café, y aunque no hubo el saludo formal del día anterior, una taza caliente apareció sobre la mesa de la cocina. Desayunó en silencio, escuchando los sonidos que indicaban que Nagisa también se estaba preparando para el día.
Cuando Nagisa finalmente salió de su habitación, Karma no lo abordó. No le preguntó qué estaba pensando, ni intentó reanudar la conversación. Simplemente lo miró a los ojos, una mirada que transmitía paciencia y una silenciosa comprensión. Había una nueva dinámica en el aire, una comodidad extraña que no era sofocante ni incómoda.
No era la cercanía de antaño, pero tampoco la distancia abismal que los había separado. Era una especie de tregua tácita, un espacio donde ambos podían existir sin la presión de una confrontación inmediata.
Nagisa, aunque guardaba silencio, entendió el gesto. Karma le estaba dando tiempo. No había hostigamiento en su mirada, ninguna exigencia de perdón o de una resolución apresurada. No lo estaba presionando. Más aún, Nagisa se dio cuenta de que Karma no tenía intención de irse.
La silla junto a la mesa en la cocina, el espacio que ocupaba en el salón, la forma en que su presencia se había anclado en su pequeño apartamento... Karma se quedaría. Se quedaría a esperar. Y Nagisa, a pesar de la conmoción y el torbellino de emociones, no sintió la necesidad imperiosa de obligarlo a marcharse.
La conversación había terminado por ahora, pero la historia entre ellos, lejos de haber concluido, acababa de encontrar su verdadero punto de partida.