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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— La puerta entreabierta

Cuando se despidieron, Kaelo y Vladímir caminaron hacia el coche sin decir una palabra. Solo al sentarse al interior, con la puerta cerrada, Kaelo soltó el aire que había estado conteniendo.

—Es increíble… —murmuró, mirando la ventana de la casa, donde se veía la silueta de Elían ayudando a su padre a lavar los platos—. No hay nada que sobre. No hay nada que falte. Todo es justo y perfecto.

Vladímir asintió, con la mirada fija en la misma ventana.

—Nadie me ha mirado así. Ni siquiera mis propios padres. Damián… nos recibió como si fuéramos amigos de toda la vida. Sin preguntar quiénes somos ni cuánto tenemos.

—Y Elían —susurró Kaelo—. Cuando sonríe de verdad… es como si encendiera todo el lugar.

Regresaron a sus casas, a mansiones enormes llenas de cosas lujosas y silencios fríos, y por primera vez todo les pareció vacío.

Los días siguientes, la pequeña casa se convirtió en un refugio inesperado. Kaelo y Vladímir volvieron, tal como prometieron. Al principio llevaban cuadernos y excusas de estudio, pero pronto las excusas sobraron. Damián los recibía siempre con esa sonrisa tranquila, con té caliente y algo dulce sobre la mesa. Aprendieron a pelar papas, a doblar la ropa, a sentarse en el pequeño patio a mirar las estrellas sin decir nada.

Elían, que siempre los había mantenido a distancia, empezó a relajarse. Se reía con ellos, les contaba anécdotas de su infancia, les enseñaba trucos para estudiar rápido. Y ellos, a su vez, empezaron a cambiar: la arrogancia se les caía poco a poco, como una capa pesada que ya no necesitaban.

Pero no todo era paz. Serafina los notaba ausentes. Llegaban tarde a las reuniones y fiestas con amigos en común, no respondían sus mensajes, cuando estaban con ella miraban el reloj como si esperaran algo mejor.

—¿Adónde van tanto? —les preguntó una tarde, bloqueándoles el paso en la entrada de la universidad—. Siempre juntos, siempre con prisa. ¿Es por él? ¿Por el becado?

—No digas así, Serafina —respondió Vladímir, con tono serio—. No hay nada malo en querer conocerlo más.

—¿Conocerlo? —repitió ella, con los ojos brillantes de rabia—. Lo defienden como si fuera un santo. ¡Es igual que todos! Solo quiere aprovecharse de ustedes!

—No lo conoces —dijo Kaelo, frío—. Y no hables así de él.

Serafina se quedó con la boca entreabierta, herida y furiosa.

—¿Eliges a él antes que a mí? ¡Somos amigos desde niños!

—Y lo seguiremos siendo —respondió Vladímir—. Pero no permitiremos que lo insultes.

Se apartaron de ella y se fueron juntos. Serafina los miró marcharse, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.

—Verán —susurró con voz temblorosa de rencor—. Verán de qué soy capaz.

Mientras tanto, Zorán no dejaba de volver. Cada tarde que podía, aparecía con Lía, y a veces solo él. Se sentaba en la mesa, escuchaba, ayudaba a cargar cosas pesadas, arregló la puerta del patio que estaba chueca sin que nadie se lo pidiera. Y siempre, siempre, terminaba mirando a Damián más tiempo del necesario.

Una tarde, se quedaron solos en el porche. Elian llevó a la pequeña a que juegue en el parque cercano, vigilados desde la puerta. Zorán miraba cómo Damián acariciaba las flores que crecían en macetas viejas.

—Nadie me ha tratado así hace mucho tiempo—dijo de pronto, con voz baja—. Sin miedo. Sin pedir nada.

Damián se detuvo y lo miró.

—No tengo nada que te pueda interesar, Zorán.

—Tienes todo —respondió él, dando un paso despacio hacia adelante—. Tienes bondad. Tienes luz. Tienes una forma de mirar que hace que uno quiera ser mejor.

Damián apartó la mirada, sintiendo el calor subirle al rostro.

—No digas eso. Esageres..

—Es verdad —insistió Zorán, suave pero firme—. Sé que soy un hombre temido. Sé que mi vida está llena de sombras. Pero desde que te conocí… cada vez que estoy aquí, siento que puedo respirar.

Damián lo miró a los ojos, y vio algo que lo conmovió profundamente: vulnerabilidad, sinceridad, un anhelo que no se puede fingir.

—Zorán… —empezó, pero no supo qué decir.

—No te pido nada todavía —dijo él, dándose cuenta de que estaba a punto de asustarlo—. Solo quería que lo supieras. No tienes que responderme. Solo… déjame venir. Déjame estar cerca de ti.

Damián guardó silencio unos instantes, luego asintió muy despacio.

—Está bien. Puedes venir las veces que quieras.

Zorán sonrió, y esa sonrisa llegó a sus ojos, iluminando todo su rostro.

—Gracias, Damián.

Al caer la noche, cuando todos se despidieron y la casa quedó en silencio, Elían se sentó junto a su padre en el sofá.

—Papá… —dijo suavemente—. Zorán te mira de una forma especial..

Damián suspiró y le tomó la mano.

—Lo sé, hijo. Pero no nos apresuremos. Las cosas buenas necesitan tiempo para crecer.

Elían asintió, pero algo en su pecho se sentía inquieto. Sentía que algo grande estaba por cambiar, y no sabía si sería para bien.

—¿Tú crees que podemos confiar en el? —preguntó bajito.

Damián lo abrazó.

—Confiemos en nosotros. En lo que somos. Eso nadie nos lo puede quitar.

1
Brisa Romero
/Proud/
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