Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 8
Bienvenida a la Hacienda Nocedal
No sé cuánto tiempo pasó entre el golpe y el momento en que oí sirenas, una eternidad comprimida en minutos, con los niños llorando bajo mi cuerpo y el olor a gasolina y a humo llenándolo todo. El vidrio molido crujía cada vez que alguno de los tres se movía, un sonido diminuto que se me quedó grabado en los oídos mucho después de que dejara de tener sentido temerle. Solo sé que cuando Dante llegó, corriendo, con el traje desabotonado y el rostro descompuesto de un modo que jamás le había visto, se lanzó directo hacia mí antes que hacia los niños.
—Ximena. Ximena, mírame. Háblame.
Don Simón, un paso atrás, lo miró con una sorpresa que no logró disimular del todo: cualquiera hubiera esperado que un padre corriera primero hacia sus hijos, no hacia la niñera de tres días. Dante no lo hizo. Me tomó el rostro entre las manos, buscando heridas con los dedos temblando, tan cerca que pude ver la angustia real detrás de sus ojos oscuros, y solo cuando comprobó que yo respiraba, que estaba consciente, que mis ojos lo seguían, giró hacia el auto para sacar a Leo y a Luna, ambos ilesos, llorando pero enteros, aferrándose a su cuello con toda la fuerza de sus bracitos.
—Papá, papá, había un hombre, el auto se rompió —balbuceaba Leo entre hipidos, la carita hundida en el hombro de su padre.
—Ya pasó, ya pasó, aquí estoy —repetía Dante, meciéndolos a los dos al mismo tiempo con una torpeza tierna, como si no supiera bien cómo caben dos niños asustados en un solo abrazo y aun así se negara a soltar a ninguno.
—Está sangrando —dijo alguien, y hasta entonces no había notado el dolor punzante en mi espalda, donde varios fragmentos de vidrio se me habían clavado al cubrir a los niños, cada movimiento arrancándome una mueca que trataba de ocultar. Cuando por fin me ayudaron a sentarme en el borde del asiento, la tela empapada de mi blusa se me pegó a la piel con un tirón que me sacó un quejido involuntario.
Los paramédicos me sentaron en la parte trasera de la ambulancia, envuelta en una manta térmica que no lograba calmar el temblor que me sacudía de pies a cabeza —no era frío, era la adrenalina retirándose, dejando en su lugar un vacío tembloroso—. Leo se aferró a mi pierna sana, negándose a dejar que los paramédicos lo revisaran a solas, hasta que Dante, con una paciencia que no le conocía, se sentó en el suelo del estacionamiento, a la altura de su hijo, y le habló bajito, tanto que no alcancé a oír qué le decía. Fue suficiente. Leo se dejó examinar sin más resistencia, aunque sin soltar mi manga ni un segundo, y Luna, acurrucada contra el costado de su padre, no dejaba de mirarme con los ojos hinchados, como si temiera que fuera a desaparecer si parpadeaba.
Cuando la policía llegó a tomar declaración, un oficial joven me preguntó, con la libreta lista, si podía describir a los atacantes.
—Tres hombres. Trajes oscuros. Dijeron que venían de parte de la señora Renata. —Me sorprendió lo firme que sonó mi voz, comparada con lo mucho que todavía me temblaban las manos—. Eso es todo lo que sé. No la conozco. Ni siquiera sé por qué su nombre me da tanto miedo.
El oficial anotó algo, intercambió una mirada rápida con Don Simón, y no volvió a insistir. Algo en la manera en que todos evitaban ahondar en ese nombre me dijo que "Renata" no era, ni de lejos, una desconocida para nadie en esa casa. Solo para mí. ¿Qué es lo que todos saben y yo no? ¿Por qué mi propio cuerpo tiembla ante un nombre que mi memoria se niega a mostrarme?
En el Hospital San Rafael, mientras una enfermera me retiraba los cristales uno por uno con pinzas, un dolor breve y agudo con cada extracción, Dante se quedó de pie junto a la camilla, sin sentarse, sin hablar, con los puños apretados a los costados hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La enfermera, una mujer de mediana edad con manos rápidas y seguras, iba dejando caer los fragmentos en una charola metálica con un tintineo que marcaba el ritmo del silencio entre nosotros.
—No tenía que hacer eso —dijo, al fin, con la voz ronca, casi rota.
—¿Dejar que les pasara algo a sus hijos? No, gracias, prefiero los cristales en la espalda a vivir con eso.
—Me refiero a que… —Se pasó una mano por el cabello, frustrado consigo mismo, dando dos pasos hacia la ventana y volviendo—. Nadie haría eso por un trabajo de tres días. Nadie normal se lanza así, sin pensarlo, a cubrir con su propio cuerpo a dos niños que apenas conoce.
Tiene razón. No supe qué responderle. Solo supe que, en el instante en que vi a Leo gritar "mamá", ninguna otra cosa en el mundo importó más que protegerlos, ni mi propia vida, ni el dolor, ni las mil preguntas que debería haberme hecho antes de lanzarme sobre ellos. Había sido un acto sin pensamiento, algo tan instintivo como respirar, y esa misma falta de duda me asustaba casi tanto como el ataque en sí.
—Contratada permanente —dijo Dante de pronto, cortante, igual que si hubiera decidido algo que ya no admitía discusión, la voz recuperando su firmeza habitual—. Sin periodo de prueba. En cuanto se recupere, se muda a la Hacienda Nocedal de forma definitiva, con contrato blindado y seguridad reforzada las veinticuatro horas.
—No recuerdo haber aceptado eso.
—No se lo estoy preguntando.
Casi sonreí, a pesar del dolor que todavía me punzaba en la espalda. Terco. Aun así, no lo contradije. Algo en la forma en que me había mirado esos segundos, antes de girarse hacia los niños, se me había quedado enredado en el pecho, un calor pequeño y confuso que no supe cómo nombrar, algo que crecía despacio, sin pedir permiso, y que no tenía nada que ver con el sueldo ni con el contrato.
—◆—
Don Simón, mientras tanto, se apartó al pasillo con el celular pegado a la oreja, la voz baja pero tensa, la espalda contra la pared fría del corredor.
—Sí, señor. La placa del segundo vehículo corresponde a una empresa fantasma, registrada hace apenas tres meses… No, todavía no sabemos quién ordenó el ataque, pero uno de los hombres mencionó el nombre de "la señora Renata" antes de que lo redujeran. Voy a investigarlo con discreción, sin levantar sospechas, y sin que la señorita Ximena se entere de más de lo necesario por ahora.
Colgó, se quedó mirando la puerta cerrada de la habitación donde Dante no se movía del lado de mi camilla, inmóvil como una estatua de guardia, y frunció el ceño, pensativo, guardándose el celular en el bolsillo interior del saco. Por la ventanilla de la puerta alcanzó a ver cómo Dante me acomodaba la manta sobre los hombros con un cuidado que no correspondía, ni de lejos, al de un patrón hacia su empleada de tres días.
Renata. Ese nombre otra vez. En algún rincón de mi memoria rota, algo se agitaba, como una mano que golpea desde dentro de una puerta cerrada, pidiendo salir, pidiendo que alguien por fin le abriera.
Esa noche, cuando al fin me dejaron dormir en una habitación de la hacienda —no la de huéspedes, sino una más cercana a la de los niños, con una lámpara de noche en forma de luna que alguien había encendido para mí sin que yo lo pidiera—, Leo y Luna se colaron descalzos hasta mi cama, uno a cada lado, negándose a irse hasta comprobar con sus propias manos, tocándome el brazo, la mejilla, que yo seguía entera.
—¿De verdad te vas a quedar? —preguntó Luna, con la voz todavía temblorosa, los ojos hinchados de tanto llorar.
—De verdad —le prometí, acariciándole el cabello enredado, sintiendo el peso tibio de su cabecita contra mi hombro.
—¿Para siempre? —insistió Leo, con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños cuando de verdad importa la respuesta, los deditos aferrados a la manga de mi camisón como si soltarla significara perderme.
No supe qué responder a eso. Solo los abracé fuerte, a los dos, sintiendo sus corazoncitos latir contra mi pecho, ese ritmo doble y descompasado que poco a poco se fue calmando hasta la respiración pareja del sueño, y por primera vez desde que desperté de un coma sin memoria, sentí que había un lugar en el mundo que, de alguna manera imposible de explicar, ya me pertenecía desde antes de conocerlo.
La puerta se entreabrió sin ruido. Dante se quedó en el marco, sin entrar, mirando la escena —los tres amontonados en esa cama demasiado pequeña para tanto sentimiento— con una expresión que no intentó ocultar esta vez, porque probablemente pensó que yo ya dormía.
—Gracias —lo oí susurrar, tan bajo que casi no lo escuché, y no supe si me lo decía a mí, a los niños, o a algo mucho más grande que ninguno de los dos entendía todavía.
No abrí los ojos. No dije nada. Solo dejé que el peso tibio de Leo y Luna, dormidos ya a mi lado, me convenciera de que, por esa noche al menos, todos estábamos a salvo. Afuera, más allá de la ventana entornada, la lluvia había vuelto a empezar, un murmullo suave contra el cristal que, por primera vez en mucho tiempo, no me llenó de miedo.