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Mi Ex Esposa No Me Necesita

Mi Ex Esposa No Me Necesita

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:48k
Nilai: 5
nombre de autor: Iris Vega

**Valentina Ríos** aguantó tres años de matrimonio con **Santiago Montero**, el CEO más frío de Ciudad de México. Tres años siendo invisible en su propia casa. Tres años esperando una mirada que nunca llegó.

Hasta que él pronunció las palabras que destruyeron todo:

"Vamos a divorciarnos. Mañana."

Lo que Santiago no sabía era que Valentina llevaba cinco semanas de embarazo. Ella guardó la prueba en su bolsillo, tragó sus lágrimas y firmó los papeles. Porque ese mismo día, lo vio abrazando a otra mujer bajo la luz de la luna: **Regina Salazar**, su primer amor, había vuelto.

Pero Regina no volvió sola. Volvió con mentiras.

Un embarazo falso. Un plan para destruir a Valentina. Una trampa que casi la mata cuando la empujaron al mar.

Valentina sobrevivió. Huyó al extranjero con sus gemelos en el vientre. Y durante cinco largos años, construyó una vida desde cero: carrera, nombre propio, dignidad.

Ahora ha regresado.

Ya no es la esposa sumisa que Santiago recuerda. Es una mujer que dirige editoriales, que enfrenta a sus enemigos sin temblar, y que cría a dos hijos extraordinarios: **Nico**, un pequeño genio de la tecnología con los mismos ojos fríos de su padre, y **Lucecita**, una princesita encantadora que derrite a cualquiera con una sonrisa... y una lista de precios.

Santiago la reconoce en el instante en que la ve.

Y por primera vez en su vida, el gran CEO de Grupo Montero siente miedo. Porque ella ya no lo necesita. Porque otro hombre la protege. Porque sus propios hijos no saben que él existe.

Ahora quiere recuperarla. Está dispuesto a arrodillarse, a pagar cualquier precio, a desmantelar su orgullo pieza por pieza.

Pero Valentina tiene una sola pregunta:

"¿Por qué debería creerte esta vez?"

NovelToon tiene autorización de Iris Vega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5: Rescate a medias

La enfermera se llamaba algo que Valentina no retuvo. Tenía el pelo recogido en una trenza tirante y cara de cansancio, el tipo de cansancio que viene de doce horas en turno nocturno y no de tres noches sin dormir.

Retiró el letrero de "En mantenimiento" porque necesitaba el baño. Abrió la puerta y encontró a Valentina sentada contra la pared con los ojos abiertos, el agua a medio muslo, los labios morados y las manos cruzadas sobre el vientre como si protegiera algo que nadie podía ver.

—¡Dios mío! —La enfermera cerró las tres llaves de golpe. El silencio después del agua fue más ruidoso que el agua misma—. Señora, ¿me escucha? ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Valentina parpadeó. Le costó enfocar. La luz del baño era la misma —blanca, fluorescente, sin piedad—, pero algo había cambiado en la ventana alta: la luz de afuera era oscura. Horas. Había estado ahí horas.

—Estoy bien —dijo. La voz le salió ronca, como si las palabras se le hubieran oxidado en la garganta.

—No está bien. Venga, la llevo a urgencias.

—No. —Valentina se agarró del borde del lavamanos y se puso de pie. Las piernas le temblaban pero la sostenían. El agua le escurrió por los pantalones, por los zapatos, formando un charco alrededor de sus pies que parecía una mancha de culpa—. No quiero urgencias. Solo quiero mi bolsa.

La enfermera la miró como se mira a alguien que dice algo absurdo con total convicción.

—Señora, tiene los labios morados. Necesita que la revise un médico.

—Mi bolsa estaba en el lavamanos. —Valentina señaló el primer lavamanos. Vacío. El mármol mojado, sin nada encima—. ¿Dónde está mi bolsa?

La enfermera la envolvió en una manta térmica de las que guardan en los carros de emergencia y la sentó en una silla del pasillo mientras iba a preguntar a recepción. Valentina se quedó ahí, envuelta en aluminio como un tamal, temblando bajo la luz fría del pasillo, con los zapatos haciendo ruido de agua a cada movimiento.

La enfermera volvió con una expresión rara. Mitad preocupación, mitad incomodidad.

—Su bolsa la recogió un señor. Dijo que era el asistente del licenciado Montero. Que usted era su esposa y que él se encargaba.

Omar. El asistente de Santiago. Lo que significaba que alguien —Omar, Santiago, o quien fuera— sabía que Valentina había estado en el hospital. Y tenía su bolsa. La bolsa con la carpeta prenatal. Los resultados de laboratorio. La confirmación del embarazo.

—¿Cuándo? —preguntó Valentina.

—Hace como tres horas, señora. ¿Quiere que llame a alguien?

Tres horas. Tres horas de ventaja. Tres horas en las que quien fuera que tuviera esa bolsa había podido abrir la carpeta, leer los papeles, saber.

—No. Gracias. Me voy.

—Señora, de verdad necesita...

—Me voy.

Se quitó la manta térmica, se la devolvió a la enfermera doblada con una pulcritud absurda para alguien que acababa de pasar cinco horas en un charco, y caminó hacia la salida del hospital. Sus zapatos mojados chirriaban contra el piso de vinil. Las enfermeras del turno nocturno la miraron pasar sin preguntar nada —una mujer empapada saliendo del hospital a las diez de la noche no era lo más extraño que habían visto— y Valentina salió a la calle, al aire tibio de la ciudad, al ruido de los coches y las luces de los semáforos que seguían funcionando como si nada.

Paró un taxi. Le dio la dirección de la casona. Se sentó en el asiento trasero dejando una mancha de humedad en la tela que el taxista notó por el espejo pero no comentó.

La casona estaba iluminada cuando llegó. Más iluminada de lo habitual: las luces de la sala, del comedor, del despacho. Valentina pagó el taxi y caminó hacia la puerta principal. Los guardias de la reja la vieron acercarse —empapada, pálida, tiritando— y no se movieron. Uno de ellos la miró de arriba abajo y volvió a su teléfono.

Valentina rodeó la casa y entró por la puerta de servicio.

Doña Lupe estaba en la cocina, guardando platos en la alacena. Al verla, soltó el plato que tenía en las manos. No se rompió —lo atrapó con la otra mano, un reflejo de años—, pero el gesto fue suficiente.

—¡Niña! ¿Qué le pasó? ¡Está empapada! ¿Se cayó? ¿Está herida?

—Estoy bien, Lupe. Solo necesito un baño.

—Usted no está bien. Siéntese aquí. Le preparo un té, le caliento agua...

—Lupe. —Valentina la miró. Tenía los ojos secos —no había llorado, no una sola vez en cuatro días, y eso le parecía más aterrador que todo lo demás—. Solo necesito subir a mi cuarto. Por favor.

Doña Lupe la dejó ir. Pero Valentina la escuchó poniendo la tetera a calentar mientras subía las escaleras, y supo que en diez minutos iba a tener un té de manzanilla en la puerta de su habitación sin que nadie se lo pidiera.

Subió al segundo piso. El pasillo estaba en silencio. La puerta de la habitación de Santiago —la habitación del fondo, la que usaba doce noches al año— estaba cerrada. Detrás, nada. Ni voces, ni luz por debajo de la puerta. Pero al pasar frente a la habitación de huéspedes, Valentina se detuvo.

La puerta estaba entreabierta. Desde el pasillo, vio: maletas de piel, dos, abiertas sobre la cama con ropa doblada con la precisión de alguien que tiene quien le haga las maletas. Zapatos de tacón junto a la cómoda —cuatro pares, organizados por color—. Un abrigo de lana fina colgado en el respaldo de la silla. Un perfume sobre el tocador que Valentina podía oler desde el pasillo: algo floral y caro, algo que no le pertenecía a esta casa.

Regina se había instalado en la casona.

Valentina cerró los ojos. Los abrió. Siguió caminando hasta su habitación y entró.

Su bolsa estaba sobre la cama. Colocada con cuidado, centrada sobre la colcha, como si alguien la hubiera puesto ahí deliberadamente. Valentina la abrió. El teléfono, las llaves, la cartera, las vitaminas prenatales —todo en su lugar—. Buscó la carpeta. Revolvió los compartimentos. Sacó todo.

No estaba.

La carpeta prenatal con los resultados del embarazo, los análisis de sangre, la orden del ultrasonido, la fecha del siguiente control — todo lo que probaba que Valentina Ríos de Montero estaba embarazada de cinco semanas — había desaparecido de su bolsa.

Se sentó en el borde de la cama. La misma cama donde hacía cuatro noches había guardado la prueba de embarazo en la mesita. La prueba seguía ahí —la abrió, comprobó, sí, seguía—, pero los documentos oficiales no.

Alguien sabía.

Una risa subió desde el piso de abajo. Suave, femenina, con la cadencia de alguien que se siente cómoda en un espacio que no le pertenece. Valentina se asomó al pasillo. Desde lo alto de la escalera, vio la sala: las maletas de Regina junto al sillón, un par de copas de vino sobre la mesa de centro, y la puerta del despacho de Santiago abriéndose.

Santiago salió del despacho con el saco en la mano y la corbata aflojada. Levantó la vista hacia la escalera. Vio a Valentina: el pelo mojado pegado a la cara, la blusa empapada, los zapatos encharcados dejando un rastro de agua en el piso de madera.

La miró. Un segundo. Dos.

No preguntó qué le había pasado. No preguntó por qué estaba empapada, ni por qué estaba de pie a las once de la noche en lo alto de la escalera mirándolo con ojos que no habían dormido en días.

—Regina se queda en la habitación de huéspedes —dijo, con la misma voz con la que daba instrucciones a Omar por teléfono—. No la molestes.

Se dio vuelta y caminó hacia la sala. Valentina escuchó su voz cambiar de nuevo —suave, cercana, "¿Quieres algo más de tomar?"—, y la respuesta de Regina, baja, íntima, inaudible.

Valentina entró a su habitación. Cerró la puerta. Giró la llave.

Se metió en la cama sin quitarse la ropa mojada. El frío de la tela contra las sábanas le recordó el piso del baño, el agua subiendo, los pasos que se alejaron. Se acurrucó de lado, las rodillas contra el pecho, las manos sobre el vientre.

A través de la pared, le llegaba el murmullo de la conversación de Santiago y Regina. No distinguía las palabras. Solo el tono: tranquilo, doméstico, como una pareja que lleva años viviendo junta.

—No voy a dejar que nadie te haga daño —susurró Valentina, con los labios contra la almohada—. Te lo prometo.

Pero el temblor en su voz la delató. Y por primera vez en cuatro días, no estuvo segura de poder cumplir esa promesa.

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Cliente anónimo
Que mal final ni supo terminar la historia no me gustó
Cliente anónimo
El padre se perdió cinco años de ver a sus hijos va por junta a la escuela y el niño tiene once años y la niña sigue teniendo cinco años y Nico once son gemelos no idéntico jajajaj
Soledad Medina Torres
que malo, tanto leer para nada, no hay final. inconsistencia. en fechas.
malo, malo, malo.
maria orellana
qué el niño le ayude a hackear la empresa del del otro
maria orellana
si no te dejes defiendete,,,,hunde a ésa Regina malvada
Cliente anónimo
que estúpido
maria orellana
si autora Emiliano es mucho más hombre
Yolanda Cabeza
hay errores que son:
antes mencionaron que doña Esperanza 68 ahora 60
los niños de 5 años ahora 11
Marisol es la que cuida ahora menciona doña Lupe si Lupe es la que ayuda a doña Esperanza
Cuando Santiago le dijo a Valentina se decisiera del embrazo fue en el estudio y no por una llamada y otras cosas que al principio narraron que al final no coinciden
maria orellana
tonta si las adopta
maria orellana
por Dios cuando se vá
Sonia Pardo
sinceramente malísimo el final.
Ino Codova
tanto seguir leyendo para que no tenga final
Andrea Nardelli
y.no termino
exelente
Maigualida Barrios
A esa mujer que no la dejen ir, que vaya a la cárcel, tiene que pagar lo que le hizo a la Valentina, y al hombre que ahora la está investigando no se la pongan fácil,😠
Maigualida Barrios
Supuestamente estaba embarazada, que pasó con la barriga postiza😳
Arianna Valentina Finol Ruiz
escritora No me parece que ella quede con el papá de los niños,No quiero , Emiliano se merece quedar con ellos ,,lo voy a terminar de leerla ,, pero NO Te leo otra de tu novelas
Emma Gabriela Cangas Arriola
Otra novela sin terminar,sin saber que paso con Regina,y con los demás personajes???
Emma Gabriela Cangas Arriola
Escritora en los primeros capítulos Emiliano y Valería,se conocieron x que unos hombres seguían a Valentina para hacerla abortar,y ahora dices que se conocieron Valería contando chistes ,no concuerdan lo que escribes
Rosalba Hernandez Morales: muy confusa, se supone que los niños tienen cinco años ahora ya tienen once, no cuadra y si es hacer dos de una se congruente,solo por ver el final la voy a terminar
total 1 replies
Emma Gabriela Cangas Arriola
Escritora como es que todos los domingos le hacia café con limoncillo y canela,"si nada más hiba los días 20 de cada mes ?
No concuerda con los primeros capítulos?
Emma Gabriela Cangas Arriola
Tan pronto pasaron 6 años ?
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