Hay sentimientos que nacen sin pedir permiso... y secretos que pueden cambiarlo todo
Ella nunca imaginó que conocer a aquella persona cambiaría su manera de ver el mundo. Entre miradas, conversaciones inesperadas y momentos que parecían insignificantes, comenzó a surgir algo que ella no se atrevía a reconocer
Pero todo no es tan sencillo como parece. Hay cosas que deben permanecer ocultas, emociones que cuestan admitir y secretos que, tarde o temprano, terminan saliendo a la luz
Mientras intenta descubrir qué significa realmente lo que siente, tendrá que enfrentarse a sus miedos, a las dudas y a las circunstancias que amenazan con separarlos
Porque aveces el amor más intenso es precisamente aquel que nadie puede conocer
¿ Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para proteger un amor que debe permanecer en secreto?
NovelToon tiene autorización de Tina Nchama para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un nombre en la pantalla
Habían pasado casi tres años desde aquel último encuentro.
Lucía ya no era la niña tímida de 12 años que había conocido a Javier en el cumpleaños de su tío Carlos. Ahora tenía 15 años, estaba en su primer año de preparatoria y había crecido mucho.
Seguía siendo aplicada y responsable, pero ahora hablaba con más seguridad y tenía una personalidad mucho más abierta. Había aprendido a defenderse, a decir lo que pensaba y a no tener miedo de equivocarse.
Carla y Sofía seguían siendo sus mejores amigas, aunque sus vidas comenzaban poco a poco a tomar caminos diferentes en la prepa. Cada una tenía clases distintas, nuevos amigos y nuevos intereses, pero su promesa de seguir juntas se mantenía intacta.
Una tarde, Lucía estaba en casa de su abuela cuando su tío Carlos pasó a visitarlas para ayudar a su hermana con unas cosas de la casa.
Después de conversar durante un rato, Carlos dejó su teléfono sobre la mesa mientras ayudaba a su abuela a mover una caja en la cocina.
Lucía estaba cerca. Sin intención de buscar nada en particular, miró la pantalla cuando esta se encendió sola. Había varios contactos en las llamadas recientes.
Y entonces vio un nombre que no había leído en muchísimo tiempo. Un nombre que creyó haber olvidado.
Javier Torres.
Lucía se quedó inmóvil. Durante unos segundos simplemente observó la pantalla con el corazón acelerado.
Era extraño. Había pasado años. Había pensado que lo había olvidado, o al menos eso se había repetido muchas veces a sí misma para convencerse.
Pero bastó volver a ver aquel nombre para que regresaran recuerdos que creía enterrados por completo.
El cumpleaños de su tío. La casa de Jessica, su prima. Aquel tímido hola en el pasillo. La competencia del instituto. La mirada en el pasillo. Teresa, la que era su novia en aquel entonces.
Todo apareció de golpe, como si no hubiera pasado el tiempo.
Lucía apartó la mirada rápidamente.
—¿Qué me pasa? —murmuró para sí misma, sintiéndose tonta.
Intentó continuar con lo que estaba haciendo, ayudando a su abuela, pero no podía concentrarse. El nombre seguía en su cabeza, repitiéndose una y otra vez. Javier.
Aquella noche, mientras estaba en su habitación de la preparatoria haciendo tarea, Lucía recordó el número de memoria. No sabía exactamente por qué lo había memorizado. Quizás porque había visto tantas veces aquel contacto en el teléfono de Carlos cuando era más pequeña. Quizás porque una pequeña parte de ella nunca había dejado de recordarlo, aunque no quisiera admitirlo.
Tomó su teléfono. Abrió la aplicación de mensajes. Se quedó mirando la pantalla en blanco durante varios minutos.
Podía escribirle. Podía simplemente saludarlo. Pero también podía cerrar la aplicación y olvidarlo para siempre. Era lo más sensato. Él era el primo de Jessica, mucho mayor que ella, y probablemente ni siquiera se acordaría de ella.
—No debería hacerlo... —se dijo.
Dejó el teléfono sobre la cama. Pasaron unos segundos. Lo volvió a tomar. Abrió nuevamente la conversación vacía. No había ningún mensaje anterior, por supuesto. Javier ni siquiera sabía que ella tenía su número guardado.
Lucía escribió: Hola.
Lo observó. Después lo borró.
Volvió a escribir: Hola, ¿cómo estás?
También lo borró. Suspiró frustrada consigo misma.
—Esto es ridículo —dijo en voz alta.
Dejó el teléfono a un lado y trató de concentrarse en su tarea de matemáticas. Pero unos minutos después volvió a tomarlo, como si algo la obligara.
Esta vez escribió algo diferente, más formal: Hola, soy Lucía, la sobrina de Carlos. ¿Te acuerdas de mí?
Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla. Durante varios segundos dudó, con el corazón latiéndole muy rápido. Finalmente, cerró el teléfono sin enviar nada. No estaba preparada. A sus 15 años, todavía le daba vergüenza dar el primer paso.
A la mañana siguiente, Lucía se encontró con Sofía y Carla antes de entrar a clases de la prepa. Estaba distraída.
—Estás distraída —dijo Sofía mirándola fijamente.
—¿Otra vez? —añadió Carla con curiosidad.
Lucía sonrió nerviosamente.
—Dormí poco. Estuve haciendo tarea hasta tarde.
—Eso no explica esa cara —bromeó Carla—. Estás roja.
Lucía soltó una pequeña risa nerviosa. No les contó nada. Todavía no. Porque había cosas que una persona puede guardar incluso de sus mejores amigas. Y el nombre que había aparecido en aquella pantalla era una de ellas. Era su pequeño secreto.
Pero aquella noche, después de pensarlo durante horas, de dar vueltas en la cama, Lucía tomó una decisión. Esta vez sí enviaría el mensaje. Sin saber que, al hacerlo, abriría una conversación que cambiaría el rumbo de su historia y la haría volver a sentir aquello que había sentido a los 12 años, pero ahora siendo una joven de 15 en preparatoria.
Escribió finalmente: Hola Javier, soy Lucía. No sé si te acuerdas de mí. Soy la sobrina de Carlos. Vi tu contacto y quise saludarte.
Y esta vez, presionó enviar antes de arrepentirse.
aunque no sé cómo, por la distancia