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PUDRETE PARÍS... AHORA AMARÉ A HÉCTOR

PUDRETE PARÍS... AHORA AMARÉ A HÉCTOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.

En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.

En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.

Pero la tercera vez será diferente.

Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.

Sin dudarlo, Helena lo elige.

Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.

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La ira de Troya

El silencio que siguió a las palabras de Helena fue denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera congelado en el salón del trono. Nadie se atrevía a respirar. Todos miraban la espada que aún sostenía en alto, la punta apuntando al pecho de París, que seguía encogido, presionando su brazo sangrante, pálido y temblando. Pero antes de que nadie pudiera moverse, uno de los ancianos nobles, el lord Euforión, se levantó de su asiento con lentitud y miró a París con una severidad que heló la sangre.

—La princesa dice la verdad —su voz resonó firme, sin temblar—. No es locura, es claridad. Este muchacho es un necio. Un niño caprichoso que ha jugado con el destino de todos nosotros. Traer la guerra de Agamenón a nuestras puertas voluntariamente… no es audacia, es suicidio.

Otro noble, el comandante de las fronteras, se puso de pie de un golpe.

—¡Tiene razón! —exclamó—. ¡París nos ha condenado! ¡Dos princesas griegas bajo nuestro techo, una de ellas la hija del rey más poderoso de Grecia! ¡Esto no es un trofeo, es una sentencia de muerte! ¡Si lo dejamos vivir, todos moriremos! ¡Que pague por su estupidez! ¡Ejecútenlo!

—¡Ejecútenlo! —repitió un tercero, y pronto el grito se extendió por todo el consejo—. ¡Muerte al que trajo la guerra! ¡Que su sangre apague el fuego que encendió!

Príamo se puso de pie, con el rostro desencajado, intentando imponer orden, pero su voz fue ahogada por las voces de los nobles que exigían justicia. Hécuba permanecía sentada, rígida, con la mirada fija en su hijo, y por primera vez no había defensa en sus ojos. Solo un dolor profundo y una certeza amarga: los nobles no estaban equivocados. Su hijo había cometido un error imperdonable.

Helena, con la espada aún en la mano, vio cómo la sala se dividía entre el deber y el amor de padre. Pero ella no bajó el arma. Solo apartó la mirada de París un instante y miró a los nobles, con la misma firmeza:

—No pido su muerte por placer —dijo, y su voz ya no era un grito de furia, sino un juicio—. La pido porque su vida nos costará miles de las nuestras. Si lo entregamos muerto a los griegos, quizás… solo quizás, tengan motivo para no atacarnos. No quiero sangre, pero tampoco quiero ver arder mi ciudad. Mi hogar. Mi hijo.

Pasaron las horas. Dos largas horas en las que el palacio entero fue un hervidero de murmullos y tensión. La noticia se filtró rápido: París había traído a la hija de Agamenón. Helena lo había herido. Los nobles pedían su cabeza. Y el pueblo, que siempre había amado la belleza y los cuentos de hadas, esta vez no vio romance. Vio peligro. Vio muerte. Vio la guerra acercándose por culpa del príncipe caprichoso.

Las calles se llenaron de gente. Miles de personas se agolparon frente a las puertas del palacio, gritando con una furia que hacía temblar los cimientos:

—¡MUERA PARÍS! ¡MUERA EL TRAIDOR! ¡NO QUEREMOS GUERRA! ¡ENTRÉGALO Y QUE SEA LO ÚLTIMO QUE NOS CUESTE!

El grito era ensordecedor, unánime, desgarrador. No era odio gratuito. Era miedo convertido en ira. Troya ardía, pero no en llamas enemigas: ardía en indignación, en rabia contenida, en el dolor de saber que todo lo que amaban estaba en riesgo por la vanidad de un solo hombre.

Desde el balcón, Helena, Héctor, Príamo y Hécuba miraban hacia abajo. Veían a su pueblo, el pueblo que amaban, pidiendo la vida de uno de sus príncipes para salvarse a sí mismos. Y París, que había sido llevado a los aposentos para curar su herida, ya no escuchaba aplausos. Solo escuchaba su nombre convertido en maldición, en amenaza, en condena.

—Lo han perdido todo —susurró Hécuba, con lágrimas en los ojos—. El pueblo lo rechaza. Los nobles lo condenan. Mi hijo… el hijo que crié con tanto amor… se ha convertido en el enemigo de su propia ciudad.

Príamo apretó los puños, luchando entre el corazón de padre y el deber de rey.

—Si no lo entrego… se volverán contra nosotros. Si lo entrego… lo entrego a la muerte. Y sea cual sea la decisión, la guerra puede venir igual. Agamenón no necesita excusas. Solo necesita un pretexto. Y París se lo ha dado en bandeja.

Héctor miró a Helena, que aún sostenía la espada, aunque su mano ya no temblaba. La furia se había transformado en una tristeza profunda.

—Lo hiciste sin querer —le dijo él suavemente—. Despertaste la verdad que todos temían ver. El pueblo no pide su muerte por ti. La pide porque sabe que él los condenó.

—No quiero que muera —respondió ella, con voz quebrada—. Pero tampoco quiero que mueran ellos. ¿Qué hacemos, Héctor? ¿Cómo se elige entre la vida de un necio y la de miles de inocentes?

La pregunta quedó flotando en el aire, mientras abajo, el pueblo seguía gritando, cada vez más fuerte, más desesperado, y el sol empezaba a ocultarse tras las murallas, tiñendo de rojo el cielo sobre Troya, como si el destino ya hubiera escrito el fuego que vendría.

En ese momento, las puertas del palacio se abrieron de golpe. Y entre la multitud, viendo hacia arriba, con los ojos llenos de asombro y comprensión, estaba Ifigenia. No gritaba. No pedía nada. Solo miraba, y sabía: la guerra no era culpa de París. No era culpa de Helena. Era culpa de todos. Y ahora, la decisión estaba en manos de quienes podían detenerla… o dejar que todo ardiera.

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Carolina💖
Mi hermana no nos dejaba dormir con su llanto. Fueron 7 meses eternos hasta que una noche increible durmió hasta la madrugada. Fue un regalo invaluable
EspirituCreativo: Jajaja
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Carolina💖
🎼Ta ta ta taaaannnn!!!🎶
EspirituCreativo: Cha cha chaaaa
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Elba Lucia Gomez
a ver casi Diosa y protegida por Apolo y es tonta agggg😝
Carolina💖
Ya en el primer capítulo di mi voto. Aguante Helena!! Elige tu propio destino
EspirituCreativo: Dale helena no nos defraudes
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Dora Guzman Pacherres
Ojalá no suceda nada, la envidia es mala consejera. Espero y puedan ser felices realmente.
EspirituCreativo: Continúa leyendo, jeje
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