Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 12: Monedas de Sangre
El nuevo escondite era una bodega de refrigeración abandonada en el sector industrial de Medellín. El frío seco del lugar ayudaba a mantener los servidores de Maira a una temperatura óptima, pero calaba en los huesos de Elena, quien no dejaba de mirar a su madre, Beatriz, durmiendo en un rincón acondicionado con mantas térmicas. La mujer estaba sedada, pero sus manos se movían inquietas en sueños, como si tratara de alcanzar algo que el fuego le arrebató hace décadas.
—Leni, ya entré —la voz de Maira rompió el silencio, cargada de una excitación. Sus ojos brillaban tras las gafas, reflejando miles de líneas de código verde—. El dispositivo que te dio Samael es una llave maestra de encriptación cuántica. Es... es el Santo Grial de los Blackwood.
Valeria entró en el círculo de luz, cargando un termo de café y su eterna expresión de desconfianza. Sus nudillos estaban vendados, señal de que acababa de pasar una hora castigando el saco de boxeo.
—Sigo pensando que ese aparatico tiene un micrófono o un GPS, Maira. Ese tipo no regala las llaves de su reino por amor al arte.
—Ya lo revisé tres veces, Val. Está limpio —respondió Maira, aunque sus dedos no dejaban de teclear—. Pero aquí está lo gordo: Morgana no solo lava dinero. Tiene una red de cuentas "fantasma" que financian campañas políticas y... vaya, aquí hay pagos mensuales a una clínica psiquiátrica privada.
Elena se acercó, sintiendo que el odio por los Blackwood se renovaba con cada dato.
—¿Pagos para qué?
—Para mantener "huéspedes" sin registro. Leni, tu madre no fue la única que escondieron. Pero eso lo veremos luego. Ahora mismo, tengo el dedo sobre el botón de "Transferir". Si lo hundo, Morgana Blackwood amanece siendo clase media.
Elena miró a Beatriz y luego a sus amigas. La ternura de su círculo era lo único que le daba permiso para ser implacable.
—Hazlo. Vacíales hasta el último centavo de esas cuentas. Quiero que sienta lo que es perderlo todo.
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Tres horas después, el caos ya debía haber estallado en la mansión Blackwood. Elena salió a la rampa de carga de la bodega para respirar el aire fresco de la noche. Sabía que él vendría. La conexión entre ellos era un hilo invisible de dominación y necesidad que no se podía cortar.
Samael apareció desde las sombras de un camión viejo. No traía escoltas. Su mandíbula estaba apretada y sus ojos gris acero parecían tormentas contenidas. Se detuvo a dos metros de ella, su imponente altura de 1.90 metros proyectando una sombra alargada sobre Elena.
—Lo hiciste —dijo él, su voz era un trueno bajo—. Maira es tan eficiente como recordaba. Mi madre está teniendo un colapso. Acaba de enviar a Silas con la orden de "limpiar" toda la zona industrial.
—Tú me diste la llave, Samael —respondió Elena, su rostro se mantenia frío —. ¿Qué esperabas? ¿Que la guardara de recuerdo?
—Esperaba que fueras más inteligente. Al robarle el dinero, la volviste una bestia herida. Ya no hay reglas, Elena. Ya no puedo protegerte desde adentro.
Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Elena no retrocedió; su cuerpo se tensó, lista para el combate o para la rendición. El olor a sándalo de Samael se mezcló con el olor a metal de la bodega, creando una atmósfera asfixiante.
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Samael la agarró por la cintura con una fuerza que le quitó el aliento, pegándola a su pecho firme. Elena soltó un jadeo, y su mano, que buscaba su daga, terminó enredada en el cabello negro de él, jalándolo hacia abajo. El beso fue una explosión de pasión salvaje y rabia acumulada. Samael la devoró con una urgencia que decía "te odio tanto como te necesito".
Él la alzó, sus manos grandes apretando sus muslos, y la llevó hacia el interior de una oficina pequeña y polvorienta en la rampa de carga. La sentó sobre un escritorio metálico que chirrió bajo su peso, barriendo con el brazo una vieja máquina de escribir. Samael se situó entre sus piernas, abriéndolas con una dominación que no pedía permiso.
—¿Crees que puedes destruirme y luego hacerme esto? —susurró Elena, aunque su cuerpo ya estaba respondiendo a la vibración de la voz de él.
—No te estoy haciendo nada que tú no desees más que el dinero de mi madre —respondió Samael, bajando el cierre de la chaqueta táctica de Elena con una lentitud tortuosa.
Él liberó sus pechos del sujetador deportivo, admirando la piel canela de Elena bajo la luz amarillenta de la oficina. Sus dedos largos recorrieron los pómulos de ella antes de bajar hacia sus pezones, que estaban erguidos y sensibles por el frío y la excitación. Samael bajó la cabeza y comenzó a succionar con un hambre animal, provocando que Elena arqueara la espalda y soltara gemidos que resonaban en las paredes metálicas.
Elena no se quedó atrás. Le arrancó la camisa, queriendo sentir la textura de sus músculos marcados. Sus manos recorrieron los anchos hombros de Samael, bajando hacia su espalda, donde clavó las uñas con una ferocidad que buscaba marcarlo. Ella quería castigarlo por su linaje, y él quería poseerla para que olvidara su venganza.
Samael se deshizo de su propio pantalón con una impaciencia brusca. La penetró de una sola embestida, profunda y llena de una posesividad absoluta que hizo que Elena cerrara los ojos y apretara los dientes para no gritar. El ritmo era rápido, una lucha de poder en la que cada movimiento de Samael buscaba la rendición de Elena, y cada respuesta de ella buscaba demostrarle que no podía quebrarla.
El sudor empezó a brillar en sus cuerpos a pesar del frío. Elena rodeó la cintura de Samael con sus piernas, atrayéndolo más hacia adentro, queriendo consumirlo por completo. Los gemidos de ella se volvieron súplicas roncas mientras él la sujetaba por las muñecas contra la mesa, mirándola fijamente a esos ojos café profundo que ahora eran puro fuego. El clímax llegó como una descarga eléctrica, un estallido de placer que los dejó a ambos temblando y aferrados el uno al otro en el silencio sepulcral de la oficina.
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Minutos después, Samael se separó, arreglándose la ropa con una calma que siempre sacaba de quicio a Elena. Se volvió a colocar la máscara de heredero de los Blackwood, ocultando cualquier rastro del contacto física que acababa de mostrar.
—Silas llegará aquí en menos de una hora —dijo, mirando su reloj inteligente—. Mi madre no va a ir tras el dinero, Elena. Va a ir tras Beatriz. Sabe que es tu único punto débil.
Elena se levantó, ajustándose el equipo. La mirada de depredadora había vuelto a sus ojos.
—Que venga. Ya no soy la niña que corría entre las llamas, Samael. Ahora soy el incendio.
Samael se detuvo en la puerta y la miró por última vez.
—Si ella muere, se acaba el rastro. No dejes que el odio nuble tu puntería.
Samael desapareció en la oscuridad justo cuando Valeria entraba a la oficina, con el rostro serio.
—Maira detectó carros tanque acercándose, Leni. Es Silas. Viene con todo.
Elena cargó su arma y miró hacia donde su madre dormía. El misterio de los Blackwood estaba llegando a su punto de ebullición. El dinero era solo el principio; ahora empezaba la verdadera cacería de sangre.