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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SOMBRAS EN EL DESPACHO Y SILENCIOS COMPARTIDOS

​El eco de las risas y la ligera brisa de alivio que Regina había logrado inyectar en el pasillo se fue disipando lentamente, dando paso a la realidad ineludible de la noche hospitalaria. Las luces blancas de la clínica comenzaban a parpadear en su ciclo nocturno, marcando la medianoche con un zumbido imperceptible. Los hijos de Marcela, agotados física y emocionalmente por horas de pánico puro, accedieron finalmente a instalarse en la zona de descanso de familiares junto a Santiago y una adormilada Marcela, quien se negaba a alejarse demasiado de la puerta donde Andrés reposaba ya fuera de peligro en la unidad de cuidados postoperatorios.

​A unos pasos de allí, la teniente Samantha Blake seguía de pie junto a una de las columnas de soporte del pasillo, con la mirada fija en la pantalla de su tableta y el ceño fruncido en líneas profundas. Analizaba los reportes de rastreo satelital que sus subordinados le enviaban a tiempo real, buscando cualquier rastro de la célula de Rubén Martínez. Su postura era rígida, un escudo de acero diseñado para no mostrar grietas frente a la familia, aunque por dentro la tensión acumulada amenazaba con desgarrarle los nervios.

​Fue en ese preciso instante cuando sintió una presencia familiar acercarse con paso firme pero silencioso. Un aroma sutil a antiséptico mezclado con el perfume limpio de siempre la envolvió antes de que una mano suave, de dedos firmes y cálidos, se posara con delicadeza sobre su hombro derecho.

​Diana Monasterio se había quitado la bata quirúrgica y llevaba el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello cansado. Tenía los ojos rojos por la fatiga extrema, pero la mirada rebosaba de una ternura infinita reservada exclusivamente para la mujer que tenía enfrente.

​—¿Cómo vas, mi amor? —preguntó Diana en un susurro apenas audible, tan bajo que el murmullo del pasillo se tragó las palabras para el resto del mundo—. ¿Hay algún avance con ese maldito?

​Samantha levantó la vista de la tableta y dejó escapar un suspiro denso, un soplido cargado de frustración contenida. Dejó el dispositivo electrónico sobre el alféizar de la ventana y se giró para quedar cara a cara con la cirujana.

​—Se nos metió en la red de túneles del norte de la capital. La policía municipal perdió el rastro del vehículo a la altura de la circunvalación —respondió Samantha con voz ronca, la rabia y el cansancio chispeando en sus ojos oscuros—. Sé que está acorralado, Diana, pero el margen de error se redujo a cero y me revienta no haberlo atrapado antes de que esto escalara hasta el pecho de Andrés.

​Diana extendió la mano y le acarició la mejilla con suavidad, recorriendo la línea de su mandíbula tensa hasta lograr que el cuerpo de la teniente, siempre a la defensiva, comenzara a ceder milímetro a milímetro bajo su tacto.

​—No cargues con el peso del mundo entero tú sola, Sam... Hiciste lo imposible para protegerlos y Andrés está vivo gracias a que el operativo de contención contuvo la marea el tiempo suficiente —murmuró Diana con una dulzura inquebrantable, acercándose un poco más para acortar la distancia entre ambas—. Pero necesitamos hablar en privado. Ven conmigo al despacho de guardia un momento.

​Samantha asintió despacio, sintiendo cómo la dureza de su armadura policial se derrumbaba al contacto con la mujer que conocía cada una de sus cicatrices invisibles. Sin soltar la mano de Diana, miró brevemente hacia el otro extremo del pasillo, donde la doctora Elena Morales conversaba en voz baja con el equipo de enfermería nocturna, revisando los últimos gráficos de constantes vitales del paciente.

​Diana siguió la dirección de su mirada y, levantando un poco la voz sin perder la intimidad del momento, llamó la atención de su colega y gran amiga.

​—¡Elena! —llamó Diana con suavidad.

​La neurocirujana se giró de inmediato, dedicándoles una mirada comprensiva al verlas juntas. Sabía perfectamente la naturaleza de la relación que unía a la cirujana cardiovascular y a la teniente de operaciones especiales; un secreto a voces compartido con lealtad absoluta entre su círculo más íntimo.

​—Dime, Diana —contestó Elena, acercándose con pasos pausados y cruzándose de brazos con elegancia.

​—Voy a bajar al despacho de guardia unos minutos con Samantha a revisar los reportes y despejar la cabeza... Cualquier cambio drástico en los signos de Andrés, o si despierta antes de tiempo, por favor avísame de inmediato —le indicó Diana con tono profesional pero cercano—. Y, por favor, Elena... si estás muy cansada, no te quedes aquí haciendo guardia doble; vete a descansar un rato a la sala de médicos, te has ganado el cielo y tres vacaciones pagadas después de la cirugía de hoy.

​Elena soltó una suave risa cansada, sacudiendo la cabeza con una mezcla de afecto y orgullo profesional.

​—Tranquila, amiga. Mi cuerpo aguantará un par de horas más aquí arriba supervisando el postoperatorio antes de cerrar los ojos. Vayan ustedes a respirar un poco de aire sin olor a formol y yodo, que buena falta les hace a las dos —respondió Elena con una sonrisa cómplice, dándole un leve apretón en el brazo a Diana antes de dar media vuelta para regresar junto a los monitores.

​—Gracias, Elena —le murmuró Diana a su espalda.

​Tomados de la mano, con una complicidad que desafiaba el caos del hospital y los peligros que acechaban afuera en las calles de la capital, Diana y Samantha se adentraron por el pasillo lateral que conducía al área de despachos médicos privados. Al entrar en la pequeña oficina, Diana cerró la puerta con llave y apagó la luz cenital principal, dejando encendida únicamente una lámpara de escritorio que bañaba la estancia en una penumbra cálida y acogedora.

​Apenas la puerta se cerró tras ellas, el caparazón de la teniente Samantha Blake se quebró por completo. Dejó caer el peso de su cuerpo contra la madera firme de la puerta, cerrando los ojos con fuerza mientras dejaba escapar un gemido ahogado de cansancio absoluto.

​Diana no perdió un solo segundo. Caminó hacia ella con paso firme, se plantó frente a su pareja y la rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a pólvora fría, cuero y el perfume sutil que tanto amaba. Samantha la abrazó con desesperación, enterrando las manos en la espalda de la médica y apretándola contra su pecho como si temiera que, al abrir los ojos, todo se tratara de un espejismo y la pesadilla volviera a empezar.

​—Estás a salvo aquí... estamos las dos aquí —susurró Diana contra su piel, depositando un beso tierno y prolongado en su hombro—. Ya pasó lo peor, mi amor. Andrés va a sanar, Anastasia está resistiendo en terapia intensiva, y nosotras seguimos de pie.

​Samantha abrió los ojos lentamente en la penumbra del despacho y, por primera vez en toda la noche, permitió que una lágrima solitaria recorriera su mejilla, deslizándose hasta perderse en el cuello de la doctora.

​—Tengo miedo de perderte, Diana... de que esta guerra absurda nos arrebate lo que más amamos —confesó Samantha con la voz temblorosa, rompiendo el muro de aparente invulnerabilidad que solía mostrar ante el mundo exterior.

​Diana se apartó lo justo para mirarla a los ojos. Con una ternura infinita, le secó la lágrima con la yema del dedo pulgar y le regaló una sonrisa firme, de esas que curaban el alma y devolvían la fe en medio de la tormenta.

​—No nos van a arrebatar nada, Sam. Hemos construido esto con sudor, sangre y un amor a prueba de balas —afirmó Diana con absoluta convicción antes de fundir sus labios con los de Samantha en un beso profundo, lento y desesperado, un refugio sagrado donde el mundo exterior, con sus persecuciones, sus enemigos y sus tragedias, simplemente dejaba de existir.

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Luisa Franco
la historia promete
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