Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
NovelToon tiene autorización de AndyG1904 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Ficha Equivocada
-Derek-
La vi antes de que ella me viera.
Estaba junto a la entrada lateral del restaurante, con el abrigo todavía puesto y el bolso apretado contra el costado, como si no estuviera segura de haber hecho bien en venir. El cansancio se le notaba en los hombros. También otra cosa más difícil de nombrar: esa tensión de quien lleva demasiadas horas sosteniéndose sola.
Salí por la puerta de servicio. April levantó la vista al oír el ruido y se enderezó de inmediato. Por un segundo pareció a punto de inventar una excusa y marcharse. No lo hizo.
—Pediste que cualquier movimiento lo habláramos antes —dijo sin preámbulos—. Preferí no hacerlo por mensaje.
Asentí. Gesticulé hacia el interior.
—Entra.
Anduvo sin guiarla, reconociendo el camino por el pasillo trasero hasta la oficina. El ruido de la cocina quedó amortiguado al cerrar la puerta. Ella no se sentó hasta que yo lo hice. Incluso entonces, se mantuvo al borde de la silla, preparada para levantarse en cualquier momento.
—Conseguí un nombre —empezó—. Uno solo. De los de alto rango del área legal. Casi no viene a planta, pero tiene autoridad necesaria. Pudiéramos empezar por ahí.
—¿Cómo se llama?
Me extendió un trozo de papel rotó con un apellido y un número de contacto, lo guardé.
—Jhony me interceptó antes de que pudiera conseguir más —continuó. Bajó la mirada un instante hacia su propio brazo, como si recordara algo, y después volvió a mirarme—. No pasó a… fue solo una conversación.
La forma en que lo dijo fue suficiente. No necesitaba el detalle completo para entender el tono de la amenaza.
—¿Te tocó?
Ella dudó.
—Me sujetó. Me empujó contra una estantería. —Apartó la mirada un segundo—. Me duele el brazo. No es grave.
Me incorporé antes de pensarlo. Rodeé la mesa, tomé su muñeca y subí la manga del abrigo con un gesto firme, casi brusco.
El hematoma estaba ahí. Oscuro. Profundo. Con la forma apenas difusa de unos dedos y el borde inflamado donde su brazo había sido golpeado.
El estómago se me cerró.
—No es grave —repitió ella, intentando recuperar la mano.
No la solté de inmediato.
—Esto no es una amenaza vacía, April. —Mi voz salió más baja, más dura—. Si fue capaz de dejarte esto en el lugar de trabajo, no va a detenerse porque le pidas distancia.
Ella se tensó.
—Por eso vine. Para que no hagas nada impulsivo. Si vas a meterte, que sea pensando. No necesito que alguien salga a defenderme como si fuera...
—No me importa cómo lo llames —la interrumpí—. Me importa que este hombre te está acorralando y que ya te puso una marca. Eso cambia las cosas.
Por un segundo nos quedamos en silencio. Su muñeca seguía entre mis dedos. El calor de su piel contrastaba con la rabia fría que se me había instalado en el pecho.
Finalmente ella se soltó, bajó la manga y se encogió apenas en la silla.
—Tres semanas —dijo.
—Tres semanas —repetí—. Entonces no vamos a desperdiciarlas.
Hubo un silencio corto. No incómodo del todo. Solo denso.
—No tenías que involucrarte —murmuró.
—Lo sé.
—Gracias, igual.
No respondí de inmediato. Me limité a sostenerle la mirada.
—Me pondré en contacto con esta persona, conozcamos primero el terreno antes de otra acción. Tú no vuelvas a quedarte a solas con Jhony. ¿Quedó claro?
Ella sostuvo la mirada un segundo más y después asintió.
—Quedó claro.
Por primera vez desde la boda, no parecía estar completamente sola con el problema. Y eso, de alguna forma, ya cambiaba el tablero.
Los días siguientes avanzaron con una calma tensa.
Hice el contacto.
Quien respondió fue una asistente. Profesional. Correcta. Coordinó la agenda sin hacer demasiadas preguntas.
Organicé en el restaurante una cena privada. Ambiente discreto. La clase de reunión donde uno puede hablar sin levantar polvo.
Preparé el terreno.
Mi idea era simple: generar acercamiento primero. Construir una conversación profesional. Y solo entonces, con cuidado, poner sobre la mesa lo que Jhony estaba haciendo con April. El abuso de poder. El chantaje. La carta de recomendación usada como correa. Necesitaba a alguien con autoridad y reputación lo bastante limpia como para que esa información pesara y se hiciera lo correcto.
No esperaba el golpe que vino después.
La noche de la cena, el espacio del salón reservado estaba en penumbra cálida. Yo ya había delegado mis funciones y Valeria estaba muy pendiente de mis movidas.
Tomaba una copa de vino cuando lo vi cruzar la puerta.
Traje oscuro. Porte impecable. Esa seguridad tranquila de quien no necesita imponer la voz para ser escuchado.
—Derek Baker —dijo al acercarse, extendiendo la mano—. Mauricio. Gracias por la invitación.
El nombre me golpeó antes que el rostro.
Mauricio.
Durante un segundo el cerebro se negó a conectar. Después lo hizo con una claridad brutal.
No era solo el hombre al que había contactado a través de una asistente. Era el mismo rostro que había aparecido entre los papeles del divorcio.
Lo recordé de golpe: las reuniones con abogados, la insistencia en evitar controversia mediática, el quebranto de la cláusula de infidelidad por parte de Sarah… y una foto. Una imagen secundaria, casi administrativa, que había pasado entre los documentos del proceso. Él estaba ahí. Al fondo. Junto a ella.
La nueva pareja de Sarah.
La mano me duró un segundo demasiado en el apretón.
—El gusto es mío —escuché decirme, con una voz que salió más controlada de lo que esperaba.
Nos sentamos. Pedí una ronda de vino. Él habló con naturalidad de regulaciones, convenios y la importancia de proteger la integridad de las instituciones. Yo respondía. Asentía. Hacía exactamente lo que había planeado mientras por dentro el terreno se desplazaba bajo mis pies.
Había invitado a este hombre para presentar el caso de April, para resguardar su integridad, para hablarle de Jhony y sus comportamientos poco morales.
Para pedirle, de forma indirecta, una vía de presión limpia. Para proteger al personal y que esta historia no volviera a pasar.
Y ahora resultaba que el abogado intachable al que pensaba usar como puente era el mismo que compartía la cama con la mujer que había hecho estallar nuestro matrimonio.
La ironía era tan limpia que resultaba casi ofensiva.
La cena siguió. Correcta. Productiva, incluso. Al final hubo un apretón de manos, una sonrisa real y la promesa de seguir en contacto.
—Ha sido agradable —comentó Mauricio— Recibirás noticias mías pronto.
Él salió convencido de haber asistido a una reunión profesional más o eso quise creer. No sé si realmente conocía quien era yo o lo disimuló muy bien. Yo me quedé mirando la mesa vacía meneando el vino que me quedaba en la copa.
Más tarde, en el penthouse, Hunter dormía a mis pies. La ciudad parpadeaba al otro lado del ventanal.
Tenía el contacto.
Tenía la puerta entreabierta.
Tenía, sobre el papel, una posible vía para desarmar el chantaje de Jhony.
Y también tenía delante la nueva pareja de Sarah como carta para tratar de librar a April.
La pregunta ya no era solo cómo ayudarla. Era si debía continuar.
Si seguía adelante, estaría moviendo fichas demasiado cerca de un hombre que ahora ocupaba el lugar que una vez había sido mío. Si me detenía, la dejaba otra vez sola con alguien dispuesto a dejarle marcas con tal de no perder el control.
Apreté la mandíbula.
Por primera vez desde que April entró a mi oficina, la duda no era estratégica. Era personal.
Y eso lo hacía mucho peor.