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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El precio del silencio

A la mañana siguiente el ambiente en Markhan cambió sin que nadie anunciara nada: fue como si una corriente fría hubiera recorrido todos los pasillos durante la noche, dejando tras de sí una alerta muda en cada mirada baja y cada paso apresurado. Nadie decía en voz alta qué ocurría, pero todos actuaban como si supieran que las reglas del juego acababan de modificarse por arriba, donde nadie veía cómo se toman las decisiones. En el tablón principal apareció una circular breve y estricta: inspecciones generales de habitaciones, revisión total de pertenencias, vigilancia reforzada en cada puerta y salida. No explicaban el motivo: nunca lo hacían. Las normas simplemente aparecían para cumplirse sin preguntar. Yo entendí al instante: faltaba algo importante para alguien poderoso, y ahora removían todo hasta encontrarlo o descubrir quién se atrevía a buscarlo primero.

Margarita llamó a mi puerta mucho antes de lo habitual, con una sonrisa menos firme que de costumbre y la voz baja, temblando apenas lo suficiente para notarse si estabas atenta a esos pequeños detalles que nadie más registraba. Me contó entre susurros que ya habían registrado tres habitaciones antes de la nuestra, que revolvían todo sin orden ni cuidado, rompían objetos personales y hacían preguntas directas que en realidad no esperaban responderte tú: solo querían ver cómo reaccionabas. Mientras hablaba, la observé con calma: sus gestos eran rápidos, inquietos, y miraba hacia atrás constantemente como si alguien pudiera escucharla atravesando las paredes mismas. ¿Me avisaba por lealtad creciente? ¿O me preparaba para ver si escondía algo valioso también para ella? En este lugar la bondad nunca llegaba sin factura pendiente.

Guardé la calma por fuera mientras la mente trabajaba a toda velocidad: el escondite bajo el armario servía para miradas superficiales, pero ante una revisión técnica y meticulosa como la que se anunciaba, caería sin dudar en muy poco tiempo. Tenía minutos contados, no horas. No había sitio seguro dentro de estas cuatro paredes, y sacarlas al descubierto me señalaba de inmediato como culpable antes de abrir la boca. Solo quedaba una opción arriesgada: ponerlas temporalmente donde nadie se atrevería a buscarlas todavía: en manos de quien más tenía que perder si caían en otras equivocadas.

Salí hacia el patio central sin correr, sin ocultarme demasiado, moviéndome con paso firme como si solo cumpliera una orden recibida. Lo hallé exactamente donde sabía que estaría: apoyado en su rincón habitual, lejos del bullicio, separado del resto como siempre. Al acercarme no levantó la vista al principio, pero su postura cambió en cuanto reconoció mi presencia cerca suya: los hombros tensos, la mandíbula apretada, todo preparado para defenderse antes de saber qué venía. No perdí tiempo en rodeos innecesarios. Le expliqué breve y claro lo que venía, lo que buscaban y por qué yo no podía conservar lo que recuperé sin poner en peligro todo lo que intentábamos averiguar. Le tendí el paquete bien cerrado con cuidado: su vida entera resumida en papeles y fotos que podían destruirlo o salvarlo según quién los sostuviera.

Me miró entonces con esa mezcla extraña de asombro y desconfianza profunda que apenas empezaba a suavizarse: nadie antes le devolvió nada que le perteneciera de verdad sin pedir algo enorme a cambio al momento. Al tomar el paquete sus dedos rozaron los míos breves segundos y sentí que entendía por fin: yo no venía a exigirle cuentas ni a usar su dolor, venía a devolverle parte de su propia voz robada. Lo escondió bajo su chaqueta lenta y protectora, como quien recupera pedazos rotos de sí mismo. Cuando le dije claramente que volvería a pedírselo cuando el peligro pasara, no puso condiciones absurdas ni amenazas veladas como hacía todo el mundo aquí: solo asintió con seriedad absoluta, con una promesa que valía más que cualquier palabra escrita en pergaminos lujosos: “Nadie lo tocará. Lo protejo con lo que queda de mí”.

Al volver al dormitorio los guardias ya estaban ahí: derribaban muebles, vaciaban cajones, golpeaban superficies en busca de huecos ocultos. Revisaron hasta el último rincón visible bajo mirada atenta de Margarita, que permanecía aparte observándome más a mí que a ellos. Al no hallar nada útil se marcharon finalmente dejando desorden y frío tras sus pasos pesados. Cuando cerramos la puerta tras ellos, ella me miró distinto ahora: sabía que yo tenía trucos que no aparecían en ninguna lista nueva estudiantil, pero también entendió que no usaba todo eso por capricho. Me senté entre el desorden sin arreglar nada todavía: esconder pruebas solo retrasaba el problema real. Markhan no se detendría ante unos papeles sueltos: buscaban silencios definitivos, y yo acababa de avisarles que ya no guardaba la boca cerrada como esperaban. Ahora el sistema sabía que existía alguien capaz de encontrar lo que borran. Y en este lugar saber eso es suficiente para convertirse en objetivo prioritario.

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