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El Don en quien confiaba mi hermano

El Don en quien confiaba mi hermano

Status: Terminada
Genre:Mafia / Juego de roles / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:19
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Marlowe

Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.

Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.

Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.

Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.

NovelToon tiene autorización de Elena Marlowe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: Me la cogería hasta la próxima semana

Sienna

El golpe en la puerta me hizo dar un salto. Saqué la mano de debajo del vestido de un tirón y alisé la tela, segura de que la cara me ardía.

—¿S-sí?

Tras un momento de silencio, la voz de Ronan llegó a través de la puerta, baja y profunda y demasiado cerca.

—Llegó tu hermano. A cenar.

Lo oí darse la vuelta y alejarse sin prisa. Apoyé la frente contra la puerta y quise morirme. ¿Me habría oído? No podía ser; no había hecho ningún ruido.

¿Verdad?

Esperé a que las piernas dejaran de temblarme. Después me arreglé el pelo, revisé el labial y bajé como una mujer normal que definitivamente no acababa de tocarse pensando en el hombre de la casa.

Wes estaba en la sala, sin saco y con las mangas arremangadas.

—Ahí está —dijo—. ¿Por qué saliste corriendo?

—Se me olvidó el celular.

Sentía a Ronan en algún lugar detrás de mi hermano. No miré. Me negué a mirar.

—¿Vamos a salir? —pregunté.

—No. El edificio tiene su propio chef. Pedí que subieran la cena. —Wes me frunció el ceño—. ¿Te parece bien? Tienes cara de querer salir.

Me miré el vestido. Iba demasiado elegante para cenar en casa.

—No, está bien —dije enseguida—. Quedarnos es perfecto. Tenemos mucho de qué ponernos al día.

El comedor resplandecía con una suave luz dorada contra la madera oscura. Ya estaban en la mesa un filete, verduras asadas, pan fresco y una botella de vino tinto, junto con tres platos. Se me aceleró el pulso al darme cuenta de que Ronan cenaría con nosotros.

Ronan se sentó a la cabecera, por supuesto, con Wes a un lado y yo al otro. Estaba lo bastante cerca para oler su colonia, algo oscuro, amaderado y caro.

—Come —dijo Wes, que ya me servía comida en el plato como si siguiera siendo una niña flaca.

Ronan cortó su filete sin una palabra y no me miró ni una vez. Era como si yo ni siquiera estuviera en la sala, lo cual estaba bien. Perfectamente bien. Crucé las piernas bajo la mesa y la punta de mi zapato rozó su pierna. Me quedé inmóvil, esperando que se apartara, como lo haría cualquier persona normal.

No lo hizo. Su pantorrilla siguió ahí, cálida y firme contra mi zapato, y el cuchillo en su mano se detuvo un segundo diminuto antes de seguir cortando. Pero lo vi. Retiré el pie tan rápido que casi pateé la mesa.

—Bueno, peque —dijo Wes, sin enterarse de nada—. ¿Cuál es el plan? ¿Quieres tomarte un descanso? ¿Más estudios? No tienes que trabajar, ¿sabes? Yo puedo hacerme cargo de los dos.

Tragué saliva con la boca seca.

—¿Me vas a dejar ser floja?

—Yo lo llamaría descansar. Llevas años matándote trabajando.

Volvió a verse culpable. Siempre se veía culpable cuando hablábamos del pasado.

—Quiero trabajar —dije—. Quiero mi propio dinero.

—¿Haciendo qué?

—Esperaba poder trabajar para ti. En alguno de tus negocios. —Hice una pausa—. Sean cuales sean.

Entonces Ronan levantó la vista. Sus ojos azul profundo se posaron en mí y todo mi cuerpo se tensó. Había olvidado que podía hacer eso. Ignorarme veinte minutos y luego mirarme como si yo fuera lo único en la sala.

—No —dijo Wes, con voz seca—. No vas a trabajar para nosotros.

Me mordí el labio. Mi hermano tenía esa mandíbula terca, y no quería arruinar nuestra primera cena insistiendo.

—Fui bartender durante toda la carrera —dije en voz baja—. Se me da bien.

—Puede trabajar en The Copper Room.

La voz de Ronan cortó la sala como una cuchilla. Ya no me miraba a mí. Miraba a Wes.

—Necesitan a alguien detrás de la barra.

—No. —Wes dejó la copa de vino con un golpe—. No va a trabajar en ninguno de nuestros locales.

¿Por qué? ¿Qué clase de locales eran?

—Ahí puedes vigilarla —dijo Ronan.

Su voz era tan grave que salió como un rumor. Lo sentí bajarme por toda la columna.

—Ya veré qué hago —dijo Wes.

Y ahí terminó el asunto. Ronan acabó su filete, se limpió la boca y se levantó.

—Buenas noches —le dijo a Wes.

A mí no me dijo nada. Al pasar, sus dedos rozaron el respaldo de mi silla, tan cerca de mi hombro desnudo que sentí moverse el aire sin que me tocara.

Luego se fue.

Wes se sirvió otra copa de vino.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo—. ¿Has hablado con mamá y papá, aunque sea una vez?

Se me hundió el estómago.

—No. Hace años que no. ¿Tú?

—No. —Se frotó la mandíbula—. Nunca me contaste cómo saliste de ahí. Cómo terminaste donde terminaste.

No quería hablar de eso esa noche, ni ninguna otra.

—¿Desde cuándo hablamos del pasado? —Señalé con la mano las luces doradas, los ventanales enormes, la ciudad allá abajo—. Mira dónde estamos. Mejor vivamos aquí.

Me miró un largo rato. Luego asintió. Cuando terminamos, me levanté y empecé a apilar los platos. Wes se rio y me los quitó de las manos.

—Alguien viene a hacer eso.

—¿Quién?

—El personal de cocina. —Me lanzó una mirada—. Acostúmbrate, hermanita. Se acabó eso de rebajarte.

Me dejé sacar del comedor, aunque no dejaba de mirar atrás, hacia el desorden. En casa yo lo limpiaba todo y me quedaba callada, porque un plato sucio podía desatar una guerra si mi padre llegaba de mal humor.

Las viejas costumbres no mueren. Solo aprenden a esconderse.

Esa noche me quedé despierta en la cama más grande que había visto en mi vida. Nadie había mandado un mensaje para preguntar si había llegado bien, pero yo seguía viendo a Ronan: la forma en que estaba al pie de la escalera, los tatuajes en sus nudillos y el cuchillo que se detuvo cuando mi zapato tocó su pierna.

¿Por qué no se había apartado?

Hacia la medianoche, sus pasos pasaron frente a mi puerta. Otra puerta se abrió y se cerró al fondo del pasillo, y yo miré el techo, preguntándome cómo sería su habitación y si dormiría con algo puesto. Apreté los muslos y me di la vuelta, boca abajo.

Iba a ser un mes muy largo.

Ronan

The Gilded Hour no abría hasta las diez de la noche, lo que lo convertía en el sitio más tranquilo de todos los que tenía durante el día. Por eso mi oficina estaba ahí. Wes se sentó frente a mi escritorio, repantigado en el sillón de cuero, con la vista perdida.

—¿Dónde tienes la cabeza? —pregunté.

Esa noche teníamos una reunión con gente que no perdona errores. Lo necesitaba despierto. Un hombre distraído es un hombre muerto.

Parpadeó y se enderezó.

—En mi hermana.

Claro.

—Te lo dije —respondí—. Puede atender la barra en The Copper Room. Un bartender no toca el negocio de verdad. Lo sabes.

—No quiero que se acerque a nada de eso. —Negó con la cabeza—. Legal o no. Ella no.

The Copper Room era un negocio limpio, y el personal nunca veía lo que ocurría por debajo. Aun así no discutí con Wes. Sienna era su hermana, y la decisión era suya.

Kestrel Holdings era dueña de clubes nocturnos, restaurantes, casinos y unos cuantos clubes privados que no eran para los débiles de corazón. También teníamos una empresa de manejo de residuos, más útil de lo que uno pensaría. Cada uno de esos negocios era real y daba dinero.

Todo eso descansaba sobre el negocio de la familia, que había pasado de mi abuelo a mi padre. Él me mandó al ejército, como su padre lo había mandado a él, y después me fue dando más responsabilidades cada año desde mi regreso.

Ahora yo era el Don más joven que la familia Kestrel había tenido jamás. Mi padre era mi consigliere, mi primo Theo, mi subjefe, y Wes Hale, mi mano izquierda.

Wes no era de mi sangre, ni lo necesitaba. Habíamos sangrado juntos en las Fuerzas Especiales, y más de una vez le había confiado mi vida. Había hecho el juramento y sabía exactamente lo que yo era. Por eso no quería a su hermanita cerca de mí.

—Voy a llamar a Jules —dijo Wes, sacando el celular—. A ver si tiene algo para ella en el local.

Fruncí el ceño.

—¿Jules Marchetti?

—Es un buen amigo. Él y su gemela no están en la vida. Es limpio. —Empezó a escribir—. Dijo que podía conseguirle trabajo y vigilarla por mí.

Las palabras vigilarla por mí me apretaron algo en el pecho. No dije nada, porque no era asunto mío, aunque la noche anterior no dejaba de volver a mi cabeza.

Yo la había visto una sola vez, años atrás, cuando era una adolescente flaca que se escondía detrás de su hermano. Ya no era una adolescente. Sienna Hale tenía pestañas largas y oscuras, ojos gris verdoso que parecían soñolientos y sexys sin proponérselo, y el tipo de cara que se ve en las portadas de las revistas. Era despampanante, y dudaba que lo supiera.

Ese vestidito negro le ceñía la cintura y las caderas tanto que tuve que obligarme a apartar la vista. Cuando subió corriendo, el dobladillo se alzó lo bastante como para que casi la siguiera.

En realidad, sí la seguí. Me quedé fuera de su puerta un minuto entero antes de tocar, y oí su respiración corta y rápida, la de una mujer que intenta con todas sus fuerzas no hacer ruido.

Conocía ese sonido. En la cena, cuando su zapato se deslizó contra mi pierna, debí apartarme. En cambio me quedé quieto para ver qué haría.

Volvió a huir.

Era la hermana menor de mi mejor amigo. La hermanita de mi mano izquierda. Esa era una línea que yo no cruzaba, pero créeme cuando te digo esto.

Si no fuera la hermana de Wes, me la cogería hasta la próxima semana.

—¿Qué hacemos mañana? —preguntó Wes, levantando la vista del celular—. Jules quiere conocerla primero.

—Mañana está bien —dije, mirando la laptop para que no me viera la cara—. Pasado mañana tenemos envíos.

—Perfecto. La llevo al local por la mañana.

Siguió escribiendo mientras yo miraba la pantalla, leyendo la misma línea cuatro veces. Lo único que podía imaginar era a Jules Marchetti, cubierto de tinta y sonriéndole a Sienna como les sonreía a todas las mujeres de la ciudad. No sabía por qué me enfurecía tanto la idea de que la vigilara, pero así era.

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