Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 12
Capítulo 12: La fiesta de Eva
La finca de Eva Hofsky en Valle de Bravo era lo que pasaba cuando alguien con el presupuesto de un país pequeño decidía que necesitaba un lugar para relajarse. Tres hectáreas de jardines iluminados con antorchas de gas, una piscina infinita que reflejaba las estrellas, y un salón de cristal donde ciento cincuenta personas bebían champán que costaba más que el PIB per cápita del municipio. Los meseros circulaban con charolas de plata y sonrisas idénticas. Un cuarteto de cuerdas tocaba Piazzolla en una esquina del jardín.
Dante entró del brazo de Eva. Ella llevaba un vestido negro que dejaba la espalda descubierta y un collar de rubíes de Joyería Yang que él le había regalado esa tarde. Eva le había dicho: "El mejor regalo de cumpleaños es que vengas conmigo y no dejes que nadie me aburra." Dante tenía intención de cumplir. Leila los seguía dos pasos detrás, vestida de gris, invisible como siempre.
—Canal activo —dijo Leslie en el auricular—. Tengo visual del perímetro. Anderson llegó hace veinte minutos con Richard y Carter Lippman. William Goodwin está en el bar norte. Todos los jugadores en la mesa.
Dante los vio antes de que Leslie terminara de hablar. Anderson estaba junto a la chimenea del salón, con una copa en la mano y Carter Lippman a su lado. Carter era un hombre rubio, de mandíbula estrecha y ojos que se movían demasiado rápido — ojos de alguien que siempre está calculando quién tiene más y quién tiene menos. Anderson le tenía la mano en la parte baja de la espalda, justo encima de la cintura, con una familiaridad que no dejaba espacio para interpretaciones.
Carter miró a Dante. Dante reconoció la expresión: celos. Celos puros, sin filtrar, del tipo que convierte a las personas en errores de cálculo.
Eva le apretó el brazo.
—Carter Lippman y Anderson tuvieron algo en Hawái el año pasado. Carter no lo superó. Ten cuidado con él — los perros celosos muerden cuando nadie mira.
William Goodwin se materializó a su lado antes de que Dante pudiera terminar de mapear la sala.
—Dean. —William levantó su copa—. ¿Podemos hablar un momento? En la terraza.
La terraza daba al jardín trasero, donde los cipreses proyectaban sombras largas sobre el césped recortado. El aire olía a tierra mojada y a gardenias. William habló de negocios con la cadencia de un hombre acostumbrado a que lo escucharan: MASSIVE necesitaba rutas de distribución en Medio Oriente, los canales cubanos se habían cerrado por una investigación federal, y Joyería Yang tenía contactos en Dubái que podían facilitar la logística. Era una propuesta de tráfico de armas disfrazada de colaboración empresarial, y Dante la memorizó palabra por palabra para el informe de Leslie.
—Es una propuesta interesante —dijo Dante, con la voz de Dean Yang—. Déjame consultarlo con mi padre.
William asintió. Luego se recargó en el barandal y miró hacia abajo.
Abajo, en el jardín, algo se movió entre los cipreses. Dante siguió su mirada. Anderson tenía a Carter contra un árbol. No estaban peleando. Las manos de Anderson estaban debajo de la camisa de Carter, su boca en el cuello, y los sonidos que subían hasta la terraza — roncos, entrecortados, sin ningún esfuerzo por ser discretos — no dejaban margen para la ambigüedad. Carter tenía la cabeza echada hacia atrás y los dedos aferrados a la corteza del ciprés. Anderson se movía contra él con la eficiencia de un hombre que sabe exactamente lo que está haciendo y exactamente cuánto le importa.
William miró hacia abajo con una mueca de disgusto.
—Anderson y sus juguetes. Siempre los usa y los descarta.
Dante apartó la vista. Algo se movió en su pecho — no celos, se dijo. Desagrado. Incomodidad. Algo que no tenía nombre y que no iba a examinar. En el auricular, Leslie no dijo nada. No necesitaba decir nada.
William se acercó. Demasiado. Antes de que Dante pudiera retroceder, las manos de William le sujetaron la cara y sus labios chocaron contra los de Dante — un beso invasivo, torpe, que sabía a whisky y a prueba. Probaba si Dante le gustaban los hombres. Probaba si Anderson había llegado primero. Probaba con la sutileza de un martillo.
Dante le clavó la rodilla en el estómago con una precisión que ningún heredero de joyería debería tener. William se dobló sobre sí mismo, tosiendo.
—No me toques —dijo Dante. Su voz era la de LAM, no la de Dean. Fría, cortante, con un borde que podía cortar vidrio. Se corrigió demasiado tarde.
William lo miró desde abajo, con los ojos entrecerrados y la mano en el abdomen.
—Tienes reflejos interesantes para un joyero, Dean. Muy interesantes.
En el auricular, Leslie habló por primera vez en diez minutos:
—Esa rodilla fue un error. Vuelve adentro.
Dante volvió al salón. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba que la noche terminara. Lo que encontró fue Anderson Lorenzo esperándolo en el pasillo de los baños, con la camisa todavía desarreglada y el pelo revuelto y una expresión que hizo que Dante se detuviera en seco.
Anderson lo empujó contra la pared. No con violencia — con precisión. Las manos en sus hombros, el cuerpo a centímetros del suyo, la boca tan cerca que Dante podía sentir su respiración — humo de cigarro y algo dulce que podría haber sido Carter o podría haber sido vino.
—No te acerques a William —dijo Anderson, en voz tan baja que parecía un secreto entre la pared y la piel de Dante—. No dejes que te toque. No dejes que te hable a solas. No dejes que te lleve a ningún sitio.
—¿Y eso por qué? —Dante mantuvo la voz de Dean. Controlada. Curiosa. No la voz de un hombre que acababa de sentir que el suelo desaparecía debajo de sus pies.
Los dedos de Anderson le rozaron la ceja. Un gesto que no era amenaza ni seducción. Era algo intermedio — algo que Dante no tenía categoría para clasificar. Los nudillos recorrieron el arco de la ceja hasta la sien, apenas tocando, como si Anderson estuviera leyendo su cara en braille.
—Porque William rompe todo lo que toca —dijo Anderson—. Y yo no voy a dejar que te rompa.
Se apartó. Volvió al salón sin girarse. Dante se quedó contra la pared con el corazón desbocado y el olor de Anderson atrapado en la tela de su camisa y las palabras resonándole en la cabeza como un eco que no quería apagarse.
Eva lo encontró diez minutos después, con dos copas de champán y la sonrisa de una mujer que lleva cuarenta y tantos años navegando salones donde cada abrazo esconde un cuchillo.
—¿Estás bien?
—Perfecto.
Eva le puso la copa en la mano. Dante bebió sin pensar — necesitaba algo que le quitara el sabor de William de los labios y el olor de Anderson de la camisa.
—Vi a William subir a la terraza contigo —dijo Eva, bajando la voz—. Y vi a Anderson entrar al pasillo de los baños treinta segundos después de que tú entraras. —Le ajustó la solapa del saco con una familiaridad maternal—. No sé qué pasó en ninguno de los dos sitios. No necesito saberlo. Pero te voy a decir algo que nadie más en esta fiesta va a decirte: ten cuidado con todos ellos, cariño. Incluido el que crees que te está protegiendo. Sobre todo ese.
La fiesta terminó a las dos de la madrugada. Dante y Leila salieron por la puerta trasera hacia el auto. La carretera de Valle de Bravo a Ciudad de México estaba oscura, bordeada de pinos y encinos, con la luna llena iluminando el asfalto como un reflector defectuoso. El motor del auto era el único sonido. Leila conducía con las dos manos en el volante y los ojos alternando entre el camino y el espejo retrovisor.
Las luces aparecieron a los diez minutos. Dos sedanes negros. Sin placas. Sin luces de matrícula.
—Leila.
—Los veo.
El primer disparo reventó el espejo lateral. El cristal explotó hacia adentro y una lluvia de fragmentos le cortó la mejilla a Dante. Leila aceleró. El segundo disparo perforó la ventanilla trasera y se incrustó en el tablero, a tres centímetros de la rodilla de Dante. El tercero le dio al neumático trasero derecho. El auto se sacudió.
Dante se agachó, sacó la Beretta del compartimento bajo el asiento y devolvió el fuego por la ventanilla rota. Un sedán derrapó — el disparo le había reventado el faro izquierdo. El otro aceleró y se puso a la par.
Un hombre vestido de policía federal se asomó por la ventanilla del segundo sedán. Uniforme completo, placa visible, gorra reglamentaria. Dante apuntó. El hombre no disparó un arma — disparó una jeringa modificada con propulsor de aire comprimido. La aguja se clavó en el cuello de Dante, justo debajo de la oreja. El efecto fue inmediato: las manos se le aflojaron, la Beretta resbaló al piso del auto, la carretera empezó a girar como un carrusel descompuesto.
—Leila... —dijo Dante, pero su voz ya no sonaba como su voz. Sonaba lejana, sumergida, como si hablara desde el fondo de una alberca.
Manos lo agarraron. Lo arrastraron fuera del auto. Lo último que vio antes de que la oscuridad lo tragara fue a Leila frenando, saltando fuera del auto con la pistola en la mano, corriendo tras el sedán que se alejaba con Dante dentro. Corriendo con toda la desesperación de alguien que sabe que no va a llegar a tiempo.
El sedán desapareció en la curva.
En algún lugar de la carretera oscura, con el auto detenido y el neumático reventado y la sangre de Dante todavía en el asiento del copiloto, Leila sacó el teléfono. No llamó a Interpol. No llamó a Leslie. No llamó a Lister.
Llamó a Anderson Lorenzo.