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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:86
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

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El mensaje en la Botella

El verano llegó con días largos, calurosos y luminosos que invitaban a estar fuera de casa. Una tarde en que el sol caía con fuerza sobre el patio, el Charly, que había bajado al arroyo cercano a refrescarse los pies, regresó corriendo y agitando un objeto de vidrio que brillaba bajo el sol.

—¡Miren lo que encontré flotando en el agua! —gritó sin aliento—. ¡Una botella cerrada con corcho y con algo adentro! ¡Seguro es un mensaje secreto!

Todos se reunieron de inmediato a su alrededor, rodeados por la sombra del árbol de mango y el refugio que habían construido con tanto esfuerzo. La botella era de vidrio verde, vieja y cubierta de musgo y barro seco. Don Beto la tomó con cuidado, la sacudió suavemente y se escuchó el crujido de un papel arrugado en su interior.

—Parece que lleva mucho tiempo viajando —dijo con voz solemne—. A ver qué dice.

Con mucho cuidado, ayudado por Don Casimiro, lograron sacar el pergamino enrollado. Estaba manchado por el agua y el tiempo, pero la letra se leía todavía con claridad. Decía simplemente: “Si encuentras esto, recuerda que no estás solo. Alguien en el mundo piensa en ti y te desea bien”.

Fue un mensaje sencillo, sin firma, sin fecha, sin indicación de dónde venía. Pero causó una impresión profunda en todos los presentes. Se quedaron en silencio, mirando el papel, luego mirando el agua que corría tranquila hacia el río mayor.

—¿Quién habrá puesto esto? —preguntó la señorita Lidia con suavidad—. ¿Hace cuánto tiempo? ¿De dónde vendrá?

—No importa quién fue —respondió Don Casimiro—. Lo que importa es que llegó hasta nosotros. Y su mensaje es claro: nunca estamos solos en el camino.

La noticia corrió por todo el edificio. Aquella tarde, en lugar de sus charlas habituales, se pusieron a pensar en las personas que no conocían, en los caminos que se cruzan sin saberlo, en los buenos deseos que flotan por el mundo como esa botella en el agua. La señora Pérez, con su ternura de siempre, propuso una idea:

—Si alguien pudo lanzar un mensaje al mundo esperando que alguien lo encontrara, ¿por qué no hacemos lo mismo? Escribiremos nuestros propios deseos y los dejaremos ir para que lleguen a quien los necesite.

A todos les pareció idea maravillosa. Buscaron papel limpio, plumas y botellas que aún servían. Uno por uno, escribieron lo que llevaba en el corazón. Don Beto escribió sobre la alegría de compartir. Doña Eustaquia escribió sobre el valor de la bondad incluso con los desconocidos. El Charly pidió que todos aprendamos de nuestros errores. La señorita Lidia deseó que la música llegue a donde hay tristeza. Don Casimiro escribió sobre la paciencia y el tiempo que todo lo cura. Los niños dibujaron soles y flores, y escribieron: “¡Que seas muy feliz!”.

Cuando terminaron, fueron juntos a la orilla del arroyo, en ese lugar tranquilo donde el agua corre libre y clara. Con mucho respeto, lanzaron sus botellas una a una, viendo cómo el agua se las llevaba despacio, meciéndolas entre las piedras y la corriente suave. Se quedaron mirando hasta que desaparecieron de vista, siguiendo su viaje hacia el ancho mundo.

—Espero que lleguen lejos —dijo uno de los niños—. Espero que alguien las encuentre y sonría.

—Llegarán —aseguró Don Beto—. Las cosas buenas siempre encuentran su camino.

Al volver al edificio, se sintieron distintos. Sabían que, de alguna manera, habían conectado con el resto del mundo. Aquel mensaje anónimo les había enseñado que forman parte de una inmensa cadena de personas que se desean bien, que se acompañan sin conocerse, que envían luz aunque sea en una simple botella de vidrio.

Desde aquel día, siempre que veían pasar el agua del arroyo o llovía con fuerza, pensaban que quizás, en algún lugar lejano, alguien estaba encontrando un mensaje suyo, y sonreía al saber que no estaba solo. Y entendieron que el cariño, igual que el agua, viaja sin fronteras, y que una pequeña palabra de aliento puede cruzar ríos, pueblos y distancias para llegar al corazón que la necesita.

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