Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Capitulo 11: Undia para recordar
Esa noche no dormí. Pensaba en los 2 años de diferencia. En lo que dijo Gael: "Lo que pase después... lo decidimos juntos. ¿Ya?"
Asentí. Y salí. Y me quedé despierto hasta tarde, mirando el techo.
A la mañana siguiente amanecí con la cabeza pesada y ojeras marcadas. Pero la casa no se detiene porque uno no duerma.
Tomás de 13 bajó primero, serio como siempre. Revisó que Luna tuviera sus cuadernos. Luna de 11 llegó detrás, tirándole un calcetín y riéndose.
—¡Isaac! —gritó—. ¡Tengo frío! Pero es frío de que no dormí bien.
Desde la cocina revolvía avena simple. A los 17 ya me veía más grande por el cansancio que cargaba.
—Ya, flojos —dije—. Desayunen. No hay pan, pero hay avena.
Tocaron la puerta tres veces, bajito. Era Gael. Llegó temprano, con la mochila al hombro y esa sonrisa que me hacía olvidar todo por un segundo. Después de lo de anoche, verlo me dio paz. Y miedo. Paz porque estaba bien. Miedo porque la mafia lo buscó antes.
Por ahora se calman, me dije. Por ahora estamos bien.
—Buenos días —dijo Gael, mirándome a mí primero—. ¿Dormiste?
Negué con la cabeza. No valía la pena mentir.
—Gael! —Luna lo abrazó de las piernas—. ¿Vamos al parque? Dijiste que íbamos cuando te importáramos. Los tres.
Los miré. Tomás siempre pendiente de Luna, aunque se haga el duro. Luna con energía pa' tres. Y Gael… Gael que dijo que le importábamos. Mucho. No teníamos plata pa' lujos. La ropa era remendada, los zapatos gastados. Pero estábamos bien. Estábamos juntos.
—Ya —cedí, secándome las manos en el delantal—. Al parque. Una hora. Después al colegio. Punto. Y sin arrancarse.
Salimos los cuatro. El barrio era humilde, calles de tierra y negocios chicos. La gente nos saludaba porque ya nos conocían: los tres hermanos y el amigo que siempre anda por acá. Pero el parque estaba verde. Los niños jugaban gratis. Tomás empujó a Luna en los columpios hasta que se rió a carcajadas y le pidió más.
Gael sacó unas monedas del bolsillo. Las contó dos veces.
—Alcanza pa' uno —dijo—. De agua.
Lo compró igual. Lo partió en tres con un palito. Me dio el trozo más grande.
—Tú primero —dijo, sin quitarme los ojos de encima—. Te lo mereces. Tú siempre das.
No dije nada. Solo sonreí y acepté. Fue algo simple, pero nos unió. Tomás le dio su pedazo a Luna cuando ella lo miró con cara. Luna después me pasó un sorbo del suyo a escondidas. Por un segundo se me olvidó Valentina, la mafia, las deudas. Con el viento en el pelo y Gael al lado, me sentí feliz. De verdad.
Nos sentamos un rato en una banca. Gael me pasó su chaqueta porque temblaba de frío.
—Gracias —muré.
—Por eso estoy —respondió él. Corto. Sin vueltas.
Cuando se acabó la hora, volvimos. Los dejé en el colegio. Tomás y Luna entraron corriendo, saludando amigos. Me quedé afuera un segundo más, viéndolos irse.
—Tengo que buscar pega —muré—. Los cuadernos de Luna ya no tienen hojas. Y los zapatos de Tomás están rotos.
Caminé todo Concepción esa tarde. Panaderías, ferias, talleres mecánicos. "Sin experiencia, no". "Eres muy cabro". "Vuelve la otra semana". En una feria me ofrecieron cargar cajas por monedas, pero era pa' después. Volví a casa con los pies adoloridos, con hambre y con un dolor de cabeza que no se iba.
Luna me recibió con un dibujo. Éramos los cuatro en el parque.
—Pa' que no se te olvide que estuvimos felices —dijo.
En la noche me dio fiebre. 39 grados. Empecé a temblar bajo dos frazadas delgadas. Los dientes me chocaban.
—¡Isaac está helado y arde! —gritó Tomás, asustado, tocándome la frente.
No teníamos dinero pa' médico. Ni pa' remedios. Luna lloró en silencio. Gael llegó cuando le avisaron y no preguntó nada.
—Yo me quedo —dijo sin dudar—. Toda la noche. No tienen plata, pero me tienen a mí.
Me puso paños fríos en la frente y en el cuello. Me dio agua de a sorbos. Me tapó mejor. Se quedó sentado al lado de la cama, sin dormir, pendiente de cada temblor.
Ya de madrugada, con la voz rota por la fiebre, abrí los ojos. Gael estaba ahí, con ojeras igual que yo.
—Gael… —susurré—. Lo de ayer… era verdad. Me importas. Me das miedo perderte. Gracias por quedarte. Por no cruzar líneas y por estar igual.
Gael me tomó la mano. La tenía fría. No le importó la fiebre, ni que no tenía nada que dar.
—Aquí estoy —respondió bajito—. Lo prometí. No me voy. Tú descansa. Yo cuido. Si pasa algo, grito.
...Y así terminó la noche. Gael velándose, Tomás y Luna durmiendo en el suelo al lado de la cama para no dejarme solo. Una casa pobre, sí. Pero unida. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que cargaba con todo yo solo....