Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 15
Momentos después, Valeria siguió a Patricia hasta la habitación de Sebastián en el piso superior. Patricia echó un vistazo a las bolsas que Valeria había traído.
—¿Dónde están los cosméticos y los productos para la piel que compraste? —preguntó.
Valeria se apresuró a tomar una bolsa de papel de encima de la cama.
—Aquí, mamá. Pero todavía no sé cómo usarlos.
Patricia sonrió.
—Perfecto. Hoy justamente te voy a enseñar.
Valeria se alegró muchísimo al saber que su suegra iba a instruirla. Las dos pasaron a la habitación contigua, la de Patricia.
Al entrar, Patricia acercó una silla al tocador.
—Siéntate.
Valeria obedeció y se acomodó frente al tocador con la espalda recta y las manos apoyadas con pulcritud sobre el regazo, como una alumna lista para recibir la lección.
Sobre la mesa, Patricia fue sacando uno a uno los productos recién comprados y los alineó con esmero.
Los ojos de Valeria se abrieron al contemplar el tocador repleto de frascos de cremas, brochas y estuches de maquillaje que pertenecían a Patricia.
—Cuántos cosméticos —murmuró.
Patricia estudió el rostro de su nuera unos instantes y tomó un frasco de crema hidratante.
—Si quieres aprender a maquillarte, no empieces por el maquillaje.
Vertió una gota de crema en la yema del dedo y la extendió con suavidad por el rostro de Valeria.
—Lo más importante es cuidar la piel antes de todo.
Valeria asintió con seriedad.
—Sí, mamá.
—Primer paso: limpiar el rostro. Después, aplicar la hidratante. Y nunca olvides el protector solar. —Patricia tomó otro frasco.
Valeria pareció extrañada.
—¿Aunque vivamos en la montaña?
—Sí. —Patricia le dedicó una sonrisa paciente—. El sol siempre tiene rayos ultravioleta que pueden apagar el brillo de la piel. Así que no seas perezosa con el protector solar.
—Ah, ya veo.
Valeria volvió a asentir. No les quitaba los ojos de encima a las manos de Patricia. De vez en cuando repetía mentalmente cada indicación para no olvidarla.
Al advertir la dedicación de su nuera, Patricia sonrió con orgullo. Valeria aprende rápido, pensó.
Terminada la rutina de cuidado básico, Patricia tomó el polvo compacto.
—Cuando la piel está lista, entonces sí aplicamos el maquillaje.
Extendió una capa finísima de polvo sobre el rostro de Valeria y le perfiló las cejas con trazos ligeros. A continuación, eligió un labial en tono nude y lo deslizó con cuidado por los labios de su nuera.
—Para el día a día no hace falta un maquillaje cargado. Algo sencillo es más que suficiente —explicó.
—¿Por qué, mamá?
Patricia contempló el rostro de Valeria y sonrió.
—Porque ya eres bonita de por sí. El maquillaje solo te ayuda a verte más fresca; no cambia quién eres.
Las mejillas de Valeria se encendieron al instante.
—Siempre eres tan amable conmigo.
Patricia se limitó a sonreír.
Unos minutos más tarde, giró la silla hasta que quedó frente al espejo.
—Listo —dijo, dándole una palmadita suave en el hombro a Valeria—. Ahora mírate.
Valeria abrió los ojos despacio. En cuanto vio su reflejo, se quedó inmóvil. Los ojos se le agrandaron.
—¿Esto...? —Se tocó la mejilla con cuidado, como para asegurarse de que aquel rostro fuera realmente el suyo—. ¿De verdad soy yo, mamá?
Patricia rio divertida.
—Si no eres tú, ¿quién va a ser? ¿La vecina?
Valeria se rio, avergonzada. Volvió a observar su reflejo. El maquillaje era casi imperceptible, pero su piel lucía más luminosa y fresca. Las cejas se veían definidas y los labios tenían un rosa natural. Su apariencia seguía siendo sencilla, pero ahora irradiaba una elegancia suave.
—Me veo diferente —murmuró.
Patricia negó despacio. Se colocó detrás de Valeria y le posó ambas manos sobre los hombros.
—No eres diferente. Sigues siendo la misma Valeria. Solo que la belleza natural que tenías escondida ahora se nota más.
Los ojos de Valeria se humedecieron.
—Gracias, mamá. Es la primera vez que alguien me enseña estas cosas.
Patricia le apretó la mano con ternura. Luego habló con voz serena, como una madre que aconseja a su hija.
—Valeria, una mujer no tiene que maquillarse siempre, pero cuidarse es importante. No para que la halaguen ni para competir con otras. Sino como forma de agradecer lo que tiene y de valorarse a sí misma.
Valeria asintió despacio. Aquellas palabras le llegaron hondo.
—Ahora lo entiendo, mamá. Resulta que cuidarse no significa exagerar.
Patricia sonrió con satisfacción.
—Exacto.
Al poco rato, las dos bajaron a la sala. Don Alejandro, que leía el periódico cómodamente sentado en el sofá, levantó la vista al oír sus pasos. Se quitó los anteojos con calma. Parpadeó varias veces.
—¿Valeria? —El anciano se quedó boquiabierto al ver el cambio en su nieta política.
—Sí, abuelo —respondió Valeria, sonriendo con timidez.
Don Alejandro soltó una carcajada.
—¡Dios santo, mi nieta política se ha vuelto guapa como una artista de cine!
Valeria agachó la cabeza de inmediato. Las mejillas le ardían de vergüenza.
—Abuelo, por favor...
—¡No es broma! —Don Alejandro rio entre dientes y giró la cabeza hacia el pasillo al oír unos pasos.
—¡Sebastián! —llamó en voz alta.
El joven acababa de regresar del almacén de té, con las mangas de la camisa enrolladas hasta el codo. Apenas había puesto un pie dentro de la casa cuando la voz de su abuelo lo hizo mirar hacia la sala.
—¡Mira a tu esposa!
Sebastián entró en la sala. Sus pasos se detuvieron en el momento en que la mirada se posó en Valeria. Durante unos segundos permaneció de pie, inmóvil, sin pronunciar palabra.
Valeria, al darse cuenta de que Sebastián no dejaba de observarla, se puso nerviosa de golpe. El pulso se le aceleró. Sin pensarlo, se alisó el frente del vestido que llevaba puesto.
¿Habrá algo mal? ¿Le parecerá raro el maquillaje?, se preguntó, inquieta.
Al percibir la reacción de su nuera, Patricia sonrió con picardía. A propósito, lanzó una mirada a su hijo, que seguía clavado en el sitio.
—A ver, Sebastián —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Qué opinas?
Sebastián no contestó de inmediato. Sus ojos seguían puestos en Valeria, recorriendo el rostro que ahora lucía más fresco con aquel maquillaje tenue y la sonrisa tímida.
Valeria se armó de valor y levantó la cara.
—Sebastián... —lo llamó con un hilo de voz.
Sebastián parpadeó.
—¿Sí?
—¿Hay algo raro?
Sebastián negó con brevedad.
—No.
Valeria soltó el aire, aliviada, pero la curiosidad no se le iba.
—Entonces, ¿qué te parece?
Unos segundos de silencio. Hasta que, al fin, la comisura de los labios de Sebastián se elevó en una sonrisa apenas perceptible.
—Hermosa. —Una sola palabra, pero dicha con absoluta sinceridad.
Las mejillas de Valeria se tiñeron de rojo al instante. Agachó la cabeza, abochornada.
Patricia se tapó la boca para contener la risa.
—¿Eso es todo? —lo provocó—. ¿Un solo comentario de una palabra?
Don Alejandro, que presenciaba la escena desde el sofá, soltó una risita.
—Mi nieto es el hombre más parco del mundo. Si le pidieran un discurso de cinco minutos, lo despacharía en tres frases.
Sebastián exhaló despacio.
—Abuelo...
—¿Qué? —respondió Don Alejandro, sin perder la sonrisa.
—Valeria de verdad es hermosa. —La respuesta volvió a provocar una oleada de risas.
—¡Ahí está! —exclamó Don Alejandro—. Si piensas que es hermosa, dilo de una vez.
Patricia asintió y le dio una palmadita suave en el hombro a Valeria, sonriendo con calidez.
—Ya, no te avergüences. Si Sebastián dice que eres hermosa, es que lo eres de verdad. Porque no es la clase de hombre que suelta un halago con facilidad.
Valeria alzó el rostro poco a poco. A hurtadillas, le lanzó una mirada a Sebastián, que ya se había sentado con una taza de café en la mano. Su expresión había regresado a la sobriedad habitual, como si el cumplido de hacía un momento no tuviera importancia. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, Sebastián inclinó la cabeza en un gesto breve. Un movimiento pequeño que parecía repetir en silencio lo que había dicho.
Sí, eres hermosa.
Sin darse cuenta, una sonrisa le floreció a Valeria en los labios. La agitación que le había llenado el pecho fue disipándose de a poco, reemplazada por una calidez difícil de poner en palabras.
Patricia los observó con una sonrisa conmovida.
La casona, que durante años había permanecido en silencio, comenzaba a llenarse de risas, bromas y una sencilla calidez. Y por primera vez desde la muerte de su padre, Patricia vio cómo Sebastián iba abriendo, poquito a poco, la muralla que durante tanto tiempo había levantado alrededor de su corazón.