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Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Raven

Durante ocho años, Manuela lo dio todo por Caio, el hombre que manda en el Morro del Faro. Cuando él le pone el divorcio enfrente, ella no ruega. Firma.

Lo que Caio no sabe es lo que ella se lleva consigo, ni lo que deja atrás.

Cinco años después, Manuela regresa. Ya no es la mujer callada de la casa del morro, sino la gestora de Golondrina, una empresa que viene a construir donde otros solo supieron remover. Trae un nombre respetado, un equipo que confía en ella y una sola razón para volver al lugar donde más le dolió quedarse.

Del otro lado de la calle, una niña de cinco años tararea una melodía que Manuela conoce demasiado bien.

Caio descubre, tarde, todo lo que no quiso ver. Ahora quiere repararlo, y ella ya no está obligada a perdonarlo. Entre la lealtad de un morro entero, los enemigos que se mueven en silencio y un pasado que no termina de cerrarse, los dos tendrán que decidir qué se puede reconstruir y qué es mejor dejar donde está.

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Capítulo 16 — La Golondrina regresa al Faro

...MANU...

Tres días después de la fiesta del asfalto, subo el Morro del Faro en la van comunitaria.

Podría haber subido en carro con chofer. Golondrina Gestión tiene. Pero subo apretada en la van, de nuevo entre una bolsa del mercado y el olor a gas de cocina, porque hay cosas a las que no tiene sentido llegar en un carro importado.

La cuesta es la misma. Los callejones, los cables enredados en el poste, las conexiones clandestinas de luz, la escalinata que subí toda la vida. Cinco años afuera no me quitaron eso de las piernas: mi cuerpo sabe dónde pisar sin mirar.

Desde lo alto, el faro viejo sigue ahí, apagado, vigilando la curva de arriba.

La tienda de don Jorge está igual. Estantes repletos, congelador rugiendo, la libreta del fiado sobre el mostrador.

Mi papá levanta la vista y toda su cara se abre.

—Mi golondrina.

Dejo el bolso de marca sobre un costal de arroz y abrazo a mi padre en medio de la tienda, y por un segundo no soy gestora de nada. Soy solo la hija de don Jorge que regresó a casa.

—Déjame verte.

Me aparta un poco, con los ojos húmedos.

—Estás hecha toda una señora. Pero los ojos son los mismos. Qué bueno.

—Tenía miedo de que el mundo de allá afuera te cambiara los ojos.

—Los ojos son tuyos, papá. Nadie los cambia.

Doña Neusa sale de atrás gritando, me llena de comida, quiere saberlo todo al mismo tiempo. Y Jaque, Jaque llega corriendo, avisada no sé por quién, y me aprieta hasta doler.

—¡Déjame ver a la señora! —se ríe, haciéndome girar—. Amiga, estás espectacular.

El morro entero ya anda comentando que la fea del morro regresó hecha una gran dama.

De la tienda hasta la casa, el morro me mira.

Unos saludan, orgullosos —"mira, la hija de don Jorge, se fue lejos y regresó"—. Unas comadres cuchichean. Un niño le pregunta a su mamá si soy actriz de telenovela.

La dueña del puesto de empanadas fritas me da un abrazo apretado y no me cobra el refresco.

Así es el morro. Te juzga y te abraza en la misma esquina. No lo olvidé allá afuera.

De eso, en el fondo, fue de lo que más sentí falta.

Nos sentamos en la azotea a comer. Frijoles, arroz, un huevo frito, como comía cuando no tenía lo que doña Vera llamaba "estructura". Y es la comida más rica que como en cinco años.

—¿Y volviste de veras? —pregunta doña Neusa, sirviendo más—. ¿O es solo una visita de rica?

—De veras. —Me limpio la boca—. Y hay más: el proyecto grande que vine a llevar es aquí.

En el Faro.

Los tres dejan de masticar.

—¿Cómo que aquí? —se extraña mi papá.

—Regularización, vivienda, escrituras para las familias.

Explico despacio.

—Hay gente del asfalto queriendo remover el morro entero para construir edificios de lujo. Entré al proyecto para que eso no pase. Para transformar el Faro sin expulsar a nadie.

Jaque suelta el tenedor.

—Amiga. ¿Estás diciendo que volviste a trabajar en el morro del Dueño? ¿Justo debajo de su nariz?

—Estoy diciendo que volví para decidir el futuro de su morro —corrijo—. Él es el que va a tener que trabajar conmigo. No al revés.

Es en la azotea donde Jaque me pone al día de todo.

—El Faro cambió, ¿eh? El Dueño legalizó medio mundo. Hay guardería, hay obra de casas empezando.

Mastica, seria.

—Y está la niña.

Detengo el tenedor en el aire.

—¿Qué niña?

—La hija del Dueño. Duda. Cinco añitos, una ricura.

Jaque me mira con cuidado.

—Nació con un problema en el corazón, pobrecita. Pero es fuerte. El morro entero está enamorado de ella.

—La llaman la princesita del Faro.

Bajo el tenedor despacio para que la mano no me tiemble frente a mi amiga.

Cinco años de fotos y videos. Sé el tamaño del zapato de mi hija. Sé que se le cayó el diente de adelante.

Sé el nombre de su peluche.

Pero oírlo de la boca de Jaque, aquí, en la azotea, a tres callejones de la casa donde duerme mi hija, es otra cosa. Esto es cerca. Demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.

—¿La cuidan bien? —es lo único que logro preguntar.

—El padre, sí.

Jaque se encoge de hombros.

—El Dueño se volvió un baboso, nadie lo cree. Pero… no sé, Manu. Todo niño extraña a su madre, ¿no?

—Aunque no sepa bien el nombre de lo que falta.

—¿Y la madre? —pregunta doña Neusa, picando—. ¿El morro sabe que existe una?

—Sabe que hubo una que "se fue a estudiar afuera".

Jaque me mira de reojo, con lástima.

—Unos dicen que abandonó. Otros, que el Dueño la echó. Nadie sabe bien la historia.

—Y la niña… la niña cree que su madre es una muchacha bonita de foto que llama el día del cumpleaños.

Una muchacha bonita de foto.

Bajo la cara hacia el plato para que nadie vea lo que esa frase me hace.

Miro hacia lo alto del morro, hacia la casa grande de la parte de arriba, y me trago el resto de los frijoles con un nudo en la garganta.

Del otro lado de la azotea, junto al murito, doña Marlene pasa con una bolsa de compras, me ve, y cuchichea lo bastante alto para que llegue:

—Mírenla. La fea del morro con tacones. Se volvió gran dama y regresó a dar la cara.

—A lo mejor quiere recuperar al Dueño ahora que está rico y legalizado.

Antes me encogía.

Hoy solo levanto el vaso de jugo en su dirección, sonrío, y la dejo sin gracia.

Jaque se ríe. Luego se pone seria otra vez, y baja la voz.

—Manu… pon atención a algo.

Me agarra la mano.

—El Dueño ya sabe que volviste al Faro. Ya mandó preguntar por ti. Aquí arriba, amiga, él sabe todo lo que sube la cuesta.

—Cuídate.

Miro de nuevo hacia la parte alta del morro.

Allá arriba está mi hija. Y está el hombre que, cinco años atrás, creyó que podía borrarme.

Pues sí, Caio, pienso. Subí la misma cuesta que tú. Solo que esta vez no eres tú quien decide hasta dónde llego.

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