Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 10: El afecto del Rey...
Daría
La madera de la carroza crujía con cada bache del camino empedrado. El viaje hacia las provincias del Sur, donde se levantaban las opulentas residencias embargadas del Primer Ministro, debería haber sido un simple trámite administrativo. Sin embargo, para mí, el aire dentro del vehículo era más denso que el de una mina de carbón.
Mi nombre es Daría. La mujer a la que la corte llama la bastarda de las monedas, la ambiciosa que solo busca el oro del imperio.
Para todos, yo soy la concubina más débil; no poseo las habilidades con la espada de Alessia, ni el linaje aristocrático de Amira, ni la capacidad de manipular mentes a través del deseo como Lyra. Mi único escudo son los números y los contratos. Si alguien decidiera atacarnos en este viaje, yo no tendría con qué defenderme.
O eso pensaba antes de ver actuar al hombre que se sentaba frente a mí.
Durante el trayecto, el rey apenas había pronunciado palabra. Su mirada permanecía fija en la ventana, vigilante. Pero no era la frialdad del monarca lo que me desconcertaba, sino los pequeños e inexplicables gestos que había tenido conmigo desde que salimos de la capital.
Cuando la carroza frenó bruscamente al salir del palacio, su mano se adelantó de inmediato para evitar que mi cabeza chocara contra el marco de madera, rozándome el hombro con un cuidado casi instintivo.
Más tarde, al hacer una parada en una de las posadas reales, no esperó a los sirvientes: fue él mismo quien bajó primero, extendió su mano abierta y me ofreció su firme apoyo para ayudarme a descender. Vi las miradas susurrantes de la escolta real; para ellos, el rey no trataba a las concubinas como trofeos, y el trato que me daba a mí dejaba entrever una preferencia que ni siquiera yo lograba comprender.
¿Por qué yo? Alessia me había contado una vez que el rey solía pasar horas en la armería solo observando sus entrenamientos, aprobando en silencio su fuerza.
Lyra aseguraba que el monarca le permitía acercarse más que nadie durante las noches en el despacho real para discutir estrategia.
Y Amira ostentaba la corona de Reina Consorte con un respeto mutuo que rozaba la devoción política. Ninguna de nosotras sabía a cuál de las cuatro pertenecía realmente el corazón del rey... si es que le pertenecía a alguna.
Mis pensamientos se cortaron de golpe cuando el primer relincho aterrorizado de los caballos hizo temblar la carroza.
—¡Emboscada! —gritó el capitán de la guardia desde afuera.
El sonido del acero cortando el aire y los gritos de agonía estallaron en cuestión de segundos. La carroza fue rodeada por más de una docena de mercenarios embozados, contratados sin duda por los clanes nobles que se negaban a perder sus riquezas.
Antes de que pudiera entrar en pánico, la puerta de la carroza fue arrancada de un golpe. El rey no dudó. Desenvainó su espada con un movimiento tan fluido y mortífero que apenas pude seguirlo con la vista. Saltó hacia la carretera y lo que presencié a continuación me heló la sangre.
Aquel hombre no peleaba como un príncipe educado por académicos.
Peleaba como un demonio surgido de las sombras.
Cada estocada era precisa, cada bloqueo quebraba los huesos de sus atacantes. Se movía con una agilidad salvaje y aterradora, como si hubiera pasado la vida entera usando el acero para sobrevivir. En menos de tres minutos, un reguero de cuerpos cubría el suelo de barro.
—Daría, no te muevas —ordenó, con la respiración contenida y la espada goteando sangre mientras se giraba hacia mí.
Fue en ese microsegundo.
A lo lejos, oculto entre los matorrales de la colina, el destello de un ballestero atrapó la luz del sol. La flecha de punta negra no iba dirigida a él; venía recta hacia la puerta abierta de la carroza, hacia mi pecho. Yo estaba paralizada, incapaz de reaccionar.
—¡Cuidado! —el grito del rey resonó con una desesperación que jamás le había escuchado.
En un movimiento ciego, el monarca se arrojó sobre mí dentro de la carroza, empujándome con fuerza hacia el suelo de madera. Sentí el dolor agudo en mi hombro y costado al golpear la estructura por la violencia de la caída, pero el impacto de su cuerpo sobre el mío fue mucho más pesado.
Un gemido ahogado se le escapó de los labios.
Un hedor amargo a hierro inundó el recinto. Cuando logré incorporarme sobre mis codos, vi el asta de la flecha clavada profundamente en su hombro derecho, muy cerca del cuello. La sangre brotaba a borbotones, oscura y densa, tiñendo el terciopelo negro de su túnica.
—Majestad... —susurré, con las manos temblorosas cubiertas de su sangre mientras lo sostenía por el pecho—. ¡Majestad, responda!
El rey me miró con los ojos entreabiertos, perdiendo el color a una velocidad alarmante.
Por un breve instante, la máscara de tirano implacable cayó por completo, dejando al descubierto una mirada cargada de un dolor antiguo y una angustia humana que me oprimió el pecho. Extendió levemente los dedos manchados de sangre y rozó la mejilla con una ternura que me dejó sin aliento, antes de que su mano cayera inerte sobre el suelo y sus ojos se cerraran.
—¡El rey ha caído! ¡Traigan a los médicos! —gritaron los guardias afuera.
La noticia voló de regreso a la capital como una maldición.
El monarca despiadado, el rey invencible, yacía al borde de la muerte en sus aposentos reales, víctima de una flecha impregnada con veneno de víbora. El médico imperial apenas lograba mantener su pulso.
La corte se convirtió en un nido de buitres. Los ministros que habían estado paralizados por el miedo comenzaron a reunirse en las sombras, sonriendo ante la oportunidad. Si el rey moría sin dejar un heredero de sangre, el Consejo podría tomar el control total del imperio y deshacerse de las concubinas de inmediato.
En el salón privado frente a los aposentos del rey, la tensión entre nosotras cuatro estaba a punto de estallar.
Alessia no dejaba de caminar de un lado a otro, apretando la empuñadura de su espada con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Fui una idiota al dejarlo ir solo contigo —siseó Alessia, clavándome una mirada llena de rabia y culpa retenida—. Si yo hubiera estado allí, esa flecha jamás habría tocado su piel. Él siempre ha confiado en mí para proteger su espalda... ¿Por qué arriesgó su vida por ti?
Lyra, sentada al borde de una ventana, observaba el jardín en silencio mientras jugueteaba obsesivamente con el anillo que el rey le había regalado semanas atrás.
—Él no es un hombre que actúe por impulso, Alessia —murmuró Lyra con la voz quebrada, algo sumamente raro en ella—. Siempre calcula cada movimiento. Cuando habla conmigo a solas en el despacho, me mira como si supiera exactamente lo que pienso... No entiendo por qué se interpuso en el camino de esa flecha.
Amira permanecía de pie junto a la puerta de la habitación real, manteniendo la postura erguida de una soberana, aunque sus ojos reflejaban una preocupación sofocante.
—Basta —ordenó Amira con autoridad fría—. El rey no está muerto, y no dejaremos que este palacio caiga en manos del Consejo mientras él lucha por su vida. Daría... ¿qué fue exactamente lo que pasó antes de que lo hirieran?
Las tres me miraron. Mis manos aún conservaban rastro de la sangre seca del rey bajo las uñas.
—Él me salvó —dije con la voz temblorosa, sintiendo el conflicto devorándome por dentro—. Me empujó para recibir la flecha en mi lugar. Me tomó la mano al bajar de la carroza, cuidó de mí durante todo el viaje... y cuando cayó sobre mí, me miró de una forma...
Me callé. No me atreví a decirles lo que sentí en ese toque sobre mi mejilla.
¿Acaso el hombre al que todas veían como un soberano inalcanzable me prefería a mí, la bastarda sin honor?
¿O acaso la manera en que miraba a Alessia en la armería, la complicidad con la que escuchaba a Lyra en la penumbra, y el respeto casi sagrado con el que trataba a Amira escondían un secreto mucho más profundo?
Afuera de la habitación, los pasos pesados de los guardias del Consejo anunciaron que la alta nobleza ya estaba preparando su próxima jugada para asaltar el trono.
El rey luchaba contra la muerte en la cama, y nosotras cuatro estábamos a punto de librar la batalla más peligrosa de nuestras vidas para mantener el reino en pie.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado