Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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Tensión
Para las doce del mediodía, Amparo, la chismosa oficial del valle, había terminado su misión con una eficiencia casi admirable. No había dejado casa sin visitar, tienda sin detenerse ni vecino sin abordar. La historia de Andrés había viajado de boca en boca con una velocidad que habría avergonzado al mismísimo viento. A la hora del almuerzo, todos conocían ya los detalles de su desgracia. Todos sabían y sin embargo, nadie parecía saber realmente qué hacer con aquella información. La familia Santiesteban comenzó a percibirlo durante las primeras horas de la tarde. Fátima fue la primera. Había salido al mercado con una lista sencilla y regresó con mucho más de lo que necesitaba. La dependienta, habitualmente parca, se había mostrado aquel día extrañamente amable. Ya en la caja para pagar el importe la mujer le dijo.
-Llévate estos tomates, Fátima. Son los mejores que me han llegado.
-¿Y esas manzanas? -había preguntado ella.
-También. Están dulces. Te las voy a dejar más baratas.
Fátima había terminado comprando ambas cosas. No porque las necesitara. Sino porque no había sabido cómo rechazar tanta amabilidad. El trayecto de regreso fue todavía más extraño. Cada pocos metros alguien la detenía. Una vecina le preguntaba por la familia. Otra le ofrecía ayuda. Un anciano le habló durante casi cinco minutos de cualquier cosa, hasta que finalmente terminó diciendo.
-Dígale al muchacho que no está solo.
Fátima regresó a casa confundida. Carlos también notó algo diferente. Había salido a discutir con el sheriff y con el alcalde por el nuevo tendido de fibra óptica que pretendían extender hasta la zona de la cueva de Lía. Llegó preparado para una batalla administrativa y terminó encontrándose con una cordialidad que no esperaba. Incluso el director del instituto rural apareció personalmente para informarle que el castigo de Andrés había quedado suspendido.
Podía regresar a clases. Sin sanciones adicionales. Sin perder asistencia. Carlos permaneció en silencio durante varios segundos.
-¿Y eso? -el director se encogió de hombros.
-Consideramos que ya ha sido suficiente.
No hubo más explicaciones, pero Carlos comprendió. El valle había hablado y por una vez, no lo había hecho para condenar. Andrés regresó al instituto al día siguiente. Entró por la puerta principal con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Había preparado su mente para los murmullos. Para las miradas. Para las risas. Para escuchar su nombre acompañado de algún comentario desagradable, pero nada de eso ocurrió. Los estudiantes continuaron con sus conversaciones. Algunos lo miraron brevemente. Después apartaron la vista. Nadie se acercó. Nadie lo insultó. Nadie le preguntó nada.
Era extraño. Mucho más extraño que ser señalado. Andrés caminó hasta su lugar y se sentó. Durante la primera clase apenas pudo concentrarse. Sentía que todo el mundo conocía su historia, pero nadie parecía dispuesto a utilizarla contra él y aquella indiferencia terminó doliéndole más de lo que esperaba. En el descanso vio a Aritza, Mateo y Lian al otro lado del patio. Los tres hablaban entre ellos. Mateo dijo algo que hizo reír a Aritza. Lian negó con la cabeza, sonriendo. Eran una pequeña isla. Una de esas amistades que parecían existir dentro de un mundo propio.
Andrés los observó desde lejos. No queriendo acercarse. Deseando hacerlo y sintiendo, al mismo tiempo, una punzada de envidia. Él también quería aquello. Amigos. Confianza. Una vida sencilla. Una vida sin que cada mirada le recordara lo que había sucedido. Una vida sin cicatrices. Apartó la mirada, pero ya era demasiado tarde. Porque, durante un instante, Lian había levantado los ojos. Sus miradas se encontraron. Solo un segundo. Quizá menos. Andrés fue el primero en apartarla.
El silbato del profesor rasgó el aire húmedo de la tarde. El campo de deportes, un rectángulo de tierra polvorienta rodeado de pinos, era el único lugar del valle donde las jerarquías se diluían en el esfuerzo físico. O deberían. Andrés ató los cordones de sus zapatillas con dedos torpes, sintiendo el peso de la mirada invisible que llevaba todo el día sobre él. No era hostilidad, era algo peor. Una especie de compasión distante, como si lo hubieran envuelto en cristal. Sus compañeros se movían a su alrededor en un ballet coreografiado de evasivas. Los balones pasaban de largo, las conversaciones se apagaban a su paso y el silencio que lo rodeaba era tan denso que casi podía palparse.
Lian estaba al otro lado de la cancha, absorto en ajustarse la cinta en la frente. Su pelo negro caía como un cascada sobre sus ojos y Andrés no pudo evitar notar la gracia natural con la que se movía, ajena al mundo, ajena a él. Junto al chico, Aritza reía de algo que Mateo había dicho, sus cabezas inclinadas en complicidad. Andrés sintió el aguijón de la envidia, tan familiar y amargo como la bilis. El profesor reunió a los estudiantes en el campo y explicó los ejercicios del día. Carreras cortas. Trabajo por parejas. Circuitos de resistencia. Nada extraordinario. Al menos eso parecía. Andrés se colocó al final de la fila. No quería llamar la atención. No quería ser visto y mucho menos quería acercarse a nadie. El profesor comenzó a distribuir las parejas.
-Mateo con Aritza. -ambos se colocaron juntos.
-Lian te toca con Andrés. -el mundo pareció detenerse. Andrés levantó la cabeza. Lian hizo exactamente lo mismo. Durante unos segundos ninguno se movió. -¿Algún problema? -preguntó el profesor.
-No. -respondió Lian demasiado rápido.
-Ninguno. -dijo Andrés al mismo tiempo. -y precisamente por la rapidez de ambas respuestas, Mateo levantó una ceja. Aritza también los observó, pero ninguno comentó nada. Andrés caminó hacia Lian. Cada paso parecía innecesariamente largo. Cuando finalmente quedaron frente a frente, ninguno sabía qué decir.
El profesor explicó el ejercicio. Tenían que correr hasta una marca, regresar y entregar el testigo al compañero. Una actividad sencilla. Sin contacto. Sin motivo alguno para sentirse incómodos, pero Andrés descubrió que la verdadera dificultad no estaba en correr. Estaba en permanecer cerca de Lian. Porque había algo inexplicable en aquella proximidad. Algo que ninguno había buscado. Algo que ninguno quería y que precisamente por eso, resultaba todavía más desconcertante.
-¿Preparados? -ambos asintieron.
-¡Ya!
Andrés salió disparado. Corrió con más fuerza de la necesaria. Como si pudiera escapar de algo. Lian recibió el testigo y salió detrás. Cuando regresó, ambos coincidieron en el centro del circuito. Sus manos se rozaron al intercambiarlo. Fue apenas un contacto accidental. Un instante insignificante, pero los dos se quedaron inmóviles.
Andrés retiró la mano inmediatamente. Lian hizo lo mismo.
-Perdón.
-No pasa nada. -otra pausa. El profesor gritó desde el otro extremo.
-¡Vamos! ¡Otra vez chicos!
Continuaron, pero algo había cambiado. Ahora ambos eran demasiado conscientes del otro. De sus movimientos. De sus silencios. De cada vez que sus caminos se cruzaban. Cuando Lian corría, Andrés miraba hacia otro lado. Cuando Andrés regresaba, Lian fingía concentrarse en el ejercicio. Era absurdo y sin embargo, ninguno podía evitarlo. En la siguiente ronda ocurrió lo inevitable.
Lian tropezó. No llegó a caer, pero perdió el equilibrio. Andrés reaccionó instintivamente y extendió una mano para sujetarlo del brazo.
Lian levantó la mirada. Quedaron demasiado cerca. Por un instante, ninguno respiró con normalidad. Los ojos azules de Lian se encontraron con los de Andrés y algo silencioso pasó entre ambos. No fue una declaración. No fue un gesto deliberado. Ni siquiera fue una elección. Fue simplemente una reacción. Una atracción absurda, inoportuna, completamente fuera de lugar. Una de esas cosas que llegan sin pedir permiso y que, precisamente porque nadie las desea, resultan más difíciles de ignorar. Lian retiró el brazo.
-Estoy bien. -Andrés soltó la mano.
-Bien. -pero ninguno se movió. Hasta que Mateo gritó desde lejos.
-¡¿Van a terminar el ejercicio o piensan quedarse ahí todo el día?!
El hechizo se rompió. Lian dio un paso atrás. Andrés hizo exactamente lo mismo y fue como si un resorte los hubiera separado. Cada uno regresó a su lado del campo con una rapidez casi ridícula. Aritza miró a Mateo. Mateo miró a Aritza. Ambos volvieron la vista hacia los dos muchachos. No dijeron nada. No hacía falta. El ambiente había cambiado. Incluso los demás estudiantes parecieron percibirlo.
-¡Parejas para el partido de fútbol sala! -gritó el profesor y los cuerpos comenzaron a agruparse con la eficiencia de la costumbre. Los líderes naturales eligieron a los suyos y uno a uno, los alumnos fueron absorbidos por equipos. Andrés quedó al margen, pero esta vez no era el marginado; era el apestado, el portador de una historia que todos conocían y nadie mencionaba.
-Tú. -dijo el profesor señalándolo. -Al equipo azul. -Andrés asintió y se dirigió a la portería, donde el portero titular, un chico corpulento, lo recibió con una palmada en el hombro tan forzada que parecía un electroshock.
-Tú quietecito aquí, ¿vale? -murmuró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. -Yo cubro. -y se alejó a un metro de distancia como el que escapa de una catástrofe eminente.
El partido comenzó con una vorágine de gritos y zancadas. Andrés se mantuvo al borde del área, un espectador más en su propia vida, pero entonces, un balón desviado por Aritza salió disparado hacia la línea de banda y Andrés, por puro reflejo, corrió a interceptarlo. Lian también lo hizo. Fue como un accidente de tráfico en cámara lenta. Chocaron en el centro de la trayectoria, sus hombros impactando con una violencia sorda que los hizo tambalearse, pero lo que ocurrió después fue peor. El balón rodó entre sus piernas y en el torpe intento por controlarlo, sus piernas se enredaron. Cayeron sobre el césped. Mientras la clase contenía el aliento. La mano de Andrés, áspera y fría, se cerró sobre la muñeca de Lian, sintiendo el latido de su pulso acelerado.
El contacto duró una eternidad de dos segundos. Lian levantó la vista y sus ojos se encontraron. No hubo asco en su mirada, ni lástima, ni siquiera el reconocimiento de la historia que los precedía. Hubo algo más primitivo. Un destello de sorpresa, un parpadeo de reconocimiento animal que decía tú también estás aquí, tú también eres real y luego, tan rápido como había llegado, ese destello se apagó, reemplazado por un muro de indiferencia tan alto que Andrés sintió vértigo.
-Tú. -dijo Lian, con una voz que apenas era un susurro, pero que contenía todo el peso de una acusación. -Quítate de encima.
Andrés obedeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus dedos se abrieron. Se puso de pie inmediatamente y Lian también, retrocediendo un paso, luego otro, como si el otro fuera una llama que podía quemarlo. Andrés vio cómo Aritza y Mateo, que habían presenciado el breve intercambio desde la línea de fondo, intercambiaban una mirada de preocupación. Vio cómo el resto del partido se detenía, congelado en un cuadro de expectación. Mientras el balón quedaba olvidado por ambos bandos.
Fue entonces cuando ocurrió. Ambos se sonrojaron visiblemente. Se separaron aún más. Andrés dio tres pasos atrás, Lian cinco a la izquierda y el espacio entre ellos se llenó de vacío, de preguntas sin respuesta, de esa incomodidad que solo existe cuando dos personas saben que han visto algo que no deberían haber visto. El suspiro colectivo fue casi audible. Un exhalación que recorrió el campo de deportes cuando los equipos volvieron a sus posiciones, cuando el partido se reanudó con la misma vorágine de antes, pero con una tensión nueva, como un hilo de acero invisible que se extendía entre los dos extremos de la cancha.
Lían no volvió a mirar a Andrés, pero lo sintió como un imán en el extremo opuesto de su brújula, tirando de él sin cesar y supo, con una certeza que le heló la sangre, que no había sido casualidad. Que había sido inevitable. Que en el preciso instante en que sus cuerpos se tocaron, algo se había roto y algo se había cosido al mismo tiempo y que nada, ni la indiferencia del mundo ni su propia voluntad, podría deshacer ese nudo. Cuando terminó la clase, Andrés recogió sus cosas y se marchó sin despedirse.
Lian hizo lo mismo unos segundos después. Salieron por puertas diferentes. En direcciones opuestas. Como si la distancia pudiera solucionar aquello. Como si alejarse pudiera borrar la sensación de aquel instante, pero mientras Andrés caminaba hacia el edificio principal, volvió la cabeza. Al mismo tiempo, Lian hizo lo mismo desde el otro extremo del patio. Sus miradas volvieron a encontrarse. Solo se miraron y después, como si ambos hubieran recibido la misma orden invisible, apartaron los ojos y continuaron caminando. En direcciones contrarias. Con la misma incómoda certeza. Aquello no había sido el final de un encuentro. Había sido apenas el principio y lo peor era que ninguno de los dos lo había deseado. Quizá por eso resultaba tan inevitable.
Lian Pérez