Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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UNA CITA CON EL DIOS DE LA MUERTE
Alison Benet llevaba despierta casi una hora cuando alguien llamó a su puerta.
Todavía estaba terminando de arreglarse el cabello y apenas había conseguido encontrar un par de zapatos que combinaran con su ropa. La visita inesperada la obligó a abandonar el espejo.
—¡Ya voy!
Cruzó el pasillo y abrió la puerta sin molestarse en preguntar quién era.
Y allí estaba él.
Hades vestía una camisa negra, pantalones oscuros y un abrigo que le daba un aspecto todavía más serio de lo habitual. Su cabello estaba perfectamente arreglado y llevaba las manos en los bolsillos, como si presentarse en casa de alguien sin avisar fuera una costumbre perfectamente normal.
Alison parpadeó.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. Ahora responde.
Hades levantó ligeramente una ceja.
—Ayer prometí contarte algo sobre mi pasado.
—¿Y por eso has venido tan temprano?
—¿Preferías que esperara hasta la noche?
Alison abrió la boca, pero terminó cerrándola.
—No. Pasa, voy a buscar mis cosas.
Se apartó de la puerta y desapareció por el pasillo.
Hades entró en la vivienda, observando discretamente el lugar. Era una casa sencilla, cálida y llena de pequeños detalles que hablaban de quienes vivían allí. Había fotografías familiares sobre una repisa, libros apilados junto a una ventana y una planta que parecía necesitar desesperadamente un poco de agua.
Nada se parecía a su palacio.
Y, sin embargo, había algo en aquella casa que le resultaba extrañamente agradable.
—¡No toques nada! —gritó Alison desde otra habitación.
Hades retiró la mano de una pequeña figura decorativa que había estado examinando.
—No estaba tocando nada.
—¡Te escuché!
El dios miró la figura.
—Esta mujer es insoportable —murmuró.
—¡Te escuché otra vez!
Por primera vez en mucho tiempo, Hades tuvo que contener una sonrisa.
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Diez minutos después, Alison apareció con un pequeño bolso colgado del hombro.
—Listo. Podemos irnos.
Hades abrió la puerta para dejarla pasar.
Ella lo miró de arriba abajo.
—¿Siempre te vistes de negro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me gusta.
—¿No tienes ropa de otro color?
—Alison.
—Está bien, está bien. No tienes que amenazarme con esa voz.
Salieron a la calle.
El día estaba despejado y las calles comenzaban a llenarse de personas que se dirigían a sus trabajos. Alison caminaba con tranquilidad, señalándole algunos lugares que le gustaban y otros que, según ella, deberían desaparecer de la ciudad.
Hades escuchaba sin interrumpirla.
Hasta que llegaron a una pequeña cafetería.
—Vamos a entrar —anunció Alison.
—¿Por qué?
Ella se volvió lentamente.
—Porque tengo hambre.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Y tú podrías aprender que las personas no funcionan como máquinas. A veces tenemos hambre, sueño, frío o ganas de molestar a los demás.
—En tu caso, las últimas parecen permanentes.
Alison sonrió.
—Vas aprendiendo.
Entraron.
El establecimiento era pequeño, con mesas de madera, ventanas amplias y un aroma a café que inundaba el lugar. Alison eligió una mesa junto a la ventana y se sentó sin esperar a que Hades lo hiciera.
Él tomó asiento frente a ella.
Una camarera se acercó para atenderlos.
—Buenos días. ¿Qué van a pedir?
Alison pidió un café con leche y algo de comer. Hades observó el menú durante unos segundos.
—Agua.
La camarera asintió y se marchó.
Alison lo miró con incredulidad.
—¿Agua?
—Sí.
—¿Me estás diciendo que viniste a una cafetería para beber agua?
—No sabía que había que consumir una cantidad determinada para sentarse.
—No hay que hacerlo. Pero podrías probar algo.
—No tengo hambre.
Alison suspiró dramáticamente.
—Voy a necesitar mucha paciencia contigo.
—Eso parece.
Cuando llegó el pedido, ella le ofreció una parte de lo que había comprado.
Hades estuvo a punto de rechazarlo, pero recordó el pan dulce que habían compartido días atrás.
Lo aceptó.
Alison no hizo ningún comentario, aunque su sonrisa dejó claro que había registrado aquella pequeña victoria.
Mientras comían, la conversación se volvió más tranquila.
Hades descubrió que Alison tenía planes que no compartía con cualquiera. Quería viajar, conocer lugares que solo había visto en libros y vivir una vida que no estuviera completamente decidida por otras personas.
—¿Y qué te lo impide? —preguntó.
Ella dejó de jugar con la cucharilla.
—No todo es tan fácil como parece.
—Eso no responde a mi pregunta.
Alison levantó los ojos.
—Mi familia tiene ciertas expectativas. Creen que saben qué es lo mejor para mí y, aunque sé que quieren protegerme, a veces siento que no me dejan respirar.
Hades permaneció en silencio.
Conocía bien el peso de las obligaciones. Él también había pasado una eternidad haciendo lo que otros esperaban de él, aunque rara vez se lo reconocieran.
—¿Y vas a permitir que decidan toda tu vida? —preguntó.
—No.
La respuesta salió inmediatamente.
Alison levantó la barbilla.
—No sé cómo voy a hacerlo todavía, pero no pienso pasarme la vida siguiendo un camino que no he elegido.
Hades la observó con una atención nueva.
Había determinación en aquella muchacha. No era la valentía de quien desconocía el peligro, sino la de alguien que comprendía que podía perder cosas importantes y aun así deseaba elegir por sí misma.
—Entonces tendrás que ser paciente —dijo él—. Y aprender a distinguir entre las personas que quieren protegerte y las que solo quieren controlarte.
Alison se quedó mirándolo.
—Eso ha sido sorprendentemente sensato.
—Puedo serlo.
—No te emociones. Ha sido una sola vez.
Hades negó con la cabeza.
Pero la frase de Alison se quedó con él mucho después de abandonar la cafetería.
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Caminaron hasta un parque situado a las afueras de la ciudad.
Alison había insistido en que era uno de sus lugares favoritos, y Hades aceptó acompañarla sin preguntar demasiado. Había algo tranquilizador en verla caminar entre los árboles, deteniéndose para observar las flores o saludar a las personas que reconocía.
Cuando llegaron a un pequeño puente de piedra, ella se apoyó en la barandilla.
—Bueno —dijo—. Me prometiste contarme algo sobre tu pasado.
Hades se colocó a su lado.
Había esperado aquel momento.
Y ahora que había llegado, descubrió que no sabía por dónde empezar.
—Mi familia es complicada.
Alison soltó una pequeña risa.
—Eso no es una historia. Eso es una advertencia.
—Tengo dos hermanos con los que no siempre me llevo bien.
—¿No siempre?
—Casi nunca.
—Vaya. Eso sí que lo entiendo.
Hades la miró.
—¿Tu familia también es complicada?
—¿Has visto alguna familia que no lo sea?
Él consideró la pregunta.
—Sí.
Alison esperó.
Hades no añadió nada.
—Eres imposible —declaró ella.
—Me lo han dicho.
—Seguro que muchas veces.
—Más de las que imaginas.
Alison sonrió, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—¿Y qué pasó con tu familia?
Hades contempló el agua que corría bajo el puente.
—Aprendí muy pronto que las personas pueden quererte y, aun así, decepcionarte. A veces, incluso quienes deberían estar de tu lado terminan convirtiéndose en quienes más te hieren.
Alison dejó de sonreír.
No conocía los detalles de su pasado, pero aquella respuesta no parecía una frase que hubiera aprendido de un libro. Había dolor en su voz, uno antiguo y profundo.
—Lo siento —murmuró.
Hades volvió la cabeza hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque parece que te hicieron daño.
Él la observó durante unos segundos.
No estaba acostumbrado a que alguien sintiera compasión por él sin conocer su historia. Mucho menos a que lo hiciera sin intentar conseguir nada a cambio.
—Hace mucho tiempo —respondió.
Alison apoyó los brazos sobre la barandilla.
—A veces, lo que más duele no es lo que nos hicieron, sino descubrir que vino de alguien en quien confiábamos.
Hades sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Si ella supiera.
Si supiera que las personas en las que había confiado durante siglos terminarían arrebatándole aquello que todavía no había encontrado.
Si supiera que, por mucho que intentara protegerla, el mundo de los dioses podía convertir su existencia en una tragedia.
Pero Alison no sabía nada de aquello.
Y él no estaba preparado para destruir la tranquilidad que había encontrado en sus ojos.
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El viento agitó las ramas de los árboles.
Alison se apartó de la barandilla y se colocó frente a él.
—Ahora me toca preguntarte algo.
Hades cruzó los brazos.
—Adelante.
—¿Por qué estás aquí?
Él frunció ligeramente el ceño.
—Ya te lo he dicho. Necesitaba descansar.
—No me refiero a eso.
Alison lo observó con atención.
—No pareces alguien que tenga muchos amigos. Tampoco hablas de una casa a la que quieras regresar ni de personas que te estén esperando. Llegaste aquí sin que nadie te acompañara y pareces conocer muy poco de la vida cotidiana. ¿Qué estás buscando realmente?
Hades sintió que la conversación había llegado a un lugar peligroso.
Alison no estaba haciendo preguntas por simple curiosidad. Estaba intentando comprenderlo.
Y cuanto más lo intentaba, más difícil le resultaba mantenerla a distancia.
—No lo sé —admitió.
La sinceridad de la respuesta pareció sorprenderlos a ambos.
Hades bajó la mirada hacia sus manos.
Durante siglos había sabido exactamente qué debía hacer. Había tomado decisiones que afectaban a incontables almas y había mantenido el orden en un reino que nunca dejaba de reclamar su atención.
Pero allí, junto a una mujer que apenas conocía, no tenía una respuesta.
No sabía qué buscaba.
Solo sabía que, desde que había llegado al mundo mortal, sus días parecían menos vacíos cuando Alison estaba cerca.
Ella no se burló.
No intentó llenar el silencio.
Simplemente dio un paso hacia él.
—Quizá no tienes que saberlo todo ahora mismo —dijo suavemente.
Hades levantó la mirada.
Alison sonrió.
—A veces basta con descubrirlo poco a poco.
Por un instante, él quiso tomarla de la mano.
No lo hizo.
Todavía no.
Pero la distancia entre ambos pareció reducirse de todas formas.
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Cuando regresaron a la ciudad, el sol comenzaba a ocultarse.
Alison se detuvo frente a una pequeña tienda y miró el escaparate.
—Espera aquí un momento.
Antes de que Hades pudiera preguntar, entró.
Él permaneció en la acera, contemplando su reflejo en el cristal de la tienda.
Se veía igual que siempre.
El mismo rostro severo. Los mismos ojos que habían observado siglos de muerte. La misma apariencia que inspiraba temor incluso cuando no pronunciaba una palabra.
Pero algo había cambiado.
No en su cuerpo.
En su manera de mirar el mundo.
Antes, los mortales eran vidas breves que seguían su curso hasta llegar a las puertas de su reino. Ahora, por primera vez, se había detenido a pensar en una de ellas sin reducirla a su destino final.
Alison salió de la tienda con dos pequeños dulces envueltos en papel.
—Toma.
Hades miró el paquete que ella le tendía.
—¿Qué es esto?
—Un regalo.
—¿Por qué?
—Porque hoy me has escuchado hablar durante horas y no has intentado escapar.
Él arqueó una ceja.
—Lo consideraré un logro.
—Deberías.
Alison le puso el dulce en la mano.
Sus dedos rozaron los de él durante un instante.
Fue un contacto breve.
Insignificante para cualquier persona que los hubiera visto.
Pero Hades sintió una extraña calidez extenderse por su mano, seguida de un dolor repentino que le atravesó el pecho.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Por una fracción de segundo, el mundo mortal pareció desvanecerse.
Escuchó un grito.
Sintió un olor a humo.
Y vio, en algún lugar de su memoria, una mano cubierta de sangre que intentaba alcanzar la suya.
Después, todo desapareció.
Hades retrocedió un paso.
Alison lo miró alarmada.
—¿Qué pasa?
Él respiró hondo.
No necesitaba respirar. No de aquella manera.
Pero la sensación había sido tan inesperada que su cuerpo reaccionó antes de que pudiera controlarlo.
—Nada.
—No parece que sea nada.
Alison intentó acercarse, pero Hades levantó una mano.
—Estoy bien.
Ella se detuvo.
No parecía convencida.
—Hades, estás pálido.
Él la miró fijamente.
No comprendía lo que acababa de suceder. No había utilizado sus poderes ni había abierto una puerta entre los mundos. Solo había tocado la mano de Alison.
Y, aun así, algo había atravesado la distancia entre su existencia divina y la fragilidad mortal de ella.
Algo que no debía estar allí.
—Necesito irme —dijo.
La expresión de Alison cambió.
—¿Ahora?
Hades apretó los dedos alrededor del pequeño paquete.
—Lo siento.
Ella lo contempló durante unos segundos, herida por una decepción que intentó disimular.
—Está bien.
No le pidió que se quedara.
No le exigió una explicación.
Solo retrocedió un paso y se acomodó el bolso sobre el hombro.
Aquello fue peor que cualquier reproche.
Hades quiso explicarle que no estaba huyendo de ella, sino de algo que no comprendía. Quiso decirle que su presencia estaba empezando a despertar fuerzas que ni siquiera él podía controlar.
Pero no tenía respuestas.
Y no podía pedirle que confiara en él mientras seguía ocultándole la verdad.
—Alison…
Ella levantó los ojos.
—¿Sí?
Hades se obligó a apartarse.
—Mañana hablaremos.
Alison asintió lentamente.
—Mañana.
Él se marchó sin volver la cabeza.
Y ella se quedó en la acera, mirando cómo desaparecía entre la multitud.
Por primera vez desde que lo había conocido, Alison deseó que Hades no fuera tan difícil de comprender.
Porque comenzaba a importarle.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
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Muy lejos de allí, Perséfone contemplaba una superficie de agua inmóvil dentro de una cámara del Olimpo.
La imagen que había conseguido observar durante unos instantes se había desvanecido, pero la inquietud permanecía.
Había visto a Hades junto a una mortal.
Había visto cómo la miraba.
Y había reconocido algo en su expresión que no recordaba haber visto antes.
Ternura.
Perséfone apretó los labios.
—Después de todo este tiempo…
Sus dedos rozaron el agua y la imagen de Alison apareció de nuevo, borrosa, como un reflejo que se negaba a permanecer quieto.
La diosa no podía escuchar sus conversaciones ni conocer los pensamientos de aquella mujer. Pero no necesitaba hacerlo para comprender que algo estaba ocurriendo.
Hades estaba cambiando.
Y una parte de Perséfone, aquella que había pasado siglos intentando conseguir una cercanía que nunca parecía suficiente, se negó a aceptar que una mortal pudiera obtenerla sin siquiera proponérselo.
—Quiero saber quién eres —susurró.
El agua se oscureció bajo sus dedos.
—Y quiero saber por qué él te mira como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Perséfone se apartó de la superficie.
Todavía no había decidido qué haría.
Pero la curiosidad estaba comenzando a transformarse en una obsesión.
Y cuando una diosa se obsesionaba con algo que consideraba suyo, ni siquiera el destino podía garantizar que alguien saliera ileso.
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Aquella noche, Hades regresó a su habitación y dejó el dulce sobre la mesa.
No lo había probado.
Se quedó observándolo durante un largo rato, intentando comprender por qué un contacto tan breve había despertado aquella visión.
La mano ensangrentada.
El humo.
El grito.
No eran recuerdos de su reino.
Tampoco parecían pertenecer a ninguna de las vidas que había observado durante su existencia.
Había algo familiar en aquella sensación, pero cuanto más intentaba recordarla, más se le escapaba.
Finalmente, cerró los ojos.
La imagen de Alison apareció en su mente.
Su sonrisa.
Su voz.
La manera en que había aceptado su partida sin exigirle nada.
Hades abrió los ojos de golpe.
No podía permitirse perder el control.
No podía olvidar quién era.
Y, sobre todo, no podía permitir que aquella mortal se convirtiera en una debilidad que los dioses pudieran utilizar contra él.
Sin embargo, cuando se acercó a la ventana y contempló la ciudad, comprendió que ya había empezado a cometer el error que más temía.
Estaba pensando en volver.
No porque necesitara respuestas.
No porque quisiera descansar.
Sino porque deseaba verla.
Y, aunque todavía no lo sabía, pronto descubriría que algunas decisiones no necesitan ser pronunciadas para cambiar el destino de un dios.