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El Mafioso Que Me Eligió

El Mafioso Que Me Eligió

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria del Rosario González

Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.

NovelToon tiene autorización de Maria del Rosario González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La sombra traspasa el umbral

​El silencio en el apartamento era absoluto, una quietud antinatural que parecía devorar el sonido de la lluvia. Soraya estaba de pie, paralizada frente a la puerta, con el teléfono aún vibrando en su mano con la llamada de Víctor, que se había cortado abruptamente. Su padre, encogido en la silla del comedor, parecía haber envejecido una década en cuestión de segundos. La luz de la tarde moría tras las ventanas, dejando el interior sumido en sombras azuladas que se alargaban como dedos esqueléticos sobre las paredes de su estudio.

​El sonido del timbre no fue estridente; fue un golpe seco, educado pero cargado de una autoridad implacable. Cada nota resonó en el pecho de Soraya como el latido de un corazón ajeno. Sabía quién estaba al otro lado. La intuición, ese mecanismo de defensa que rara vez fallaba a los artistas, le gritaba que el hombre tras la puerta no era alguien que aceptara un "no" por respuesta.

​—No abras —susurró su padre, con los ojos vidriosos, hundidos en la desesperanza—. Por favor, Soraya. Si abres, no habrá vuelta atrás. Es el fin de todo lo que crees conocer.

​Pero ella ya se estaba moviendo. Era una curiosidad agónica, una necesidad irracional de ver la cara del monstruo que había dictado su destino desde que era una niña. Con las manos sudorosas y el corazón martilleando contra sus costillas, cruzó el salón, esquivando sus lienzos, sintiendo cómo el olor a trementina —su refugio— se tornaba metálico, casi como sangre fría. Al llegar a la puerta, dudó. Su reflejo en el espejo del pasillo le devolvió la imagen de una joven quebrada, con el collar de plata apretado en el puño, buscando una fuerza que no encontraba.

​Giró el cerrojo. La puerta se abrió con un gemido sutil.

​Allí estaba él. Sebastián.

​La luz del pasillo, amarillenta y mortecina, lo perfilaba como una figura de sombras. Era más alto de lo que ella había imaginado, con una presencia que parecía desplazar el oxígeno de la habitación. Llevaba un abrigo de lana negra, impecable, que contrastaba con la miseria emocional que reinaba dentro. Su rostro era una obra de arte severa: pómulos marcados, una línea de mandíbula afilada como el acero y unos ojos que no brillaban con luz propia, sino que parecían absorber la de la estancia. No había odio en su mirada, lo cual era infinitamente peor. Había una posesividad calculadora, una certidumbre fría que le erizó el vello de los brazos.

​—Soraya —dijo él. Su voz era grave, aterciopelada, pero con una resonancia que vibró en el suelo del apartamento—. Has crecido. Aunque siempre supe que serías exactamente como te imaginé.

​Ella no pudo articular palabra. Intentó cerrar la puerta, pero Sebastián extendió una mano enguantada en cuero negro y la apoyó sobre la madera, deteniendo el movimiento con una suavidad insultante. No estaba usando la fuerza bruta; estaba usando una autoridad que ella, inexplicablemente, se sentía tentada a obedecer.

​—¿Quién eres? —logró susurrar, sintiendo que sus piernas flaqueaban—. ¿Qué quieres de nosotros?

​Sebastián entró sin esperar invitación. Sus zapatos, de un brillo lustroso que reflejaba la escasa luz, golpearon el parqué con una cadencia hipnótica. Se detuvo en el centro de la sala, observando los cuadros de Soraya con un desdén refinado. Se detuvo ante uno de ellos, un retrato de un bosque, y pasó un dedo por el marco, como si estuviera evaluando una mercancía.

​—El arte es una mentira que nos acerca a la verdad, Soraya. Pero la verdad es que tu padre y yo tenemos un contrato. Un contrato que se firmó hace demasiado tiempo, cuando tú eras apenas un sueño, una promesa de belleza en un mundo de sombras. Tu padre se ha retrasado en los pagos. Y en mi mundo, los intereses se cobran en activos humanos.

​En ese instante, la cerradura de la puerta principal volvió a girar. Esta vez, con violencia. La puerta se abrió de golpe, revelando la silueta atlética de Víctor, quien entraba con el rostro desencajado, respirando con dificultad por la carrera. Sus ojos verdes escaneaban la estancia, buscando peligro, buscando proteger a la mujer que amaba.

​—¡Soraya! —exclamó él, lanzándose hacia ella—. ¿Quién es este tipo? ¡Lárgate de aquí ahora mismo!

​Víctor, impulsivo y protector, se interpuso entre Sebastián y Soraya. Era una escena digna de un lienzo de claroscuro: la luz del pasillo iluminando la valentía desesperada de Víctor, mientras Sebastián permanecía envuelto en su propia oscuridad, imperturbable.

​Sebastián soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de alegría que resonó en las esquinas como el eco de un juicio. Se arregló los gemelos con ese gesto preciso y calculado que parecía su única señal de humanidad.

​—El muchacho —dijo Sebastián, mirando a Víctor como si fuera un insecto molesto—. El novio encantador con secretos que no sabe ni por dónde le viene el aire. ¿Realmente crees que puedes protegerla, Víctor? ¿Crees que tu pequeña vida de ilusiones puede mantenerse en pie frente a la realidad?

​Soraya sintió que el mundo se dividía en dos. A un lado, la calidez de Víctor, la seguridad de lo conocido, el amor que la mantenía a flote. Al otro, la gravedad implacable de Sebastián, la oscuridad que le recordaba que ella nunca había sido dueña de su propia existencia.

​—Víctor, vete —dijo ella, con una voz que apenas reconoció como suya.

​—¿Qué? —él se giró hacia ella, incrédulo—. ¡Ni hablar! No dejaré que este psicópata te intimide.

​Sebastián caminó hacia Soraya. No fue rápido, sino con una lentitud que le permitió a ella observar cada detalle de su rostro: la pequeña cicatriz en su ceja izquierda, el leve aroma a tabaco caro y sándalo, la intensidad de unos ojos que parecían conocerla mejor que ella misma. Se detuvo a centímetros de ella, invadiendo su espacio personal, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

​—Soraya, querida —murmuró él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro íntimo—. Tienes dos opciones. La primera es que este chico se quede y yo me vea obligado a borrar su existencia de este mundo, dejando a tu padre con una deuda impagable y a ti con una culpa que te consumirá hasta los huesos. La segunda... es que me acompañes. Que aceptes que tu vida me pertenece, y que, a cambio, tu padre podrá ver la luz del sol mañana. Y quizás, solo quizás, tu querido Víctor también pueda seguir respirando.

​El aire se tornó irrespirable. Soraya miró a su padre, quien sollozaba en silencio, incapaz de mirarla a los ojos. Luego miró a Víctor, cuyo rostro estaba desencajado, pero cuyos ojos ocultaban una chispa de ambición o miedo que ella no había visto antes. ¿Era Víctor realmente el héroe que ella creía? ¿O era, tal vez, una pieza más en este tablero que Sebastián estaba moviendo?

​La duda comenzó a germinar en su mente. Sebastián no mentía. Su frialdad era honesta. Víctor, en cambio, tenía algo que ocultaba; un secreto que, en aquel momento de tensión extrema, le pareció detectar en la forma en que él evitaba mirar a Sebastián directamente a los ojos.

​—¿Por qué yo? —preguntó ella, con la voz quebrada.

​Sebastián sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que iluminó su rostro con una belleza aterradora.

​—Porque el destino nunca se equivoca, Soraya. Y yo llevo años escribiendo tu nombre en cada página de mi vida.

​La decisión cayó sobre sus hombros como una losa de plomo. Sabía que si se iba con él, perdería su vida. Pero si se quedaba, perdería a las personas que amaba. Y en el fondo, una chispa de una emoción prohibida y oscura comenzó a arder en su interior ante la intensidad de la mirada de Sebastián. Un miedo que no era solo rechazo, sino una extraña forma de atracción.

​Víctor se adelantó un paso, pero Sebastián no se inmutó. La tensión en la habitación era un arco tenso a punto de romperse. Soraya cerró los ojos un instante, invocando toda su voluntad. Cuando los abrió, su mirada se encontró con la de Sebastián.

​—Me iré contigo —dijo ella, con firmeza, ignorando el grito de protesta de Víctor—. Pero bajo una condición.

​Sebastián inclinó la cabeza, intrigado.

​—Nadie más sufrirá. Ni mi padre, ni Víctor.

​—Un trato justo —respondió Sebastián, ajustándose el abrigo—. Para alguien que está a punto de perder su libertad, eres muy generosa, Soraya.

​El destino, aquel narrador invisible, acababa de cerrar el primer capítulo de su cautiverio. La puerta se abrió, y el aire frío de la noche entró, mezclándose con el calor asfixiante del apartamento. Soraya dio un paso al frente, sintiendo cómo cada fibra de su ser se tensaba. Sebastián le ofreció el brazo, un gesto caballeroso que se sentía como una cadena de acero. Ella lo tomó, y mientras caminaban hacia el sedán negro que esperaba fuera, Soraya sintió que su vida anterior se desintegraba, convirtiéndose en cenizas de un pasado que nunca volvería.

​Víctor se quedó allí, en la puerta, inmóvil. Soraya no se giró. No podía. Porque si lo hacía, vería la verdad que ya empezaba a sospechar: que su novio, su ancla, su seguridad, tal vez no era la víctima en todo esto. Tal vez, el juego era mucho más grande de lo que ella podía imaginar.

​El sedán se puso en marcha, y la ciudad, con sus luces parpadeantes, se convirtió en una estela borrosa de colores. Soraya miró a través de la ventanilla, viendo cómo su barrio, su facultad, sus sueños, se alejaban. Estaba en camino a lo desconocido, a un palacio de cristal y sombras donde el hombre que la había comprado la esperaba para empezar a cobrar su deuda. La oscuridad la rodeaba, pero en la mirada de Sebastián, mientras observaba la carretera con una concentración quirúrgica, ella vio algo más: una devoción retorcida, una obsesión que la envolvería hasta que no quedara ni un rastro de la mujer que fue.

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pryz
Hola belleza, leí y no entendí nada pero parece buena, sigamos adelante 😉
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