Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 22
La tensión en el salón principal del Hotel Gran Imperial era tan densa que se podía cortar con el filo de una navaja. Las copas de cristal tintineaban al compás de una música de cuerda demasiado suave para la violencia silenciosa que latía bajo las superficies de los corrillos. Alejandro me había dejado sola por un breve instante para atender a los capos del consejo del este, una jugada táctica para permitirme moverme entre las altas esferas de la mafia y demostrar mi propio peso político.
Aproveché para caminar hacia la zona más apartada de la terraza acristalada, buscando un momento de respiro frente a la inmensidad de las luces de la ciudad que parpadeaban a lo lejos. El aire fresco de la noche rozó mis hombros descubiertos, aliviando el calor sofocante del interior.
Pero el alivio duró poco.
Unos pasos apresurados y torpes rompieron la tranquilidad del rincón. Giré ligeramente el rostro y lo vi. Marcos venía hacia mí con la corbata desatada, las facciones contraídas por una mezcla desesperada de celos, furia contenida y una patética necesidad de respuestas. No quedaba nada del hombre imponente que un día dictaba las reglas en mi vida; ahora parecía un náufrago aferrándose a los restos de un naufragio que él mismo había provocado.
—Elara... —susurró su voz ronca, deteniéndose a pocos centímetros de mí, intentando bloquear mi salida hacia el salón—. Tenemos que hablar. Necesitamos un minuto a solas. No puedo creer que estés haciendo esto... que te hayas vendido a este monstruo solo por venganza.
Me giré por completo para encararlo. Mantuve la barbilla erguida, los ojos fríos y distantes, y una sonrisa burlona curvando la comisura de mis labios. La transformación en mi postura lo hizo retroceder un paso.
—¿Vendido, Marcos? —le respondí con una voz tan suave y gélida que pareció abofetearlo con más fuerza que mis palabras—. Qué curioso que hables de ventas cuando tú fuiste quien regaló su lealtad y su dignidad a cambio de los caprichos de Mía. Yo no me vendí a nadie; tomé lo que me correspondía y me convertí en la dueña del imperio que tú jamás tuviste la altura para gobernar.
Marcos apretó los dientes con tanta fuerza que un músculo saltó en su mandíbula. El orgullo herido brotó de sus ojos como un veneno caliente.
—¡Tú eres mía! ¡Estabas destinada a casarte conmigo, a estar a mi lado! —bramó él en un susurro desesperado, perdiendo los papeles por completo, y antes de que pudiera reaccionar, extendió una mano temblorosa para sujetarme con fuerza por la muñeca—. Ese maldito te está usando. Vuelve conmigo, Elara. Podemos huir, podemos dejar atrás a los Moretti, podemos...
—Quita tus sucias manos de encima de mi esposa, Moretti.
La voz profunda, grave y cargada de una amenaza letal resonó a nuestras espaldas como el crujir del trueno antes de la tormenta.
Marcos se quedó petrificado. Su mano se aflojó instantáneamente alrededor de mi muñeca, y un temblor casi imperceptible recorrió todo su cuerpo.
Alejandro apareció de la nada, materializándose en las sombras de la terraza con la gracia silenciosa de un depredador alfa. Su traje impecable contrastaba con la oscuridad de su mirada y el aura de peligro absoluto que irradiaba cada uno de sus poros. Se interpuso entre nosotros con un movimiento fluido, empujando a Marcos hacia atrás con el simple peso de su presencia imponente, obligándolo a tambalearse contra las columnas de mármol.
—Do... Don Alejandro... —balbuceó Marcos, intentando recuperar la compostura mientras la sangre abandonaba su rostro por completo—. Yo solo... estábamos teniendo una conversación privada sobre asuntos familiares...
Alejandro no lo dejó terminar. Su mano derecha se cerró con una fuerza descomunal alrededor de la solapa de la chaqueta de Marcos, levantándolo ligeramente del suelo y acercándolo a su rostro con una calma aterradora.
—Escúchame bien, escoria —le sopló Alejandro al oído, con un tono tan bajo y escalofriante que hizo que incluso mi propia respiración se detuviera por un segundo—. Esta mujer a la que te atreves a tocar con tus manos inmundas es mi esposa, mi reina y la única dueña de este imperio. Volver a dirigirle la palabra, acercarte a su radio de visión o pronunciar su nombre con esa boca sucia tuya no será considerado una falta de respeto. Será una declaración de guerra formal.
Marcos intentó tragar saliva, con los ojos abiertos de par en par por el pánico puro.
—Yo... yo no quise...
—Has firmado tu propia sentencia de muerte con cada segundo que has pasado respirando cerca de ella esta noche —continuó Alejandro, interrumpiéndolo con una frialdad implacable—. Una palabra más, un solo movimiento en falso de tu parte o de tu patética familia, y me encargaré personal y dolorosamente de borrar a los Moretti de la historia de este país. Ahora... lárgate de mi vista antes de que decida cortarte la lengua aquí mismo.
Con un empujón brutal, Alejandro soltó a Marcos, lanzándolo contra el suelo de la terraza. Marcos, humillado, derrotado y temblando de pies a cabeza, no se atrevió a levantar la vista; se levantó a trompicones y huyó despavorido hacia las salidas del hotel, perdiéndose entre la multitud como un cobarde.
El silencio volvió a instalarse en la terraza, roto únicamente por el zumbido lejano de la ciudad.
Alejandro exhaló un suspiro áspero, sacudiéndose las solapas de su traje con desdén, antes de girarse lentamente hacia mí. Su expresión severa se transformó de inmediato en una mezcla de posesividad feroz y una profunda y ardiente devoción.
—¿Estás bien, mi reina? —preguntó su voz ronca, mientras sus manos grandes y cálidas acariciaban con delicadeza la muñeca donde Marcos me había sujetado, como si quisiera borrar cualquier rastro físico de su existencia en mi piel—. Si te ha causado la más mínima molestia, ordenaré que limpien el mapa con los Moretti esta misma madrugada.
Me quedé observándolo, sintiendo cómo el respeto y una extraña y peligrosa fascinación se fundían en mi pecho. Ya no quedaban dudas de que este hombre movería cielo y tierra por mí.
—Estoy perfectamente, Alejandro —le respondí con una sonrisa felina, deslizando mis manos por el ancho de su pecho hasta entrelazar mis brazos alrededor de su cuello—. El espectáculo que acabas de dar ha sido más que suficiente para dejarle claro cuál es su lugar en el mundo.
Alejandro soltó una risa baja y gutural, y sin importarle que estuviéramos en una terraza semipública donde cualquier invitado podía vernos, me levantó en vilo contra su cuerpo, aprisionando mis labios en un beso hambriento, posesivo y salvaje que me arrebató el aliento.
—Salgamos de aquí —susurró contra mi boca, con la mirada encendida de una lujuria implacable—. La fiesta ha terminado. Tengo una esposa a la que recordarle de la manera más íntima a quién le pertenece en cuerpo y alma.
Sin mirar atrás, abandonamos el salón del brazo, directos hacia la oscuridad de nuestra fortaleza, donde la verdadera celebración de nuestro poder apenas comenzaba a desatarse entre sábanas de seda y pasiones sin control.