En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18: Llamada irresistible.
El silencio que siguió a la confesión de Christhian fue el más tranquilo que habían tenido en días. Ya no había secretos, ya no había dudas, y por un momento, la oscuridad que rodeaba la posada pareció menos amenazante. Pero Serena no estaba dispuesta a dejar que su control se escapara, así como así. Habían descubierto sus trucos, habían roto sus cadenas invisibles… y ahora ella iba a usar la única arma que nunca fallaba: el deseo más profundo, la nostalgia, la promesa de todo lo que Lyssa había venido a buscar.
Todo empezó con un sonido suave, apenas un susurro que se coló por las rendijas de las ventanas, mezclado con el rumor de las olas. Al principio, Lyssa pensó que era parte del viento, una más de las voces que siempre habitaban en Mar Azul. Pero poco a poco, ese sonido se convirtió en una melodía, dulce, triste y terriblemente hermosa, que se le metía en los oídos y bajaba directo al corazón, despertando sentimientos que no sabía que tenía.
«Ven… ven a mí… aquí está lo que buscas… aquí está la verdad… aquí está lo que te falta…»
La voz era aterciopelada, cálida, idéntica a la voz que Lyssa había imaginado que tendría su madre. Al escucharla, sintió que el pecho se le llenaba de una emoción inmensa, una mezcla de alegría y dolor, de añoranza profunda. Se puso de pie lentamente, sin darse cuenta, con la mirada perdida, los ojos vidriosos. Todo lo que había aprendido, todo lo que había descubierto, todo lo que Christhian le había dicho… se desdibujaba en su mente, volviéndose borroso, lejano, sin importancia. Solo importaba esa voz. Solo importaba lo que le prometía.
—Tu madre te espera… —cantaba la voz, ahora más clara, más cercana, resonando dentro de su cabeza como si estuviera justo a su lado—. Ella está bien. Ella te extraña. Ven a verla, Lyssa… ven y te daré todo lo que buscas. Ven y te daré respuestas, paz, amor… todo lo que te han negado aquí arriba.
Christhian, que estaba sentado frente a ella, se dio cuenta al instante del cambio. Vio cómo sus ojos perdían el brillo de la conciencia, cómo su cuerpo se movía como si alguien más lo dirigiera, cómo sus labios se entreabrían con una sonrisa soñadora y ajena. El color huyó de su rostro. Sabía lo que era eso. Había vivido eso mismo toda su vida.
—¡Lyssa! —gritó, saltando de la silla y corriendo hacia ella—. ¡Lyssa, no! ¡No la escuches!
Pero ella no lo oyó. Nada existía fuera de esa llamada irresistible. Se giró, abrió la puerta de un empujón y salió a la noche oscura, bajo la luz de la luna que seguía brillando con ese tono rojizo y maldito. El aire fresco golpeó su cara, pero ella no lo sintió. Solo sentía el tirón poderoso que la arrastraba hacia el mar, hacia el borde del agua, hacia donde la voz la llamaba con promesas que parecían las más hermosas del mundo.
«Ven… no seas tonta… él te miente… él te oculta cosas… solo yo te quiero de verdad… solo yo te daré a tu madre… ven, y serás feliz para siempre…»
Caminaba deprisa, casi corriendo por las calles vacías, con los brazos caídos a los costados, con la mente en blanco, con el corazón latiendo de alegría ciega. Serena había encontrado su punto débil, la llave maestra para abrirle la puerta a su voluntad: su búsqueda, su amor por su madre, su deseo de encontrar respuestas. Había tomado la voz de la persona que más amaba, había usado lo que más le importaba… y había logrado borrar todo lo demás.
Detrás de ella, Christhian corría con desesperación. Su corazón golpeaba contra sus costillas con fuerza, lleno de terror. Sabía lo que pasaba cuando alguien llegaba al mar bajo el efecto de ese canto. Sabía que una vez que tocaban el agua, ya no había vuelta atrás. Se convertían en parte de ella, en sus juguetes, en su alimento para siempre. Y no podía permitir que eso le pasara a ella. No después de todo lo que habían descubierto, no después de todo lo que habían empezado a construir juntos.
—¡Lyssa, detente! —gritó de nuevo, con la voz rota por el esfuerzo y el miedo—. ¡Es una trampa! ¡No es ella! ¡Es Serena que imita su voz!
Pero ella seguía avanzando, ajena a todo. Ya había salido del pueblo y sus pies pisaban la arena fina y húmeda de la playa. El mar estaba allí, oscuro, brillante, inmenso, llamándola con un rugido suave y acogedor. La voz venía de las profundidades, cada vez más fuerte, más dulce, más urgente.
«Ya casi llegas… ven… un paso más… solo un paso más y estaremos juntas…»
Lyssa llegó hasta el borde del agua. Las olas rompían suavemente contra sus pies, frías, refrescantes, invitándola a entrar. Dio un paso adelante, el agua le cubrió los tobillos, y sintió una oleada de felicidad absoluta, de paz infinita, como si todo el dolor, toda la duda, todo el miedo de su vida se estuviera lavando con la espuma. Estaba a punto de dar el segundo paso, el que la llevaría más adentro, el que la perdería para siempre.
De repente, unas manos fuertes la agarraron por los hombros y la tiraron hacia atrás con toda la fuerza del mundo. Lyssa cayó sobre la arena, lejos del alcance de las olas, y el golpe brusco hizo que su cabeza se sacudiera, que la niebla se rompiera por un segundo. Parpadeó, confundida, mirando alrededor. Vio a Christhian, que se interponía entre ella y el mar, de pie, con los brazos abiertos como una barrera, temblando todo él, con la cara desencajada por el terror y el esfuerzo de resistir él también a esa llamada.
—¡Aléjate! —gritaba él hacia las aguas oscuras, con voz ronca y desafiante—. ¡No te la lleves! ¡No te la llevarás nunca más!
La voz en la cabeza de Lyssa cambió al instante. De dulce y cariñosa se volvió furiosa, áspera, llena de rabia y veneno.
«¡Maldito seas! ¡Siempre tú estorbando! ¡Ella es mía! ¡Vino a buscarme a mí! ¡Su madre está aquí! ¡Dale lo que quiere! ¡Déjala venir!»
Lyssa se llevó las manos a la cabeza, gimiendo, mientras las palabras se clavaban en su mente como agujas. La confusión volvió, más fuerte que antes. Una parte de ella quería levantarse y correr de nuevo hacia el agua. Otra parte, la que empezaba a despertar, veía a Christhian, veía su sacrificio, veía que él estaba allí, arriesgándose, luchando contra la criatura que tenía poder absoluto sobre él, solo por salvarla a ella.
—¡Escúchame, Lyssa! —le gritó él, girándose hacia ella, agarrándola de las muñecas, mirándola fijamente a los ojos, obligándola a verlo, a reconocerlo—. ¡Ella miente! ¡Tu madre no está ahí esperándote como dice! ¡Te usa su recuerdo para atraparte! ¡Lo único que hay ahí abajo es oscuridad y cadenas! ¡Mírame! ¡Soy yo, Christhian! ¡El que te ama, el que te dijo la verdad, el que descubrió sus mentiras contigo! ¡Lucha contra ello! ¡Recuerda lo que sabemos! ¡Recuerda que ella se alimenta de tu desesperación! ¡Recuerda que solo la verdad nos hace fuertes!
Sus ojos, oscuros y sinceros, se clavaron en los de ella, y a través de ese contacto, a través del vínculo que compartían, Lyssa sintió algo que la voz del mar no podía darle: verdad. Sintió su amor, su miedo, su deseo de protegerla, su propia fuerza luchando contra todo. Y poco a poco, como si se despertara de un sueño muy profundo, la niebla se disipó. La dulzura engañosa desapareció. La voz se fue apagando, convirtiéndose en un grito furioso y lejano que se perdió entre el rugido de las olas.
Lyssa respiró hondo, temblando violentamente, y miró alrededor. Estaba en la arena, lejos del agua. Christhian estaba arrodillado frente a ella, pálido, con el sudor corriendo por su frente, agotado por haber tenido que luchar contra la voluntad de su dueña para salvarla.
—Christhian… —susurró ella, con la voz apenas un hilo, comprendiendo al fin lo que había pasado—. Yo… yo iba a irme. Iba a entrar. Oí su voz… oí la voz de mi madre…
Él la abrazó con fuerza, apretándola contra su pecho, respirando agitadamente, lleno de alivio, besando su cabello y su frente, agradeciendo a todo lo que existía por haber llegado a tiempo.
—Lo sé —murmuró él contra su oído—. Sé lo que oíste. Sé lo que sentiste. Ella conoce tus puntos débiles, Lyssa. Conoce todo lo que anhelas, todo lo que te duele. Y usa eso. Usa lo que más amas para destruirte. Hoy usó a tu madre… mañana usaría cualquier otra cosa. Pero yo estaré ahí. Siempre estaré ahí para sacarte de su trampa. Porque ahora sabemos cómo juega. Y ahora sabemos que su arma más fuerte es la mentira disfrazada de deseo.
Lyssa se aferró a él, escondiendo la cara en su pecho, todavía temblando por el recuerdo de esa atracción irresistible, de esa sensación de que irse con ella era lo único correcto. Levantó la vista hacia el mar, ahora oscuro y silencioso, donde sabía que Serena los observaba furiosa por haber perdido esa oportunidad.
—Casi lo logra —dijo ella con voz grave—. Casi me gana. Porque me dio justo lo que quería escuchar.
Christhian le acarició la mejilla, limpiando el rastro de arena y lágrimas.
—Pero no lo hizo —respondió él con firmeza—. No lo hizo porque cuando todo lo demás falló… te acordaste de mí. Te acordaste de lo que sabemos juntos. Y eso es lo que ella nunca podrá vencer: que tú y yo somos la verdad el uno del otro. Y ninguna llamada, por muy dulce que sea, por muy hermosa que suene, podrá separarnos mientras nos tengamos el uno al otro.
Se pusieron de pie, juntos, dándole la espalda al mar oscuro y caminando de vuelta hacia la posada, hacia la luz, hacia la seguridad de lo que sabían y de lo que sentían. Serena había lanzado su ataque más personal, había usado su mejor trampa… y había fallado. Y en ese fracaso, Lyssa y Christhian entendieron algo más: que su unión no solo era su debilidad, sino su única, verdadera e invencible fuerza.