Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 13
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Izan respiró hondo antes de responder.
—La conocí cerca del arroyo. No sabía quién era. Después volvimos a encontrarnos en la cantina y discutimos. Me dejé llevar por el orgullo y la besé sin preguntarle si quería.
—¿Y te parece una explicación suficiente? —preguntó Leticia, decepcionada—. ¿Crees que porque una mujer te atraiga tienes derecho a tocarla o besarla cuando te plazca?
—No, mamá. No lo creo.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Izan bajó la mirada brevemente.
—Porque actué como un imbécil. No tengo una excusa para justificarlo.
Adriel dejó de sonreír. Aunque había bromeado bastante con su primo por los golpes recibidos, sabía que aquella parte del asunto no tenía nada de graciosa. Lara había dejado claro que no quería que Izan la tocara, y él había ignorado sus límites.
Leticia suavizó ligeramente el tono, aunque su preocupación seguía siendo evidente.
—Me alegra que reconozcas tu error, pero quiero que entiendas que una mujer no es un premio que puedas reclamar porque te guste. Si te interesa alguien, te acercas con respeto, conversas con ella y aceptas su respuesta, incluso cuando no sea la que deseas escuchar.
—Lo entiendo.
—No basta con decirlo, Izan. Debes demostrarlo con tus acciones. No quiero volver a enterarme de que has tratado así a una mujer.
—No volverá a suceder —aseguró él—. Sé que me equivoqué.
Sael se reclinó en su asiento, todavía molesto.
—Espero que sea así. No quiero escándalos que perjudiquen el nombre de esta familia. Tenemos suficientes asuntos que resolver en la hacienda como para añadir problemas innecesarios.
—No permitiré que esto interfiera con mis responsabilidades —respondió Izan—. La hacienda sigue siendo mi prioridad.
—Pues compórtate como el hombre que se supone que eres —replicó Sael—. Ya no eres un muchacho que puede actuar sin pensar en las consecuencias.
Izan aceptó el reproche sin discutir. Sabía que su padre tenía motivos para estar molesto, y no pretendía defender una conducta que ni siquiera él mismo consideraba correcta.
Leticia, sin embargo, aún tenía una pregunta pendiente.
—¿Quién es esa joven?
Izan levantó la cabeza. La sola mención de Lara hizo que su expresión cambiara ligeramente.
—Se llama Lara.
—¿Lara qué? —preguntó Sael.
—No conozco su apellido.
Adriel soltó una pequeña risa.
—Y pensar que mi primo, que suele investigar hasta el último detalle de cualquier asunto relacionado con la hacienda, todavía no ha conseguido averiguar el apellido de la mujer que le dio la paliza de su vida.
—Adriel —lo reprendió Leticia, aunque no pudo evitar una mirada de desaprobación hacia su sobrino—. Esto no es motivo para burlarse.
—Lo sé, tía. Pero reconozco que la situación tiene su gracia.
Izan le lanzó una mirada amenazadora.
—Disfruta de tus bromas mientras puedas.
—¿Eso es una amenaza? Porque, considerando lo que esa mujer te hizo, creo que debería preocuparme más por ella que por ti.
—Por favor, compórtense —pidió ella—. Todavía estamos en la mesa.
Durante unos instantes, el comedor recuperó cierta calma. Los criados continuaron sirviendo la comida y Sael aprovechó para beber un poco de agua antes de volver a mirar a su hijo.
—¿Y qué piensas hacer ahora con esa muchacha?
Izan no respondió inmediatamente. Recordó el rostro de Lara, su mirada furiosa y la manera en que lo había apartado después del beso. También recordó que, antes de que pudiera decir algo más, ella se había marchado con su hermana, dejándolo en medio de la cantina con el orgullo herido y un dolor considerable.
—Voy a encontrarla —dijo finalmente.
Leticia lo observó con atención.
—Para pedirle disculpas. No espero que me perdone, pero merece escuchar una disculpa de mi parte.
La respuesta pareció tranquilizar un poco a su madre.
—Eso es lo primero que debes hacer. Y después tendrás que respetar lo que ella decida.
Izan asintió.
—Lo haré.
—¿Y nada más? —preguntó Adriel, con una sonrisa sospechosa.
Izan lo miró de reojo.
—¿Qué quieres decir?
—Vamos, primo. No me digas que has pasado todo este tiempo hablando de encontrarla únicamente para disculparte.
Leticia volvió la atención hacia su hijo, esperando una respuesta sincera.
Izan guardó silencio unos segundos. No tenía sentido ocultar sus intenciones, aunque tampoco podía fingir que Lara sentía algo por él.
Pero, pese a todo, no conseguía apartarla de sus pensamientos.
—Me atrae —admitió—. Desde que la vi junto al arroyo, no he podido olvidarla. Y después de lo ocurrido en la cantina, mucho menos.
—¡Eso ya lo sabemos! —exclamó Adriel, divertido—. Lo que queremos saber es hasta dónde llega esa atracción.
Izan ignoró el comentario y continuó:
—Quiero conocerla de verdad. Quiero tener la oportunidad de acercarme a ella como debí hacerlo desde el principio. Si algún día llega a confiar en mí y siente lo mismo, me gustaría que fuera mi esposa.
Sael dejó los cubiertos sobre la mesa.
—¿Tu esposa? ¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—¡Pero si apenas la conoces! Ni siquiera sabes su apellido.
—Lo sé, papá. No estoy diciendo que vaya a casarme con ella mañana. Estoy diciendo que, si las cosas llegan a ese punto y ella también lo desea, no me conformaría con tenerla a mi lado por un tiempo. Querría construir una vida con ella.
Leticia estudió el rostro de su hijo. Conocía aquella expresión: cuando Izan se proponía algo, resultaba difícil hacerlo cambiar de opinión. Sin embargo, esta vez necesitaba que comprendiera que no bastaba con desear a una mujer para tener derecho a entrar en su vida.
—Escúchame —dijo con firmeza—. Puedes enamorarte de ella, puedes cortejarla y puedes soñar con un futuro a su lado. Pero no puedes decidir por los dos. Ella tiene derecho a rechazarte, aunque tú estés convencido de que es la mujer de tu vida.
—Lo entiendo, mamá.
—Y si te dice que no quiere volver a verte, tendrás que aceptarlo.
Izan tardó un momento en responder.
—Si eso es lo que quiere, respetaré su decisión.
Leticia asintió, satisfecha con la respuesta, aunque sabía que todavía quedaba por ver si su hijo sería capaz de cumplirla cuando tuviera a Lara delante.
—Entonces empieza por disculparte. Sin exigencias, sin arrogancia y sin esperar nada a cambio.
—Así lo haré.
Adriel se inclinó ligeramente hacia su primo.
—Te deseo suerte. La vas a necesitar.
—¿Por qué?
—Porque Lara no parece una mujer que se deje impresionar por un apellido, una buena posición o una promesa de matrimonio.
Izan arqueó una ceja.
—¿Selina te ha contado todo eso?
Adriel se aclaró la garganta, fingiendo indiferencia.
—Hemos conversado un poco.
—¿Un poco? —repitió Izan, divertido—. ¿Desde cuándo intercambiar mensajes con una mujer te convierte en un experto en su familia?
—Desde que esa mujer tiene una hermana que, casualmente, resulta ser la persona que te interesa.
—Entonces espero que tu nueva amistad sirva para algo.
—No pienso utilizar a Selina para conseguir información sobre su hermana —respondió Adriel, esta vez con seriedad—. No voy a traicionar la confianza de Selina para facilitarte las cosas.
Izan lo miró durante un instante y luego asintió.
—Tienes razón. No te lo pediría.
Leticia contempló a ambos con una expresión más tranquila.
—Me alegra escuchar eso. Si de verdad quieres acercarte a esa joven, tendrás que comenzar por aprender a respetarla incluso cuando no esté delante de ti.
—Lo haré —repitió Izan.
Sael, todavía poco convencido, retomó sus cubiertos.
—Espero que no olvides lo que has venido a hacer aquí. La hacienda necesita tu atención, y la disputa por el arroyo no se resolverá por sí sola.
—No voy a descuidar la hacienda —aseguró—. Pero tampoco voy a fingir que no me importa lo ocurrido. Le debo una disculpa y se la daré.
Leticia sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir.
—Entonces procura que tus actos estén a la altura de tus palabras.
El almuerzo continuó, aunque la conversación dejó una huella en todos los presentes. Sael seguía preocupado por las responsabilidades de su hijo; Leticia esperaba que Izan aprendiera de su error, y Adriel ya se preparaba mentalmente para las dificultades que, sin duda, se avecinaban.
Izan, por su parte, apenas podía pensar en otra cosa que no fuera Lara.