Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.
Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.
Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.
Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.
Un falso heredero ocupa su lugar.
Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.
Antiguas familias empiezan a perseguirlo.
Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.
Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.
Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.
Pero existe un problema todavía mayor:
Su identidad no fue simplemente robada.
Fue dividida.
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La Primera Puerta
Las cuarenta y ocho horas antes de la verificación no fueron utilizadas para descansar.
Meilin insistió en que Adrián aprendiera a controlar la resonancia antes de entrar al Santuario Shen.
—No cultivar —dijo—. Controlar.
—¿Diferencia?
—Cultivar aumenta.
—Controlar limita.
—¿Y tú vas a enseñarme?
—No.
Adrián la miró.
—Entonces ¿quién?
Jian Mo señaló hacia una casa vieja.
El anciano de la tienda de medicina.
El mismo que había advertido a Adrián en la noche del apagón.
Se llamaba Zhou Ren.
Setenta y nueve años.
Médico.
Cultivador retirado.
Adrián entró.
Zhou lo miró.
—Te dije que no siguieras nombres olvidados.
—No funcionó.
—Los jóvenes nunca escuchan.
Meilin inclinó la cabeza.
—Maestro Zhou.
—Niña Gu.
Adrián observó.
—Se conocen.
—Lóngchéng es grande para la gente normal.
Zhou señaló una silla.
—Siéntate.
Tomó su muñeca.
Silencio.
Cinco segundos.
Diez.
Retiró la mano.
—Vete.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—No puedo ayudarte.
—¿Por qué?
—Porque tienes dos pulsos internos.
—Ya sabemos.
Zhou miró a Meilin.
—¿Lo tocaste?
—Sí.
—Imprudente.
—¿Qué ocurre?
Zhou respondió:
—Una resonancia intenta despertar cuando la otra se contiene.
—Entonces ¿qué hago?
—No contener.
—¿Abrir ambas?
—No.
—¿Entonces?
El anciano respiró.
—Separar.
Durante horas le enseñó respiración.
Nada espectacular.
Sentarse.
Inspirar.
Percibir.
No empujar.
Adrián falló.
Una vez.
Diez.
Cincuenta.
Cada vez las dos energías se mezclaban.
Calor y frío.
Zhou golpeaba su espalda.
—Otra vez.
Al anochecer, Adrián consiguió percibirlas separadas.
Una circulaba cerca del pecho.
La otra más profunda.
Cerca del abdomen.
—Bien.
—¿Cuál es cuál?
—No importa todavía.
—A mí sí.
Zhou negó.
—El hombre que nombra demasiado pronto algo desconocido empieza a obedecer su propia definición.
Adrián memorizó.
Continuaron.
A medianoche, la primera resonancia reaccionó.
El calor.
Adrián vio por un instante un espacio oscuro.
Una puerta de metal.
Enorme.
No físicamente.
Dentro.
Se acercó.
Zhou gritó:
—¡No la toques!
Adrián abrió los ojos.
Sudor.
—La vi.
Zhou palideció.
—Describe.
—Hierro negro.
El anciano miró a Meilin.
—Puerta del Hierro.
Jian Mo exhaló.
—Entonces una es conocida.
—¿Qué hace?
Zhou respondió:
—Cuerpo. resistencia. fuerza. adaptación.
—¿Común?
—Relativamente.
Adrián sonrió.
—Entonces la peligrosa es la otra.
Nadie respondió.
Eso confirmó.
Al día siguiente, el Santuario Shen estaba preparado.
No era mansión.
Era un complejo antiguo dentro de Lóngchéng.
Muros grises.
Tejados negros.
Árboles centenarios.
Adrián llegó solo.
Meilin y Jian no podían entrar.
En la puerta había guardias.
Uno miró la invitación.
—Adrián Valerius.
—Sí.
—Entrega objetos.
Adrián dejó teléfono, reloj, dinero.
Conservó el jade de Han.
El guardia no lo vio.
Curioso.
Dentro había representantes de varias Casas.
Adrián reconoció a Wei Kuan.
Sonrió desde lejos.
Luo no estaba.
Shen Zhaoling apareció.
Primera vez frente a frente.
No se parecían mucho.
Zhaoling era más alto.
Rostro más anguloso.
Pero los ojos.
Sangre Shen.
Zhaoling se acercó.
—Adrián.
—Shen Yuchen.
La provocación era deliberada.
Zhaoling sonrió.
—Ese soy yo.
—Eso vamos a descubrir.
Murmullo.
Un anciano golpeó el suelo con un bastón.
Shen Guangdao.
—Basta.
Ambos se separaron.
—La Verificación de Sangre tendrá tres etapas.
Adrián escuchó.
—Primero, sangre.
—Segundo, resonancia ancestral.
—Tercero, reconocimiento del Pozo.
Wei Kuan observaba divertido.
La primera prueba.
Sangre.
Aguja.
Dos recipientes.
Muestra de Adrián.
Muestra de Zhaoling.
Un dispositivo moderno analizó.
Resultado.
AMBOS COMPATIBLES CON LÍNEA SHEN.
Murmullo.
Zhaoling miró a Adrián.
Adrián no reaccionó.
Ambos eran Shen.
Segunda prueba.
Un espejo de jade.
Zhaoling puso la mano.
Luz azul.
El anciano anunció:
—Resonancia de línea Tianyu.
Confirmado.
Hijo de Shen Tianyu.
Adrián se acercó.
Puso la mano.
Nada.
Silencio.
Zhaoling sonrió.
—Farsante.
Adrián esperó.
Nada.
Shen Guangdao frunció el ceño.
—Otra vez.
Adrián tocó.
Nada.
Los ancianos comenzaron a murmurar.
Wei Kuan dejó de sonreír.
Adrián sintió las dos resonancias.
Podía empujar.
No lo hizo.
Recordó a Zhou.
Separar.
Respiró.
El calor.
Puerta del Hierro.
Lo dejó acercarse.
El espejo explotó.
Silencio absoluto.
Fragmentos cayeron.
Shen Guangdao se levantó.
—Eso...
Un anciano susurró:
—Resonancia Jianhong.
Adrián sintió el peso del nombre.
Hijo de su padre.
Entonces el suelo tembló.
El jade oculto de Han comenzó a brillar.
La segunda resonancia despertó.
Fría.
Adrián intentó contenerla.
Error.
El Santuario entero se quedó sin sonido.
No silencio normal.
Nada.
Personas movían labios.
Sin sonido.
La Puerta desconocida.
Meilin tenía razón.
Todos miraron a Adrián.
Terror.
Un anciano cayó de rodillas.
Sus labios formaron dos palabras.
Adrián no escuchó.
Pero las leyó.
Puerta Perdida.