Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LA REINA QUE SE CREYÓ INDISPENSABLE
Valeria entró cerrando la puerta de un golpe, con el rostro desencajado por la furia y los ojos llenos de lágrimas de rabia. Se plantó frente a su escritorio, temblando de pies a cabeza, y soltó todo lo que traía guardado, sin filtro, sin cuidado, sin pensar en a quién tenía enfrente.
— ¿Cómo pudiste, Dante? ¿Cómo pudiste hacerme esto? —gritó, con la voz quebrada—. ¡Fuiste a una discoteca! ¡Te llevaste a tu casa a una muchachita cualquiera! ¡Dormiste con ella! ¡Apenas han pasado unos días de nuestra boda y ya te acuestas con la primera que se te cruza! ¿Qué crees que soy para ti? ¿Nada? ¿Nada de todo lo que teníamos? ¡Contéstame!
Dante no se alteró. No levantó la voz. No se puso de pie. Simplemente la miró desde su sillón, con ese tono cortante, frío y filoso que cortó sus palabras en seco.
— ¿Cómo pude? —repitió él, con una calma que heló la sangre de ella—. Qué tú, Valeria. Tú fuiste la que no apareció en el altar. Tú fuiste la que eligió a tu primo antes que a mí. Tú rompiste todo primero. ¿Y ahora vienes a reclamarme con quién comparto mi cama?
— ¡Eso no tiene nada que ver! —gritó ella, dando un paso hacia el escritorio—. ¡Eso fue una emergencia! ¡Tú debías esperarme! ¡Debías entenderme! ¡En cambio tú… tú te fuiste a buscar a cualquiera! ¡A una niña sin nada! ¡Qué humillación para mí!
Dante la observó un momento, y una sonrisa burlona, cruel y tranquila se dibujó en sus labios. Se recostó en el respaldo, entrelazó los dedos frente a su pecho, y la corrigió despacio, disfrutando cada palabra:
— Te faltó decir algo, Valeria. Esa "muchachita cualquiera" sigue viviendo en mi casa. Y se ha convertido oficialmente en mi novia.
— ¿Qué…? —susurró ella, como si le hubieran dado un golpe en el estómago—. ¿Tu… novia?
— Sí. Mi novia. —La miró directo a los ojos, sin pizca de remordimiento—. ¿Y tú crees que eres tan indispensable? ¿Crees que el mundo se detiene porque tú decides no presentarte? ¿Crees que yo me quedaría esperándote, llorando tu ausencia, mientras tú consuelas a tu primo? Qué ilusa eres, Valeria. Nunca fuiste irremplazable. Solo creíste que lo eras.
— ¿Y ahora qué? —gritó ella, apretando los puños, con los ojos ardiendo de rabia y humillación—. ¿Me cambias por ella? ¿Por una cualquiera que recogiste de la calle? ¿Por eso me reemplazas a mí, que soy de tu mismo mundo, de tu mismo nivel? ¡No puedes compararme con ella! ¡No tienes derecho!
Dante se levantó lentamente, rodeó el escritorio y se quedó a un paso de ella, imponente, oscuro, implacable. La miró con un desprecio tan frío y tan cortante que la hizo retroceder instintivamente.
— ¿Una cualquiera? —repitió él, bajando la voz hasta convertirse en un susurro que heló la sangre de ella—. Tiene veintiún años. Es joven. Tiene metas. Quiere ser maestra. Trabaja para lo que quiere. ¿Sabes, Valeria? Su piel es más suave que la tuya. Sus gemidos son tan dulces e inocentes… nada que ver con tu actuación fingida. Y sus ojos… sus ojos no tienen ninguna maquinación detrás de ellos. No hay cálculos. No hay intereses ocultos. No hay mentiras. Algo que tú nunca supiste darme.
Ella se quedó sin aire, sintiendo cómo cada palabra era un golpe directo al pecho. Pero él no terminó. Se inclinó un poco más, mirándola de arriba abajo con asco y burla.
— Viéndote bien, Valeria… estás envejeciendo. Ya no eres la niña bonita que conocí. Las arrugas empiezan a asomar alrededor de tus ojos cuando finges llorar. Deberías buscarte a otro imbécil para casarte pronto. Tu juventud no durará para siempre, y ya que no tienes nada mejor que tu aspecto… pues yo que tú me buscaría a otro tonto que te mantenga. Porque aquí… aquí ya no tienes nada.
— ¡No… no digas eso! —sollozó ella, intentando tocarlo, pero él se apartó como si le quemara.
— ¿Por qué no te casas con el idiota de mi primo? —soltó Dante con una risa cruel, burlona—. Mateo está disponible, ¿no? Él siempre te miró con ojos de perro hambriento. Aunque dudo que a tu familia le interese ahora… porque ya no tienen ni dónde caerse muertos. Sin mi dinero, sin mis negocios, sin mi protección… ¿quién te va a querer ahora, Valeria? ¿Eh?
Se echó a reír a carcajadas, abiertamente, disfrutando de su destrucción, mientras ella se desmoronaba frente a él.
— ¡Es que ya no me amas! —le gritó ella, desesperada, lanzándole la frase como un arma—. ¡Eso es lo que pasa! ¡Dejaste de amarme y por eso me tratas así!
Dante se enderezó de golpe, y su voz bajó, se volvió grave, cortante, definitiva.
— ¿Cuándo te amé yo, Valeria? —La pregunta cayó como un peso muerto en la habitación—. ¿Quién te metió en la cabeza esa idea? El amor… eso son estupideces que se creen las mujeres ociosas sin pasatiempos útiles. Yo no soy un niño. Yo soy un hombre que construyó un imperio. El amor no se sienta en mi trono. Se negocia. Se elige. Se exige lealtad. Y tú… tú no elegiste ser leal. Elegiste ser débil. Y la debilidad… no tiene lugar a mi lado.
Ella se quedó muda, con la boca entreabierta, sintiendo como si le hubieran arrancado el corazón de un golpe.
— No… no es cierto… —susurró—. Me dijiste… me dijiste que seríamos reyes y reinas…
— Reyes y reinas gobiernan juntos —la cortó él, implacable—. No se abandonan el día de la boda. No se dejan solos ante todo el mundo. Tú te fuiste. Y cuando volviste… ya no había lugar para ti.
Se giró hacia la puerta y llamó a su asistente. Javier apareció al instante. Dante no miró a Valeria cuando habló. Su voz fue clara, firme, sin lugar a dudas:
— Ordena que se coloque un letrero en la entrada de todas las empresas, oficinas, edificios y propiedades del Grupo Valero. En letras grandes, negras, bien visibles. Dice así:
🚫 PROHIBIDO EL INGRESO A TODA PERSONA DE APELLIDO ZORICH — SIN EXCEPCIÓN
— ¿Entendido? —preguntó Dante, mirando a Javier.
— Sí, señor. Se hará efectivo en dos horas.
Valeria palideció. Dio un paso hacia él, horrorizada.
— ¡No puedes hacer eso! ¡Mi familia… nuestros negocios… nos arruinarás! ¡Dante, por favor, no hagas esto! ¡Retíralo! ¡Te lo ruego!
Él la miró por última vez, a los ojos, sin un rastro de piedad.
— Tú rompiste el trato primero. Y en mi mundo… quien rompe el trato… paga el precio. —Señaló la puerta—. Sal. Antes de que ordene que te saquen. Y no vuelvas a poner un pie en ninguna de mis propiedades, ni en ninguna de mis empresas. Porque si lo haces… el letrero no será lo único que te prohíba.
Ella se quedó un segundo más, esperando, rogando con la mirada que él cambiara de opinión. Pero Dante ya había vuelto a su escritorio, ya estaba firmando papeles, como si ella ya no existiera. Como si nunca hubiera existido.
Valeria salió de la oficina temblando, con el orgullo destrozado, entendiendo por fin la verdad más dolorosa de todas: nunca la amó. Nunca la necesitó. Ella creyó ser la reina… y no fue más que una pieza que él descartó cuando dejó de servirle.
Dante se quedó solo. Miró la puerta cerrada, soltó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en su sillón. No sintió culpa. No sintió remordimiento. Solo sintió que por fin… había dicho la verdad.