Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 14 "Musas y sombras"
La cocina de la residencia privada del 'Palacio Dorado' estaba inundada por el reconfortante aroma a mantequilla, ajo y hierbas finas.
A través de los enormes ventanales, los últimos destellos dorados del atardecer del día se reflejaban en en el interior de la cocina, aquí existía el espacio para la cotidianidad, para las risas suaves y para compartir tiempo de calidad que iba mucho más allá del deseo físico, eran simplemente una pareja real.
Alexander se encontraba de pie junto a la barra de mármol, con las mangas de su camisa negra remangadas, con movimientos precisos y pausados, picaba con un cuchillo un fajo de lechuga fresca y tomates cherry para la ensalada.
Mientras lo hacía, mantenía sus ojos oscuros fijos en la silueta de la mujer que amaba.
—Julián regresó al piso de arriba anoche porque olvidó un documento —comenzó, con su voz rompiendo el silencio—Escuchó todo, mi sobrino y Valeria tuvieron una discusión salvaje en medio del despacho, descubrió la factura de los dos collares idénticos que Leonardo compró y le arrojó algun objeto de vidrio contra la pared antes de mandarlo al diablo.
Valentina, que se encontraba frente a la estufa guisando con cuidado dos filetes de salmón que chisporroteaban sobre la sartén, soltó una pequeña risa carente de sorpresa.
—Eso significa que llegará temprano a casa esta noche a falta de su amante —contestó, mirando de reojo a Alexander.
—O se quedará a altas horas de la noche en la compañía —replicó él, con una sonrisa de medio lado— Intentando corregir de forma desesperada todos los errores que cometió en los documentos de prioridad del proyecto del norte antes de que mi padre pida una auditoría.
Valentina se encogió de hombros, regresando su atención a la estufa.
—Como sea, es lo mismo de todas maneras, su ausencia o su presencia me dan exactamente igual.
Alexander terminó de picar la verdura y dejó el cuchillo sobre la tabla, con paso firme y silencioso, caminó hasta posicionarse justo detrás de ella.
Valentina sintió el calor de su cuerpo envolverla antes de que sus manos grandes y seguras se posaran en su cintura, atrayéndola de espaldas contra su pecho, él se inclinó ligeramente, hundiendo el rostro en la curva de su hombro para plantar un beso lento y profundo en su cuello, haciéndola estremecer.
—Me encantaría que te quedaras a dormir hoy, mi reina —susurró contra su piel, con una voz ronca que le aceleró el pulso.
Valentina exhaló un suspiro suave, recargando la cabeza en su pecho por un segundo.
—Ojalá tu sobrino tuviera algún viaje de negocios largo, entonces sería posible.
—Yo creo que eso es solo una excusa —bromeó y sus manos comenzaron a moverse con una audacia posesiva—Quizá tengo que convencerte de otra manera.
Dicho esto, comenzó a depositar suaves y hambrientos besos por todo su cuello, descendiendo hacia sus hombros descubiertos, mientras una de sus manos la sujetaba firmemente de la cintura para mantenerla pegada a él, la otra bajó con lentitud, acariciando y tocando su trasero con un descaro ardiente que encendió el ambiente en un segundo, Valentina contuvo el aliento, sintiendo una oleada de calor recorrerle el cuerpo ante las caricias de su amante, sin embargo, recordando el salmón en la estufa y sabiendo que debían mantener el control, estiró su mano hacia atrás y detuvo con firmeza la mano de Alexander que se deslizaba por sus curvas, se giró a medias sobre sus talones y lo miró con una sonrisa coqueta.
—Basta Alex, es hora de cenar, después tenemos el postre.
Alexander asintió con una chispa de diversión y deseo reprimido en sus ojos oscuros. Terminó el acto de sumisión dándole un tierno beso en la mejilla, para luego separarse de ella y comenzar a ayudarla a poner los platos en la mesa, sellando una velada perfecta donde el amor y la complicidad flotaban en el aire.
Horas más tarde...
La noche ya había caído por completo sobre la ciudad cuando el auto de Valentina se estacionó frente a su taller de pintura, no quería volver a la mansión De la Vega tan temprano; el solo pensamiento de cruzar la puerta y encontrarse con Leonardo la enfermaba, pues sabía que, tras la propuesta de la otra vez, su esposo probablemente la acosaría a preguntas sobre si ya había buscado especialistas o clínicas para someterse a algún tratamiento para concebir, prefería refugiarse en su santuario, donde verdaderamente tenía paz, libertad e inspiración, además también quería aprovechar la noche para terminar su obra de arte, esa donde había plasmado la mirada del hombre que realmente amaba. Valentina bajó del auto, caminó hacia la entrada principal e introdujo la llave en la cerradura.
Al abrir la puerta, el silencio del taller la recibió, pero en cuanto dio el primer paso hacia el interior, se detuvo en seco, sintiendo que algo en el ambiente estaba extrañamente fuera de lugar, era un instinto, una pesadez en el aire que le erizó los vellos de los brazos, recorrió con los ojos bien abiertos cada rincón de la estancia sumida en la sombras : los caballetes, los estantes llenos de frascos de óleo, los lienzos cubiertos por mantas, todo parecía estar en su sitio, en perfecto orden, entonces sacudió la cabeza con suavidad, convenciéndose a sí misma de que eran solo ideas suyas producto del cansancio y de la adrenalina de haber estado con Alexander.
Caminó hacia el caballete central, encendió la lámpara enfocada que iluminaba únicamente el lienzo y contempló los trazos oscuros y profundos de su pintura, una sonrisa involuntaria, dulce y llena de ilusión, se dibujó en sus labios al imaginar la cara que pondría Alexander cuando descubriera que esa mirada penetrante que dominaba el cuadro estaba inspirada en él.
Tomó el pincel de la mesa lateral, suspiró con felicidad y se acercó al cuadro, pero justo cuando estaba a milímetros de colocar las cerdas impregnadas de óleo sobre el lienzo, una voz masculina, arrastrada y fría, resonó desde las sombras a su espalda, congelándole la sangre en las venas.
—Sonríes como una tonta Valentina, ¿Quién fue tu inspiración esta vez?
Ella se quedó completamente paralizada, con el pincel suspendido en el aire y el corazón golpeándole el pecho con una violencia aterradora, incapaz de girarse para mirar al dueño de esa voz que acababa de destruir su momento de paz.