Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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No quiere contarlo
Riiing... Riiing...
—Muy bien, chicos, con esto terminamos por hoy. No olviden hacer la tarea que dejé escrita en el pizarrón. Pueden irse —dijo el profesor.
Los alumnos respiraron aliviados y, uno a uno, fueron saliendo del salón.
Renata ya había terminado de guardar sus útiles.
—Rena, ¿te vas ya? —le preguntó Clara, que estaba a su lado.
—Mm, ¿por qué?
Clara se colgó la mochila al hombro.
—Las chicas y yo vamos a ir al centro comercial. ¿Te vienes? —la invitó.
A Renata le habría encantado, pero no podía andar por ahí a sus anchas. Los Salvatierra tenían contactos por todas partes, y su presencia podía descubrirse en un abrir y cerrar de ojos. No. Hasta el cumpleaños de la abuela, nadie debía saber dónde estaba.
Además, aún tenía que lograr que Camilo y Andrés sospecharan de Selena. Así, cuando ella se moviera, ya habría alguien que la respaldara por detrás.
—Rena, ¿entonces qué? ¿Vienes o no? —insistió Clara al verla tan callada.
—Perdona, Clara. Creo que por ahora no puedo —contestó, con un dejo de culpa.
—No pasa nada. Otro día te invitamos —dijo Clara, y la tomó del brazo.
Salieron juntas del salón, charlando del colegio. Renata preguntaba mucho; también ella era nueva allí.
Cerca del estacionamiento vio a sus dos hermanos esperándola. Clara, por su parte, distinguió a Caro e Isabel junto a un coche.
—Me adelanto, Rena. Nos vemos mañana... —dijo, agitando la mano.
Renata le devolvió el saludo y caminó hacia sus hermanos. Sabía que la estaban esperando.
Camilo le pasó un brazo por los hombros.
—Vamos a casa —dijo.
Renata negó con la cabeza.
—En realidad solo estoy aquí un tiempito. ¿Podrías no decirle a los demás dónde estoy...? —pidió en voz baja.
Camilo apretó los puños. Era verdad: Renata no quería que nadie supiera dónde estaba. Pero entonces, ¿por qué se había inscrito justo en ese colegio?
Andrés, que seguía sin saber nada, frunció el ceño.
—¿Por qué? Toda la familia te extraña muchísimo, Rena... Hasta Selena dice todos los días que tú...
—¡Andrés! —lo cortó Camilo.
A Andrés el grito lo dejó aún más perdido.
Camilo le hizo una seña para que se callara un momento y se volvió hacia Renata.
—Si no quieres volver a casa, ¿dónde vas a vivir? —preguntó con ternura.
Quería averiguar primero qué estaba pasando. No iba a permitir que nadie le hiciera daño.
—En un departamento, Cami. Mamá y papá ya lo dejaron todo listo —respondió, contenta.
Camilo se quedó pensativo.
—No me digas que es el departamento de la zona de Los Robles, en el segundo piso —dijo. Quería confirmar si la chica que había visto la noche anterior era de verdad Renata.
—Mm —asintió ella.
Camilo le acarició el pelo.
—¿No sabías que tu hermano vive en el edificio de enfrente? —dijo, entrecerrando los ojos.
Estaba seguro de que aquella noche ella lo había mirado.
Y, en efecto, Renata asintió con una risita.
—Sí, lo sabía...
—Entonces, ¿por qué no contestaste mis mensajes? —preguntó él con voz plana.
Renata guardó silencio, sin ganas de decir nada, y eso hizo que Camilo sospechara todavía más.
Ting...
Sacó el celular y contestó la llamada.
—Ah, ya voy para allá. Espérame un momento —dijo, y volvió a guardarlo.
—Cami, ya llegó mi chofer, me voy yo primero. Acuérdate: no les digan nada a los demás por ahora... —repitió, muy seria.
Camilo y Andrés no respondieron.
—A fin de año se lo explico todo —añadió con una sonrisa sincera.
Camilo suspiró.
—Está bien. Pero ten en cuenta que de vez en cuando vamos a ir a verte. No puedes prohibírnoslo a ninguno de los dos.
Renata soltó una risita.
—Está bien... —dijo, y se fue.
En cuanto se quedaron solos, Andrés le exigió explicaciones a Camilo.
—Cami, me tienes que contar todo. Te juro que no sé nada, me siento como un idiota —dijo, desesperado.
Camilo lo empujó dentro del coche; no podía contarle aquello en medio del colegio.
Ya en el auto, sacó el celular y abrió los mensajes de Selena y Renata que había alcanzado a copiar.
—Lee —dijo con voz plana, aunque se le notaba la rabia.
Andrés notó que el ambiente se había puesto pesado, tomó el celular y leyó.
Con el primer mensaje ya se quedó helado. Siguió leyendo hasta el final.
—No puede ser. No me digas que Selena ha estado alejando a Renata de nosotros a propósito —dijo, sin poder creerlo.
Camilo asintió.
—Yo también lo pienso. Tenemos que averiguarlo todo.
Andrés se quedó callado un momento.
—¿Y Mauri? Necesitamos su ayuda para averiguar esto.
Mauricio, su hermano mayor, era un genio del hackeo. Con él podrían recuperar sin problema todos los mensajes que Renata había borrado por orden de Selena.
Camilo se masajeó las sienes. Si Mauricio se enteraba de que Renata estaba allí, iría a buscarla de inmediato.
Mauricio era más posesivo que todos los demás. Por su culpa, a él y a Andrés les costaba un mundo ver a Renata.
—¿Qué dices? —insistió Andrés. Sin su hermano mayor, les iba a ser muy difícil descubrir la verdad.
Camilo negó con la cabeza.
—Renata dijo que no quiere que se entere nadie más. Si Mauri lo sabe, ¿estás seguro de que los demás no se enterarán de dónde está?
Andrés también sentía que la cabeza le daba vueltas.
—Tienes razón. Y encima Selena tampoco puede enterarse de que Renata está aquí.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó, sin saber por dónde empezar.
—Primero vamos a casa. Después buscamos ayuda con los otros —dijo Camilo.
Arrancó y sacó el coche del colegio. Aunque sentía que Renata le ocultaba muchas cosas, estaba convencido de que todo era culpa de Selena.
* * *
Mientras tanto...
Renata sonreía, satisfecha, siguiendo cada movimiento de Camilo. En la pantalla tenía la grabación de la cámara de la cafetería, del momento en que él había abierto su celular.
Estaba segura de que Camilo y Andrés ya empezaban a sospechar de Selena.
—Solo necesito echarle un poco de sazón para que sospechen todavía más —murmuró, clavando la mirada en la foto de Selena.
Se aseguraría de no olvidar jamás esa cara. Esa carita de falsa inocencia que, sin querer, había hecho sufrir a la Renata original.
A Selena le bastaban unas cuantas palabras para poner a toda la familia de su lado. Aunque, claro, también era culpa de la Renata original, que se había alejado de todos.
Pero eso se había acabado. Se encargaría de que Selena se arrepintiera de haberla hecho sufrir.
—Falta poco, no veo la hora de encontrarme contigo, Selena —dijo, con una sonrisa torcida.
En la fiesta de cumpleaños se aseguraría de que Selena se llevara el susto de su vida al verla.