Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 12
La semana transcurrió bajo la más estricta y silenciosa disciplina del calabozo. Entre jornadas interminables de lavado de ropa con lejía, frío y el constante peso de la fatiga sobre un cuerpo de seis años, la tensión acumulada encontró un respiro el día fijado para la recolección de hierbas en las afueras del territorio demoníaco.
Bajo la excusa de cumplir con una tarea rutinaria de acarreo de suministros botánicos para los talleres de baja categoría, los tres lograron cruzar los portones secundarios sin levantar sospechas. El aire libre, aunque cargado de la bruma pesada y estéril del dominio de Hanyang, supo a una inmensa bocanada de oxígeno puro en comparación con el aire viciado de las celdas subterráneas.
Mientras avanzaban por los senderos rocosos flanqueados por matorrales oscuros, el contraste físico era tan evidente que rozaba lo cómico. Lin, con sus catorce años y una belleza juvenil deslumbrante, y Meili, de dieciséis, con la madurez y la gracia letal de una heredera imperial disfrazada de esclava, caminaban a zancadas amplias y firmes. Daniel, con su diminuta estatura de seis años, apenas y alcanzaba a seguirles el ritmo con sus piernas cortas.
Habiendo avanzado apenas unos metros por el sendero, Meili y Lin se miraron de reojo, intercambiando una cómplice y divertida sonrisa que hizo que a Daniel se le erizara la nuca. Sin previo aviso, las dos jóvenes se agacharon y, prácticamente cargándolo en brazos o sujetándolo de los costados con una familiaridad casi maternal y burlona, aceleraron el paso para avanzar con rapidez por el camino.
—¡Oigan! ¡Suéltenme, puedo caminar solo! —bufó Daniel, sintiendo que el rostro se le encendía de furia y un genuino sonrojo de indignación infantil, forcejeando con molestia contra sus brazos mientras ellas se mofaban en voz baja—. No soy un bebé de brazos, bájtenme de una vez.
—Cállate, joven maestro, o los guardias de la avanzada nos verán avanzar a paso de tortuga y sospecharán —respondió Lin con una risita ahogada, apretándolo un poco más contra ellas con total naturalidad, disfrutando visiblemente de su exasperación—. Tus pequeñas piernas de seis años tardarían una hora en llegar al valle de hierbas.
—Exacto. Además, un poco de ejercicio aéreo te hará bien, pequeña anomalía —añadió Meili con esa sonrisa de labios perfectos, tan dulce que parecía destilar veneno puro.
Daniel se cruzó de brazos, refunfuñando por lo bajo y apartando la mirada con fastidio.
Definitivamente están locas, pensó el chico con los dientes apretados, sintiendo el calor en las mejillas no por fiebre, sino por la humillación de ser tratado como un peluche viviente. Tanto tiempo metidas entre toxinas y venenos letales les terminó friendo las conexiones sinápticas. Su sonrisa es exactamente igual de venenosa que sus habilidades. Qué manera tan irritante de burlarse de un estratega.
Sin embargo, el breve altercado se cortó de tajo cuando los crujidos de unas botas pesadas sobre la gravilla resonaron más adelante. Al doblar el sendero, una patrulla de guardias de la secta de Hanyang apareció bloqueando la intersección principal que conducía al valle. Los hombres portaban túnicas oscuras con insignias demoníacas y rostros cruzados por cicatrices de combate. Al verlos detenerse, uno de los guardias, con el ceño fruncido por la irritación y la cara roja por el sol, dio un paso al frente y les rugió a gritos:
—¡¿Qué diablos están cuchicheando ahí, bola de perezosas?! ¡Cierren la maldita boca, esclavos, y sigan moviendo los pies! ¡Más les vale traer los cestos llenos al atardecer, porque si no hay producción, no hay ración de comida para ninguno! ¡A trabajar y dejen de perder el tiempo!
El grito resonó con violencia entre las rocas, cargado del desprecio absoluto que los miembros de la secta sentían por la servidumbre. Los guardias se quedaron apostados en el perímetro, vigilando con miradas amenazantes para cerciorarse de que nadie intentara huir o apartarse de la ruta asignada.
Meili y Lin bajaron a Daniel al suelo de inmediato, adoptando de nuevo una postura sumisa y cabizbaja, ocultando el brillo letal en sus ojos bajo la sombra de sus ropas gastadas.
Daniel, acomodándose la túnica con brusquedad y escupiendo a un lado del camino con total desprecio, se frotó las sienes. Mientras fingía temblar de miedo ante los gritos del guardia, se giró ligeramente hacia las dos jóvenes y les susurró con la voz más fría y calculadora posible, manteniendo el secreto de su origen firmemente guardado en el rincón más oscuro de su mente:
—Oigan... ya que ustedes dominan la alquimia y la síntesis biológica a nivel celular, ¿no pueden preparar un veneno específico que les dé a esos idiotas un cólico estomacal fulminante, náuseas incontrolables y ganas de vomitar hasta las entrañas? Algo que no los mate para no levantar sospechas de asesinato, pero que los deje totalmente fuera de combate y doblados de dolor durante los próximos tres días.
Lin y Meili parpadearon, sorprendidas primero por la malicia tan calculadora del plan, antes de que una chispa de genuina diversión brillara en sus miradas.
—No es tan difícil si usamos una combinación diluida de polen de la flor de hiel con bilis fermentada —murmuró Meili con una sonrisa ladina, disimulando apenas el movimiento de sus labios mientras volvían a caminar hacia el valle—. Para cuando termine la guardia, esos miserables estarán rogando por morir.
—Perfecto —concluyó Daniel, ajustando el paso con los brazos cruzados y una expresión sombría—. La cuenta regresiva sigue su curso. Limpiemos el camino.
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