Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 19. EL SABOR DE LA VICTORIA Y LAS CICATRICES
El reloj del centro de control de Índigo Gastronómica marcaba las doce y media del mediodía cuando la primera pantalla se encendió en verde. Luego la segunda, la tercera, hasta que las catorce sedes principales de la zona centro confirmaron la recepción de los insumos frescos. Los pesados camiones de la constructora de la Vega, rotulados con el emblema de la maquinaria pesada, habían entrado en los muelles de carga de mis restaurantes como una caballería blindada. Las cocinas estaban a pleno rendimiento. El menú de la semana estaba a salvo y las acciones de la empresa ni siquiera parpadearon en la bolsa de valores. Habíamos ganado el primer asalto.
Marta entró a mi despacho con una sonrisa que le iba de oreja a oreja, sosteniendo un informe de prensa.
—Jefa, lo logró. Bueno, lo lograron. Los informativos financieros están alabando la "capacidad de respuesta inmediata y la impecable sincronía logística" de la fusión entre Índigo y la constructora de la Vega. Dicen que son el matrimonio corporativo más eficiente de la década.
Sonreí de lado, mirando por el ventanal de mi oficina.
—Excelente, Marta. Puedes retirarte a descansar, te lo has ganado.
Sabía perfectamente que Richard debía de estar rompiendo los teléfonos en su oficina de consultoría. Su plan de asfixiarme usando a Arturo Gómez se había convertido en la mejor publicidad gratuita para nuestro supuesto matrimonio. El rival de mi pasado había intentado cazar a una fiera, pero olvidó que ahora la fiera caminaba junto a un tiburón que manejaba flotas de transporte pesado.
A las ocho de la noche, las puertas del ascensor del ático se abrieron y me encontré con una estampa que terminó de desarmar los pocos prejuicios que me quedaban. El departamento estaba iluminado por luces tenues y cálidas. En la barra de granito de la cocina, Héctor vestía unos vaqueros oscuros y tenía las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos. No había pedido comida a domicilio de ningún restaurante de la competencia. Tenía las manos manchadas de harina y en la encimera reposaba una pasta fresca hecha desde cero, junto a una salsa de tomates cherry y albahaca que inundaba el aire con un aroma espectacular.
Dejé mi bolso sobre el sofá de cuero, caminando lentamente hacia la barra, completamente fascinada por su faceta culinaria.
—Vaya, de la Vega. Primero la prensa francesa y ahora pasta artesanal. Empiezo a pensar que el verdadero cerebro de la hostelería en esta casa eres tú —le solté, apoyando los codos en la barra con una sonrisa ligera.
Héctor se giró, limpiándose las manos con un paño de cocina. Sus ojos grises brillaron con esa calidez profunda que ya no intentaba ocultar tras su máscara de arrogancia. Sirvió dos copas de vino tinto y me deslizó una.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, girlboss —sonrió de lado, dándole un sorbo a su copa—. Hoy salvamos tu imperio culinario, así que consideré que la ocasión merecía una celebración casera. Una tregua de verdad, sin pantallas, sin informes de obra y sin paparazzis. Solo tú y yo.
Nos sentamos a cenar en la mesa del ventanal, con la ciudad iluminada a nuestros pies. La pasta estaba deliciosa, digna de un restaurante de tres estrellas Michelin, pero lo mejor de la noche fue el giro que tomó la conversación. El ambiente se volvió tan íntimo y seguro que las corazas de directores ejecutivos simplemente se disolvieron.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así, Héctor? —pregunté, mirándolo con genuina curiosidad sobre el borde de mi copa de vino—. Un heredero de una constructora multimillonaria no suele pasar las tardes amasando harina.
Héctor dejó los cubiertos en el plato y echó el cuerpo hacia atrás en la silla, mirando el vino de su copa con una expresión de sutil amargura que nunca antes le había visto. El tiburón de los negocios le cedió el paso al ser humano.
—Mi madre era una mujer italiana, de una familia humilde de Calabria —comenzó a relatar, su voz profunda bajando un octavo de tono—. Ella me enseñó a cocinar cuando era un niño. Decía que la cocina era el único lugar donde los hombres adinerados no podían meter sus contratos ni sus exigencias. Pero a mi padre siempre le pareció una pérdida de tiempo. Para él, un de la Vega solo debe saber de cemento, balances financieros y terrenos comerciales.
Héctor soltó una risa ronca, seca, desprovista de alegría.
—Cuando cumplí los dieciocho años, yo no quería estudiar ingeniería civil ni administración de empresas. Quería irme a Europa a estudiar artes culinarias, quería abrir mi propio restaurante, igual que hiciste tú años después. Quería construir algo con mis manos que no fueran bloques de hormigón. Pero mi padre... mi padre destruyó ese sueño en una sola tarde. Me sentó en su despacho, puso los títulos de las finanzas familiares sobre la mesa y me dijo que si no asumía el control de la constructora, desheredaría a mi madre y la dejaría en la calle sin un solo centavo del divorcio. Me obligó a convertirme en el tiburón que soy hoy. Enterré mis sueños en el sótano de su empresa.
Me quedé completamente helada, mirándolo con el corazón encogido en el pecho. Vi en sus ojos grises una cicatriz tan profunda y dolorosa como las mías. Detrás del mujeriego empedernido que salía en las portadas de revista, detrás del hombre cínico que rehuía al compromiso, había un chico al que le habían arrancado su identidad y su libertad a la fuerza. Su vida nocturna y sus conquistas efímeras eran solo su forma de rebelarse contra un padre castrador que siempre lo había tratado como a una propiedad de la corporación.
Extendí mi mano sobre la mesa de madera, sin pensarlo dos veces, y cubrí sus dedos largos con los míos. El contacto físico fue cálido, eléctrico, pero sobre todo, lleno de una comprensión absoluta.
—Lamento mucho que te hiciera eso, Héctor —susurré, apretando su agarre—. Pero mírate ahora. Eres un hombre increíblemente brillante. Manejas esa constructora con una fuerza que tu padre jamás podrá imitar. Y sigues teniendo el don de la cocina intacto en tus manos. Eres mucho más que el apellido de tu familia, Héctor. Mucho más.
Héctor giró su mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza posesiva que me hizo dar un vuelco al corazón. Se inclinó sobre la mesa, obligándome a sostener su mirada de fuego, donde la vulnerabilidad se mezclaba con un deseo puro, limpio y real que me cortó la respiración de golpe.
—Por eso me vuelves tan loco, Claudia —susurró, su voz rasgando el silencio de la noche—. Porque tú lograste hacer lo que yo nunca tuve el valor de hacer: mandar al demonio las reglas de tu padre y construir tu propio imperio desde abajo. Te admiro tanto como te deseo. Y esta noche... esta noche ya no quiero seguir fingiendo que esto es solo un contrato.
La última pared de mi santuario personal se vino abajo por completo. El romance de farsa había muerto bajo el cielo de la ciudad, sepultado por el peso de una verdad que nos unía mucho más que cualquier noche de alcohol en las Bahamas. Éramos dos almas heridas protegiéndose mutuamente en mitad de una tormenta de ambición.