Nikolai Ivánov es un hombre forjado en el dolor, de ojos duros y manos de hierro. No tolera mentiras y aprendió desde joven que el amor es la mayor debilidad del ser humano.
Envuelto en un frío implacable y pasos calculados, vio en una alianza de sangre solo poder… y cree que nada puede romper su control sobre el mundo.
Helena Lombardi, adelantada a su tiempo, cree en el amor con la misma intensidad con la que vive su libertad. Cada gesto suyo rebosa coraje y determinación, desafiando todo lo que Nikolai considera inquebrantable.
Cuando dos mundos tan opuestos chocan, las certezas se transforman en dudas, y los deseos que antes parecían imposibles irrumpen como una tormenta. Entre dolor y entrega, pasión y desafío, alguien tendrá que ceder…
Pero nadie saldrá ileso.
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Capítulo 16
Nikolai
Observo por la ventana a Helena salir a correr. Ninguno de los soldados la acompaña. Un mal presentimiento me aprieta el pecho, pero intento ignorarlo mientras sigo mi rutina.
Voy al baño, me arreglo, me pongo el reloj en la muñeca. Miro hacia afuera de nuevo… y no hay señal de Helena. Un vacío se abre en mi pecho, helado y pesado. No puedo conformarme.
Bajo las escaleras en silencio, sin llamar a nadie. Entro en el coche, pero antes de encenderlo, una sensación incómoda me hace pausar, apagar el motor. No puedo esperar. Necesito ir tras ella.
Sigo en la misma dirección que la imaginé, caminando rápido en el frío, cada paso pesado con la ansiedad creciendo. Después de algunos minutos, oigo algo débil, tembloroso, casi engullido por el viento:
—Socorro…
Mi cuerpo se dispara. Avanzo corriendo, la adrenalina dominando cada músculo. Cada segundo parece una eternidad. Y entonces la veo.
Está acostada de lado en la nieve, el cuerpo encogido, temblando, lágrimas escurriendo por el rostro. Salen solo sonidos débiles de su boca, casi sofocados por el frío y por el miedo.
Sin pensar, me agacho y la tomo en brazos. Su cuerpo es ligero, frágil, y la sensación de la piel helada contra mi cuerpo me hace perder el aliento por un instante. Sosteniéndola firme, digo, intentando transmitir toda la seguridad que puedo:
—Te tengo.
Ella presiona el rostro contra la curva de mi cuello, buscando calor físico, y yo siento cada respiración corta y temblorosa de ella contra mi piel. El frío aún está presente, pero el calor de mi cuerpo y la fuerza del abrazo comienzan a retirarla del peligro.
Mi corazón se dispara, no solo por el miedo que pasé, sino por el alivio inmenso de finalmente encontrarla. Nada más importa además de ella ahora.
Cargo a Helena en mis brazos, cada paso es cuidadoso, pero rápido. Su cuerpo está helado, temblando descontroladamente, y mi corazón se dispara con la urgencia de la situación. El viento cortante aún me alcanza, pero nada más importa además de ponerla a salvo.
Llegando a casa, corro hasta el cuarto. La coloco con cuidado en la cama, cubriéndola inmediatamente con mantas pesadas. Su cuerpo aún tiembla, y el frío parece no querer irse. Actúo rápido: aumento el calentador al máximo y tiro más mantas encima de ella, intentando recuperar el calor que la nieve robó.
—Quédate conmigo, Helena —susurro, apretando su mano entre las mías—. No voy a dejarte sola.
El frío aún la domina, y sé que no puedo arriesgarme. Tomo el celular y llamo inmediatamente al médico, mi voz firme, pero cargada de preocupación:
—Doctor… es urgente. Helena está en hipotermia, necesita ayuda ahora. Venga inmediatamente.
Aún en el teléfono con el médico, oigo atentamente cada palabra de él, cada instrucción vital. Él habla rápido, con urgencia: ropa mojada fuera, ropa seca inmediatamente, y calentar el cuerpo al máximo.
Obedezco sin dudar. Con cuidado, comienzo a quitarle la ropa mojada, mi corazón apretado a cada movimiento, intentando ser firme, pero delicado. El frío que aún recorre su cuerpo es casi insoportable, cada centímetro de la piel pálida me hace acelerar.
Rápidamente, coloco ropa seca —capas, mantas calientes— e intento envolver cada parte de ella, presionando el cuerpo contra el mío siempre que es posible para transferir calor. El calentador ya está al máximo, pero no es suficiente para sustituir el calor humano que ella necesita ahora.
—Quédate conmigo, Helena —susurro, sintiendo cada temblor de ella contra mi cuerpo—. Voy a mantenerte caliente. No va a pasar nada. Te lo prometo.
Observo su respiración, aún irregular, intentando medir si está mejorando. Pero no mejora, ella castañetea los dientes aún.
Minutos después, el médico llega. Su presencia trae una mezcla de alivio y aprensión. Sin perder tiempo, él comienza a examinar a Helena, cuidadosamente retirando las capas de cobertores y ropas secas que coloqué sobre ella.
En la desesperación de intentar calentarla, yo no percibí lo mucho que el tobillo de ella estaba lastimado. Cuando el médico toca su pie, Helena grita instantáneamente, un sonido agudo que corta mi propia respiración.
El médico me mira serio, sin rodeos:
—Es una torcedura fea. Va a necesitar radiografía.
Mi pecho aprieta. El dolor que ella siente ahora es casi insoportable de asistir. Intento tomar su mano, susurrando palabras de consuelo, pero nada parece suficiente delante del estado en que ella se encuentra.
—En el momento, lo que puedo hacer aquí en el cuarto —continúa el médico— es medicar el dolor y controlar la hipotermia. Nada más. Necesitamos estabilizarla antes de llevarla para exámenes.
Siento una rabia contenida, una mezcla de miedo y frustración. Quería que pudiera estar entera, segura, sin dolor. Pero todo lo que puedo hacer ahora es estar al lado de ella, sosteniendo su mano, manteniendo mi cuerpo próximo para pasar calor, y garantizar que ella sienta que no está sola.
Cada respiración de ella es medida, cada temblor observado. Sé que el camino para dejarla bien será largo, pero no voy a permitir que nada la ponga en peligro nuevamente.
La medicación hace efecto rápido. Poco a poco, la respiración de Helena se calma, el cuerpo relaja, y ella finalmente se duerme sin dolor. El médico se aleja en silencio, dejando instrucciones bajas, casi respetuosas, antes de salir del cuarto.
Yo no soy capaz de dejarla.
Me acuesto al lado de ella, con cuidado para no despertarla. Paso la mano despacio por los cabellos, una caricia lenta, casi automática, como si eso fuera la única cosa que me mantiene anclado a la realidad. La piel de ella aún está fría demasiado para mi gusto, entonces me quedo allí, ofreciendo calor, presencia, vigilancia.
El cuarto está silencioso.
Entonces el celular de ella vibra sobre la mesa de noche.
El sonido parece alto demasiado en aquel silencio. Miro para la pantalla: Natália. Dudo por un segundo, pero sé que ella necesita saber. Atiendo antes de que el teléfono despierte a Helena.
—Natália —digo en voz baja.
Del otro lado, la preocupación es inmediata. No dejo que ella hable mucho. Voy directo al punto.
—Helena salió para correr sola. Cayó en la nieve. Hipotermia leve… y una torcedura fea en el tobillo. El médico ya estuvo aquí. Ella está durmiendo ahora, sin dolor.
Hago una pausa corta, mirando a Helena, asegurándome de que ella continúa respirando tranquila.
—Fue por poco —completo, la voz más dura de lo que yo pretendía—. Muy poco.
—Niko… —ella comienza, la voz baja, controlada— supe de la pelea del centro comercial.
Claro que ella supo. Ellas son amigas.
—Aquello salió del control —respondo, corto, sin voluntad de entrar en detalles.
Ella suspira del otro lado de la línea, como quien ya esperaba esa respuesta.
—Yo sé que tú prometiste a tu madre —ella continúa— Que nunca amarías... Tú la escogiste a ella.
No respondo. Mi mano continúa haciendo una caricia lenta en los cabellos de Helena.
—Pero ella no es tan fuerte como aparenta, Nikolai —Natália dice, firme, sin acusación, solo verdad.
—Helena es hecha de amor —ella completa, la voz suavizando—. Ella siente todo. Absorbe todo. Y este mundo… este mundo puede quebrar a alguien así como ella.
Miro a Helena durmiendo, el rostro sereno ahora, tan diferente de la desesperación que vi en la nieve. Mi pecho aprieta.
—Si tú continúas tirando de ella para este caos —Natália concluye
—No va a ser la nieve que va a acabar con ella.
El silencio se instala entre nosotros dos. No tengo defensa. No tengo respuesta lista. Solo la verdad desnuda, desconfortable.
—Yo no voy a dejar que nada le pase a ella —digo por fin, bajo, casi un juramento.
Natália no rebate.
—Entonces prueba —ella dice
—. No con promesas. Con elecciones. Escoge a Helena, y olvida ese juramento.
La llamada cae.
Me quedo allí, sosteniendo el teléfono por algunos segundos, sintiendo el peso de cada palabra. Después, largo el aparato y vuelvo toda mi atención para Helena.
Paso el pulgar levemente por la mano de ella.
Por primera vez en mucho tiempo, no pienso en poder, ni en territorio, ni en guerra.
Solo pienso que tal vez Natália esté cierta.
Y que amar a alguien como Helena no sea un error.