"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 7 La reunión de hermanos.
Mientras tanto, en la oficina de Rocco Santoro
El hombre estaba sumergido en un mar de informes, con la mirada fija en las cifras que bailaban en su pantalla. Su expresión era impasible, como siempre, pero en su interior, una inquietud extraña lo carcomía.
La puerta se abrió sin aviso. César, su hermano menor, entró con una expresión de asco tan exagerada que parecía teatral.
—¿De verdad te acostaste con una Santana? —dijo, dejando caer el peso de su desaprobación en cada palabra—. No puedo creer que lo hayas hecho, Rocco. ¿En qué estabas pensando?
Mariano, el hermano del medio, se sentó en el borde del escritorio con una sonrisa juguetona.
—Déjalo, César. La verdad es que la Santana es muy bonita. Y el hermano mayor está... —Hizo una pausa dramática—. Probando a qué sabe el enemigo.
Rocco ni siquiera levantó la mirada de sus papeles.
—Si, lo acepto —dijo con voz plana—. Es linda. Y muy bonita, en todo caso.
Mariano levantó una ceja.
—¿Solo linda? Venga, Rocco. La chica es un monumento. Y eso que no me gustan las Santana.
—Yo diría que la prima Carola es más llamativa —intervino César, con una sonrisa pícara—. Esas curvas no se cubren con nada.
Mariano lo fulminó con la mirada.
—¿Carola? ¿La prima? ¿En serio, César? ¿Esa es tu obsesión?
—No es una obsesión, es una apreciación estética —se defendió César.
Rocco levantó la mirada por primera vez. Sus ojos oscuros recorrieron a sus hermanos con una mezcla de exasperación y cansancio.
—¿Han terminado? —preguntó con voz fría—. Porque tengo trabajo que hacer, y ustedes están siendo un estorbo.
—Ay, perdón —dijo César con sarcasmo—. No sabía que el jefe tenía una cita con su conejita.
—No es una cita —respondió Rocco, aunque su tono no era del todo convincente—. Es un asunto de negocios. La apuesta se cumple y punto.
—Claro, "negocios" —repitió Mariano, haciendo comillas en el aire—. Eso es lo que llamas a tener a una Santana en tu cama. Negocios.
Rocco apretó la mandíbula. Durante un momento, sus hermanos pensaron que iba a explotar. Pero en lugar de eso, se limitó a señalar la puerta.
—Fuera. Ahora.
César y Mariano intercambiaron una mirada cómplice y salieron de la oficina, dejando a Rocco solo con sus pensamientos.
Cuando la puerta se cerró, el hombre dejó caer el bolígrafo y se recostó en su silla. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el peso de sus propias decisiones.
Había planeado esa noche con cuidado. Tenía una cita con una conejita malcriada. Pero no era para poseerla. Aún debería estar delicada después de la noche anterior, y aunque él no había sido exactamente suave, sabía que ella necesitaba tiempo.
No. Esa noche quería dejar las cosas claras. Quería hablar con ella sobria, sin el velo del alcohol. Quería saber qué había detrás de esos ojos verdes que lo habían desafiado en el bar. Y quería entender por qué, después de una sola noche, esa mujer se había instalado en su mente como una obsesión.
Rocco Santoro, el hombre más frío y despiadado de la ciudad, tenía una cita con su enemiga.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía si eso era una victoria o su perdición.
*_*
Camila llegó a su casa a media tarde, justo a tiempo para el almuerzo familiar. Su madre la recibió con un abrazo y una mirada que escudriñaba cada rincón de su rostro, buscando algo que Camila no podía permitir que encontrara.
—Hija, ¿estás bien? Te veo un poco pálida —dijo Martha, tocándole la frente—. ¿No tendrás fiebre?
—Estoy bien, mami —respondió Camila, forzando una sonrisa—. Solo es el cansancio del viaje y la juerga de anoche con Carola.
—¿Juerga? —Joaquín levantó una ceja desde el otro lado de la mesa—. ¿Ya andas de fiesta y ni siquiera has pasado tiempo con tus hermanos?
—No fue una fiesta, fue una reunión con amigos de la infancia —se defendió Camila, sentándose—. Carola, Lina, Amelia... las de siempre.
Felipe la miró con atención.
—¿Y no hubo problemas? ¿Ningún Santoro por ahí?
Camila sintió que el corazón se le detenía. Su mano tembló ligeramente al alcanzar el vaso de agua.
—No... no vi a ninguno —mintió, y la mentira le supo a ceniza en la boca—. ¿Por qué? ¿Pasó algo con la licitación?
Joaquín soltó un bufido.
—Los Santoro nos ganaron. Otra vez. Ese Rocco es un demonio. Tiene contactos en todos lados, soborna a medio mundo y al resto lo intimida. No sé cómo lo hace, pero siempre se sale con la suya.
Camila bajó la mirada, sintiendo una punzada de culpa. ¿Y si podía usar su nueva "posición" para ayudar a su familia? ¿Y si podía averiguar algo que les diera ventaja?
Pero al mismo tiempo, la idea de usar su cuerpo como moneda de cambio la repugnaba.
—No te preocupes —dijo, con más seguridad de la que sentía—. Ya encontraremos la manera de ganarles.
Su padre, que había estado en silencio, asintió con orgullo.
—Esa es mi hija. Luchadora como su madre.
*_*
La noche cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro. Camila, después de un almuerzo interminable lleno de preguntas incómodas, se había encerrado en su habitación con el pretexto de descansar.
Pero no descansó. Pasó horas mirando el techo, repasando cada escenario posible, cada palabra que podría decirle a Rocco para zafarse de su promesa. Pero todos sus planes se desmoronaban ante la realidad: él tenía el control. Y ella, por estúpida y borracha, se lo había dado.
Cuando el reloj marcó las ocho, se levantó y sacó su "outfit de incógnita" del armario. Pantalones negros ajustados, sudadera negra con capucha, una gorra negra y una mascarilla negra. Parecía una ladrona, o una espía, o una idiota que intentaba ocultarse de su propia estupidez.
—Vas a hacer el ridículo, Camila —se dijo al espejo—. Pero al menos vas a hacerlo con estilo.
Salió sigilosa de la casa, esquivando a su madre que estaba en la cocina, y tomó un taxi hasta el Mercader Pescante. El mismo lugar donde todo había comenzado.