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Solo Nosotros Dos

Solo Nosotros Dos

Status: En proceso
Genre:Yaoi
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: luana figueroa

Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.

NovelToon tiene autorización de luana figueroa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Solo nosotros dos Capítulo 6: El nombre, la cuna y los días juntos

Los días se volvieron una sucesión de momentos pequeños y preciosos, que guardaban como tesoros. Ahora que ya tenían el apoyo de sus familias, todo se sentía más ligero, y pasaban las tardes planeando cada detalle de la llegada del bebé. Lo primero que decidieron fue el nombre: pasaron semanas leyendo listas, preguntándose el uno al otro qué les gustaba más, hasta que una noche, mientras miraban las estrellas desde la ventana, Mateo lo dijo en voz baja:

—¿Te parece bien Luca? Suena suave, y tiene una parte de ti también.

Lucas lo abrazó tan fuerte que casi lo levanta del suelo.

—Es perfecto. Es nuestro Luca.

Desde ese día, ya no decían “el bebé”: le hablaban por su nombre. Lucas le contaba a Luca cómo era el mundo fuera, Mateo le cantaba canciones bajito mientras preparaba la comida, y hasta los abuelos empezaron a decirle así cuando los llamaban por teléfono.

Luego empezaron a preparar su cuarto. Al principio pensaron en pintarlo de un color cualquiera, pero al final decidieron hacerlo juntos: pintaron las paredes de un blanco muy suave, y luego dibujaron a mano nubes y estrellas de color amarillo y celeste por todas partes. Lucas trajo madera vieja que su papá le había guardado en el taller, y juntos armaron la cuna, clavo a clavo, con mucho cuidado. Hubo veces que se les cayó una herramienta, o que midieron mal una pieza, y terminaron riéndose mucho, sentados en el suelo lleno de virutas.

—Nuestra cuna no va a ser perfecta —decía Lucas, limpiándose el polvo de la camisa—, pero va a estar hecha con todo el amor del mundo. No hay nada mejor que eso.

Mateo asentía, acariciando la madera lisa.

—Es la primera cosa que le hacemos entre los dos. Va a ser su primer hogar.

Pero también hubo días más pesados. Con los siete meses de embarazo, Mateo se cansaba mucho más rápido. A veces quería ayudar a colgar los cortinas, pero al levantar los brazos sentía que le faltaba el aire, y tenía que sentarse un rato. Al principio se frustraba: le molestaba no poder hacer todo lo que hacía antes, sentía que se estaba volviendo “dependiente”, y eso le chocaba mucho con la idea de ser fuerte y autónomo que siempre había tenido.

Una tarde, mientras Lucas ordenaba las cajas de ropa, Mateo se quedó mirando la cuna sin decir nada, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Lucas lo notó de inmediato, se acercó y se sentó a su lado sin preguntar nada, solo esperando.

—Siento que ya no soy el mismo —confesó Mateo al final, con la voz entrecortada—. Me cuesta moverme, me canso de nada, dependo de ti para todo… Temo que dejes de ver al hombre que amaste al principio.

Lucas tomó su cara entre las dos manos, lo miró a los ojos con toda la sinceridad del mundo y le dijo:

—Nunca digas eso. Tú eres más valiente y más fuerte ahora que nunca. Estás dando vida, Mateo. Eso no te quita nada, al contrario: te muestra todo lo que eres capaz de dar. Y que yo te ayude no significa que tú seas menos, significa que somos equipo. Siempre lo hemos sido, ¿te acuerdas? Lo prometimos: solo nosotros dos. En las cosas fáciles y en las que cuestan más.

Le besó la frente y luego puso la mano sobre su vientre, donde Luca acababa de dar una patada muy fuerte, como si estuviera de acuerdo.

—Yo te amo a ti, tal como eres en cada momento. No cambiaría nada de lo que estamos viviendo.

Poco a poco Mateo se fue tranquilizando. Entendió que no tenía que hacerlo todo solo, que pedir ayuda no era debilidad, sino parte de construir una vida juntos.

Esa semana también vino la mamá de Lucas a traerle mantas que había tejido a mano, suaves y calentitas, y la mamá de Mateo le enseñó a preparar el postre que más le gustaba de chico, para que tuviera energía. Todos se turnaban para estar con ellos, pero respetaban su espacio: sabían que esos momentos eran suyos, y nadie quería interponerse entre ellos.

Una noche, ya con el cuarto casi listo, se quedaron los dos sentados en el suelo, mirando la cuna vacía, imaginando cómo sería cuando Luca estuviera ahí.

—Falta poquito —susurró Lucas.

—Falta poquito —repitió Mateo, sonriendo—. Y todo lo que falta, lo hacemos juntos

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Brisa Romero
/Grin/
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