Rhyne es un guía omega de fuego, Rango F, descartado por el Imperio Aethelgard que teme su llama. Zarek Thorne es el centinela de hielo más poderoso —y más condenado— de su generación. Cuando un frenesí los enfrenta, el Sistema NEXUS-7 sella entre ellos una resonancia del 100%. Un lazo imposible. Un mariscal que nunca se arrodilla. Un guía que el mundo quiso apagar. Y una llama que, una vez encendida, no pide permiso para arder.
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EPISODIO 6: LA CUENTA REGRESIVA
LA CUENTA REGRESIVA
Zarek no le dio tiempo a Rhyne para procesar el horror de las venas negras en su cuello.
—Nos vamos. Ahora —ordenó el Mariscal, su voz dejando de ser un susurro para convertirse en un trueno gélido.
Agarró a Rhyne por la cintura, levantándolo como si no pesara nada, y corrió hacia la salida de emergencia del penthouse. Las alarmas de la Torre del Consejo comenzaron a aullar, bañando los pasillos de mármol en una luz roja intermitente.
—¡Alerta de seguridad! ¡Intrusos en el nivel 90! —gritaba una voz mecánica por los altavoces.
—No son intrusos —masculló Zarek, pateando la puerta de acero de la escalera de servicio—. Son el Imperio. Y vienen por ti.
Bajaron noventa pisos en la oscuridad. Rhyne apoyó la cabeza en el hombro de Zarek, jadeando. Cada latido de su corazón era una llamarada. La corrupción del 14% no era solo un dolor físico; era un zumbido en su cabeza, una voz susurrante que le decía que se rindiera, que dejara que el fuego lo consumiera.
Déjalo arder, susurraba la oscuridad. Es más fácil.
—Cállate —jadeó Rhyne en voz alta, apretando los dientes.
Zarek lo miró de reojo mientras abría la puerta del garaje subterráneo.
—¿Con quién hablas?
—Con la voz en mi cabeza —respondió Rhyne, temblando—. Dice que me rinda.
Zarek se detuvo en seco. Sus ojos grises se oscurecieron con una furia tan intensa que la temperatura del garaje cayó diez grados en un segundo. El aliento del Mariscal se convirtió en vapor blanco.
—Nadie te toca —dijo Zarek, la voz baja y letal—. Ni el Imperio. Ni la corrupción. Ni siquiera tu propia mente. Eres mío, Rhyne. Y lo que es mío, no se rompe.
Lo empujó suavemente hacia el interior de un vehículo blindado negro, sin emblemas del Imperio. Zarek saltó al asiento del conductor y el motor rugió, un sonido sordo y potente. Salieron disparados hacia la oscuridad de la noche, dejando atrás las luces de la capital.
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Viajaron durante tres horas. Rhyne perdió la noción del tiempo, sumido en una fiebre que lo hacía delirar.
Cuando Zarek finalmente detuvo el vehículo, el aire exterior era tan frío que quemaba los pulmones. Estaban en la Frontera Norte, en medio de un bosque de pinos cubiertos de nieve. Frente a ellos, una cabaña de madera oscura y piedra, oculta entre los árboles.
El refugio privado del Mariscal.
Zarek lo sacó del vehículo y lo cargó hasta el interior. La cabaña era rústica pero lujosa, con una chimenea de piedra en el centro y pieles de animales sobre el suelo. Zarek lo depositó sobre un sofá de cuero frente al fuego, pero Rhyne estaba ardiendo.
—Hace... hace demasiado calor —gimió Rhyne, tirando de su camisa. La tela le quemaba la piel.
Zarek se arrodilló frente a él. Sin decir una palabra, agarró el dobladillo de la camisa de Rhyne y se la arrancó por la cabeza, tirando de los botones hasta que saltaron.
Rhyne jadeó, el aire frío de la cabaña golpeando su pecho sudoroso. Pero no fue suficiente. Su piel brillaba con un tono rojizo, y el aire a su alrededor distorsionaba el calor.
—La corrupción está acelerando tu metabolismo —dijo Zarek, sus manos grandes y frías posándose sobre los hombros de Rhyne—. Tu fuego está tratando de quemarla, pero está consumiendo tu propia energía vital en el proceso.
—Zarek... me duele —lloró Rhyne, una lágrima de frustración cayendo por su mejilla. El omega fuerte, el que incineraba centinelas Rango SSS, estaba reducido a temblores y lágrimas.
—Lo sé —susurró Zarek.
El Mariscal se acercó más, hasta que sus rodillas rozaron los muslos de Rhyne. Levantó sus manos y las posó sobre el pecho del omega.
El contraste fue brutal.
El hielo de Zarek chocó contra el fuego de Rhyne. Un siseo fuerte llenó la cabaña, y una nube de vapor blanco los envolvió. Rhyne arqueó la espalda, soltando un gemido que no era de dolor, sino de puro alivio. El frío de Zarek penetraba su piel, calmando la fiebre, apagando las llamas que lo devoraban por dentro.
—Así está bien —murmuró Zarek, sus pulgares trazando círculos sobre las costillas de Rhyne—. Respira. Deja que el hielo entre.
Rhyne abrió los ojos. Estaban a centímetros de distancia. El rostro de Zarek estaba tenso, los músculos de su mandíbula apretados. Sus ojos grises bajaron a los labios de Rhyne, y luego subieron a su cuello.
Las venas negras habían avanzado. Ya no estaban solo en la nuca. Se extendían hacia la clavícula, como raíces de un árbol maldito.
—Faltan doce horas —dijo Zarek, la voz ronca—. Si no te muerdo antes de que salga el sol, la corrupción llegará a tu corazón.
Rhyne levantó una mano temblorosa y tocó la mejilla de Zarek. La piel del Mariscal estaba helada, pero Rhyne no quería soltarlo.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó Rhyne, la voz quebrada—. El Sistema nos obligó. Podrías haberme dejado en la Torre. Podrías haber dejado que el Consejo me usara como experimento.
Zarek cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, la frialdad del Mariscal había desaparecido, dejando solo a un hombre agotado, vulnerable y terriblemente posesivo.
—Porque antes de tocarte, mi mente era un cementerio de hielo —confesó Zarek, inclinando la cabeza para apoyar su frente contra la de Rhyne—. La corrupción me susurraba cosas horribles todos los días. Me decía que estaba solo. Que moriría solo.
Zarek deslizó una mano hacia la nuca de Rhyne, sus dedos fríos enredándose en el cabello oscuro y sudoroso.
—Pero cuando tu fuego me tocó... el silencio fue absoluto. Por primera vez en mi vida, no sentí frío. Sentí calor. Sentí que estaba vivo.
Rhyne dejó de respirar. El corazón le latía con fuerza contra las manos heladas de Zarek.
—No voy a dejar que te mueras, Rhyne —susurró Zarek, sus labios rozando la comisura de la boca del omega—. Y no voy a dejar que nadie más te toque. Eres mi guía. Eres mi fuego.
Rhyne cerró los ojos, rindiéndose al inevitable. El lazo del 100% tiraba de él, pidiendo, rogando.
—Entonces hazlo —susurró Rhyne, inclinando el cuello, exponiendo la piel marcada por las venas negras—. Muerdeme. Antes de que pierda el control.
Zarek inhaló bruscamente. Sus colmillos, alargados por el instinto Alfa, rozaron la piel sensible del cuello de Rhyne. El omega gimió, sus manos aferrándose a los hombros del Mariscal.
Zarek abrió la boca.
Y entonces, gritó.
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Rhyne abrió los ojos de golpe, el pánico atravesando la niebla de su fiebre.
—¡Zarek!
El Mariscal se había alejado bruscamente, cayendo de espaldas sobre la alfombra de pieles. Se llevaba la mano derecha al pecho, jadeando, con el rostro contorsionado por el dolor.
—¡Zarek, ¿qué pasa?! —Rhyne intentó levantarse, pero sus piernas fallaron.
—No... no te acerques —gruñó Zarek, la voz distorsionada por el dolor.
Rhyne ignoró la orden. Se arrastró hasta él y le agarró la muñeca para apartar su mano del pecho.
Lo que vio le heló la sangre.
La mano derecha de Zarek, la que había estado sobre su pecho, estaba cubierta de escarcha negra. Las venas de corrupción no estaban en el cuello de Zarek. Estaban en su brazo, subiendo rápidamente hacia su hombro, espesas y palpitantes.
-【SISTEMA NEXUS-7 - ALERTA DE FALLO CRÍTICO】
-【ANOMALÍA EN SENTINELA: ZAREK THORNE】
-【DETECCIÓN DE CORRUPCIÓN: 45% Y ASCENDIENDO】
-【CAUSA: TRANSFERENCIA VÍA LAZO EMPÁTICO】
-【ADVERTENCIA: EL GUÍA NO ES EL RECIPIENTE. EL SENTINELA ESTÁ ACTUANDO COMO ESCUDO.】
Rhyne leyó las palabras flotantes, y el mundo se detuvo.
—No... —susurró Rhyne, las lágrimas quemando sus ojos—. No es verdad. Zarek, ¡dime que no es verdad!
Zarek levantó la vista. Sus ojos grises estaban inyectados en negro, pero aún conservaban un destello de lucidez. Sonrió, una sonrisa triste y sangrienta.
—Te dije que eras mío —jadeó Zarek, tosiendo un hilillo de sangre negra—. Y lo que es mío... no se rompe. Aunque tenga que romperse yo para protegerlo.
La corrupción había saltado de Rhyne a Zarek a través del lazo del 100%.
Al usar su hielo para calmar el fuego de Rhyne, Zarek había abierto un puente. Y la corrupción, hambrienta y consciente, había cruzado ese puente para atacar al centinela más fuerte.
—Faltan doce horas —dijo Zarek, cerrando los ojos mientras el hielo negro le cubría la mitad del rostro—. Y ahora... yo soy el que va a entrar en frenesí.