Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 11
Rodrigo seguía con los nudillos blancos sobre el volante cuando su teléfono vibró, y el nombre en la pantalla lo hizo maldecir por lo bajo.
Abuela.
Estuvo a punto de no contestar, pero a Beatriz no se le dejaba sonar el teléfono dos veces, así que apretó los dientes y respondió.
—Abuela.
—Mañana quiero ver a Renata. —La voz de la anciana entró firme, sin saludo, como todo lo que decía—. En la casa. Al mediodía. Y no se te ocurra meterte, ni tú ni esa muchacha con la que andas revolcándote, que ya me enteré de todo.
—Abuela, eso es un asunto mío y—
—Es un asunto mío también, porque yo fui la que armó ese matrimonio, y ahora me toca a mí desarmarlo con dignidad. —Hizo una pausa—. Tú a esa mujer no la mereces, Rodrigo. Nunca la mereciste. Al mediodía. Que venga.
Y colgó, dejándolo con la palabra en la boca y una sensación incómoda de que su propia abuela acababa de ponerse del lado de su esposa.
—
Renata llegó a la casa de los Arteaga al día siguiente sin saber muy bien a qué iba.
La mansión de Beatriz no se parecía a las casas nuevas de la gente con dinero reciente; era vieja, de techos altos y madera oscura, con retratos en las paredes que llevaban ahí más años que la propia Renata. Ella la conocía bien. Durante tres años había entrado por esa puerta como esposa de Rodrigo, y en todo ese tiempo la única persona de esa familia que la había tratado con verdadero cariño había sido Beatriz.
La abuela de Rodrigo la esperaba en la sala de siempre, sentada muy derecha en su sillón de respaldo alto, con el bastón apoyado a un lado y esa mirada que a los ochenta años seguía viendo más de lo que a la gente le gustaba que viera.
—Ven, siéntate. —Le señaló el sofá de enfrente—. Y no me pongas esa cara de funeral, que la que se está muriendo aquí no soy yo, es la vergüenza de mi nieto.
Renata se sentó, y a pesar de todo sonrió un poco. Beatriz siempre lograba eso.
—Señora Beatriz, yo—
—Ya sé lo que hizo Rodrigo. —La anciana levantó una mano—. Ya sé que te lo encontraste con la otra, con la hija de Armando. Ya sé lo de las fotos, lo del divorcio, y ya sé que ese sinvergüenza metió papeles para frenarlo con una mentira. Me lo contó todo el chofer, que a mí no me esconden nada en esta casa.
Renata bajó la vista a sus manos.
—Entonces sabe también lo que dice él. Que yo lo engañé para casarme.
—Sé que es mentira. —Beatriz lo dijo sin un asomo de duda—. Yo estuve ahí, Renata. Yo armé ese matrimonio. Yo obligué a mi nieto a casarse contigo, no al revés. Así que ni se te ocurra dejar que esa historia te la cuelguen. —Golpeó el suelo con el bastón, suave—. Tienes todo mi apoyo para el divorcio. Todo. Si necesitas testigos, abogados, lo que sea, esta vieja está de tu lado. Que Rodrigo se quede con su querida y que a ti te devuelvan tu vida.
A Renata se le apretó la garganta. En toda su vida, muy poca gente le había ofrecido estar de su lado sin pedirle nada a cambio, y que fuera precisamente la abuela de su marido, la que menos razones tenía para hacerlo, le tocó algo hondo.
—¿Por qué? —preguntó, y le salió más frágil de lo que quería—. ¿Por qué me ayuda tanto? Yo ya no soy nada suyo. En cuanto firme, dejo de ser parte de esta familia.
Beatriz la miró largo rato, y algo en su expresión cambió. La firmeza se le quedó, pero por debajo apareció otra cosa, más antigua, más triste, como si la pregunta hubiera abierto una puerta que la anciana llevaba mucho tiempo sin abrir.
—Tú nunca fuiste "algo mío" por Rodrigo, niña. —Beatriz bajó la voz—. Yo no te tomé cariño porque te casaras con mi nieto. Ya te tenía cariño antes. Desde mucho antes de que tú siquiera supieras quién era yo.
Renata frunció el ceño.
—No entiendo.
—¿Cuántos años tenías cuando murió tu madre?
La pregunta le cayó encima sin aviso, y a Renata se le heló algo en el pecho.
—Cinco. ¿Por qué me pregunta eso?
Beatriz cerró los ojos un momento, como quien toma aire antes de cargar un peso.
—Elena. —dijo la anciana, y el nombre salió de su boca con una suavidad que Renata jamás le había oído a nadie, con la familiaridad de quien lo ha pronunciado mil veces—. Tu madre se llamaba Elena.
Renata se quedó sin aire. Nadie decía ese nombre. En su casa estaba prohibido; su padre lo había borrado, Roxana lo había enterrado, y ella misma llevaba años sin oírlo en voz de otro que no fuera la suya, en silencio, cuando nadie la escuchaba.
—¿Usted… usted conoció a mi madre?
—La conocí. —Beatriz abrió los ojos, y estaban húmedos—. Tu madre y yo fuimos mucho más cercanas de lo que tú crees, Renata. Mucho más. Y hay cosas sobre ella, sobre cómo vivió y sobre cómo murió, que tú mereces saber. Que llevas toda la vida mereciendo saber, y que nadie ha tenido el valor de contarte.
Renata sintió que el corazón se le disparaba.
—¿Cómo murió? Fue un accidente. Un choque, un carro, eso me dijeron siempre—
—Aquí no. —Beatriz cortó de golpe, y por primera vez en toda la conversación su voz sonó con miedo. Sus ojos se movieron hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia las paredes, como si hasta la casa pudiera oírla—. No aquí, niña. Estas paredes tienen demasiados oídos, y lo que tengo que decirte, si lo oye quien no debe, nos pone en peligro a las dos.
Se inclinó hacia adelante sobre el bastón y le apretó la mano a Renata con una fuerza sorprendente para su edad.
—Ven a verme el jueves. Sola. Cuando no haya nadie en la casa. —Bajó la voz hasta un susurro—. Porque tu madre no se murió, Renata. A tu madre la mataron. Y yo sé quién.