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Mi error más delicioso

Mi error más delicioso

Status: Terminada
Genre:CEO / Reencuentro / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:195
Nilai: 5
nombre de autor: Naira Sousa

Una noche. Un nombre falso. Un error imposible de repetir… y de olvidar.

Lívia llega a la capital con una maleta, pocos ahorros y una única meta: empezar de cero. Esa misma noche, en la barra de un restaurante elegante, un desconocido de ojos verdes y voz profunda le hace olvidar todos sus planes. Ella no da su nombre. Él tampoco lo pregunta.

A la mañana siguiente, la puerta del departamento de su mejor amiga se abre… y el hombre que le dejó la piel ardiendo está parado ahí, con el mismo traje gris. Augusto Lacerda: presidente de uno de los grupos empresariales más poderosos del país, padre de Manuela y dueño de la empresa donde Lívia acaba de pedir trabajo.

Augusto se prohibió a sí mismo todo lo que no pudiera controlar. Lívia no piensa dejar que nadie la humille otra vez. Entre entrevistas que son interrogatorios, miradas que cortan el aire y un secreto que podría destruir la amistad más importante de su vida, cada encuentro es una guerra… que ninguno de los dos sabe cómo dejar de pelear.

Porque algunos errores son demasiado deliciosos para corregirse.

NovelToon tiene autorización de Naira Sousa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

...✿ *AUGUSTO* ✿...

Subí por la parte interna de sus muslos, besando, mordisqueando apenas, evitando con crueldad deliberada el punto donde ella más me deseaba. Su respiración se volvió más agitada. Cuando por fin mis dedos tocaron el encaje húmedo de su ropa interior, arqueó la espalda y un gemido ahogado se le escapó de los labios.

—Por favor… —susurró.

—Por favor… —la animé a seguir hablando, mis dedos trazando círculos lentos sobre la tela empapada y sintiendo el nudo duro de su clítoris a través del encaje.

—Por favor, Daddy… ya no me tortures más.

Era justo lo que quería oír. Con la punta de los dedos hice a un lado el borde de su tanga y la dejé completamente expuesta. Se veía hermosa. Hinchada y brillante de deseo. Me incliné y, por fin, le toqué el sexo con la lengua, apenas, con una lamida lenta desde la entrada hasta el clítoris.

Su cuerpo se retorció con violencia sobre la cama y un grito ahogado le salió de la garganta. Le sujeté las caderas, inmovilizándola, y seguí. Lamiendo, chupando, explorando. Usé la lengua, los labios, la punta de la nariz. Saboreé su gusto único, salado y dulce, mientras el sonido de sus gemidos crecía en volumen y urgencia. Mis dedos entraron en juego, primero uno, luego dos, moviéndose dentro de ella con una lentitud torturante, curvándose para encontrar el punto que la hacía perder el control.

—Augusto… no aguanto… —gemía, con las palabras saliéndole a duras penas entre suspiros.

—Aguantas —ordené, con la voz apagada contra su piel—. No te vengas hasta que yo lo diga.

Seguí con la tortura, alternando besos suaves y succiones voraces, penetraciones superficiales y profundas. Apreté la base de mi propio miembro por encima del pantalón, intentando controlar la ola de deseo que amenazaba con dominarme. Esto no se trataba de mi placer. Todavía no. Se trataba del suyo, de ir levantando la tensión hasta volverla insostenible.

Después de un tiempo que pareció una eternidad, con ella al borde del orgasmo y arrastrada de vuelta una y otra vez, por fin paré. Me incorporé y me quité el pantalón y el bóxer con movimientos bruscos. Mi erección estaba dura, palpitante, con la punta ya húmeda.

Me miró con los ojos empañados y el cuerpo cubierto por una fina capa de sudor. Su boca se abrió en una “o” perfecta.

Me coloqué sobre ella, con la cabeza de mi miembro presionando contra su entrada, caliente, empapada y increíblemente estrecha.

—Mírame. —Le sujeté la barbilla.

Obedeció, y sus ojos se encontraron con los míos.

—¿Quién es tu Daddy?

—Tú —respondió, sin pensarlo dos veces.

Solo entonces me permití entrar. Fue una penetración lenta, infinita, milímetro a milímetro, hasta que estuve por completo dentro de ella, hondo, hasta que nuestras pelvis se encontraron. Los dos gemimos en perfecta sintonía, un sonido de puro éxtasis. Nos quedamos así un momento, unidos, sintiendo los espasmos de sus músculos que se ajustaban a mí.

Entonces empecé a moverme. Cada retirada era una tortura. Mis caderas chocaban contra las suyas con un ritmo lento y profundo. Mi boca encontró sus senos, liberándolos del sostén de encaje para chupar y morder sus pezones endurecidos. Una de mis manos bajó entre nuestros cuerpos y volvió a encontrar su clítoris, masajeándolo en círculos perfectos, sincronizados con mis embestidas.

—Así… así, Daddy… —gemía, con las piernas enroscadas en mi espalda y los talones empujándome hacia dentro.

El ritmo fue aumentando poco a poco, impulsado por sus gemidos y por el apretón cada vez más fuerte alrededor de mí. Su respiración era una serie de suspiros cortos y entrecortados. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—Valesca —gemí su nombre; ya no podía contenerme—. Mírame. Quiero verte.

Abrió los ojos, nublados de placer, y me miró. Sus ojos se abrieron de par en par, su boca se abrió en un grito silencioso y su cuerpo se arqueó con violencia, tensándose bajo el mío. Las contracciones internas fueron intensas, un apretón pulsante y rítmico que casi me hizo perder el control ahí mismo.

—Ahora… Ven conmigo… —gruñí entre dientes, y me hundí en ella una última vez, profunda y completamente, mientras mi propio orgasmo me golpeaba.

El mundo estalló en blanco. Me derramé dentro de ella, oleada tras oleada, cada pulsación respondiendo a los espasmos todavía débiles de su cuerpo. Me desplomé sobre ella, luego rodé hacia un lado y la atraje contra mi cuerpo, aún jadeante, con la piel de ambos pegada por el sudor.

Nos quedamos callados un largo rato, oyendo cómo la respiración del otro volvía poco a poco a la normalidad. Mi mano dibujaba círculos perezosos en su espalda.

Ella fue la primera en hablar, con la voz ronca y satisfecha.

—Entonces… ¿este es el servicio completo de un Daddy?

Me reí, con un sonido bajo y ronco.

—Eso fue solo el calentamiento —me giré para mirarla y vi cómo la sonrisa lenta se extendía por su rostro—. La noche está lejos de terminar.

Se volteó de lado, apoyando la cabeza en la mano, con los ojos castaños fijos en los míos.

—¿Solo el calentamiento, eh? —Se mordió el labio inferior, un gesto pensativo que no ocultaba la chispa de desafío que se reavivaba en su mirada—. Hablas como si yo no pudiera darle la vuelta al juego, ¡señor Augusto!

Una sonrisa lenta curvó mis labios. Mi mano, que trazaba círculos perezosos en su espalda, descendió deslizándose por la curva de su cadera hasta la parte alta del muslo. Su piel estaba caliente, suave, aún vibrando con las huellas del primer orgasmo.

—El juego ya cambió, preciosa. —Mis dedos encontraron la humedad que aún quedaba entre sus piernas y ella contuvo el aliento, cerrando los ojos un instante—. Ahora se trata de cuántas veces vas a gritar mi nombre antes del amanecer. Vas a suplicarme, a lloriquear para que te coja, hasta que mañana se te olvide la dirección de tu casa.

Antes de que pudiera replicar, me giré y la puse boca abajo en la cama. Soltó un gruñido de sorpresa, pero no de resistencia. Su cuerpo se acomodó entre las sábanas, la columna formando una curva perfecta y el arco de las caderas, una provocación deliciosa.

—Augusto…

—¿Ya olvidaste quién soy? ¿Tan rápido? —le di una nalgada que la hizo gemir.

—Daddy…

—Eso.

Empecé por los hombros. Mis labios tocaron la delicada juntura entre el cuello y el hombro, besando, y luego mordisqueando suavemente. Soltó un suspiro tembloroso. Mis manos siguieron el camino, masajeando los músculos tensos de su espalda con una presión firme y bajando vértebra por vértebra.

Aquella noche se extendió hasta convertirse en madrugada, y el penthouse fue el escenario de una entrega sin prisa ni reservas. No nos limitamos a la habitación; aprovechamos cada espacio del lugar. El vapor caliente del baño acompañó caricias lentas bajo el agua de la ducha. El sillón de la sala acogió nuestros cuerpos. Hasta la mesa de la cocina se volvió cómplice cuando fuimos a preparar algo rápido de comer y un nuevo impulso de deseo nos arrastró. Ni siquiera el balcón se salvó. Hicimos todo lo que era posible, ella inclinada sobre el muro, gimiendo mi nombre sin pudor alguno.

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