Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.
Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.
Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.
Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.
Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.
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capítulo 12
La noche se había cerrado por completo sobre el bosque. La cabaña de Elowen dormía en silencio, protegida por sellos antiguos y por la respiración tranquila de sus ocupantes.
Kim estaba acurrucada entre las cobijas, soñando en paz, y Elowen descansaba profundamente, exhausta tras reforzar las protecciones alrededor del lugar.
Andreia, sin embargo, no dormía. La alerta pulsaba en su pecho desde el atardecer, una sensación antigua, familiar, imposible de ignorar.
Se levantó despacio, cuidando de no hacer ruido, y salió de la cabaña como una sombra. La luna llena brillaba sobre las copas de los árboles, clara, poderosa, casi un llamado.
Respiró hondo. No se resistió. Se desvistió y enseguida la transformación llegó suave, distinta de las veces en que la había ocultado por miedo.
Los huesos se ajustaron, los músculos se expandieron, y la loba blanca emergió en silencio absoluto. Su pelaje plateado reflejaba la luz lunar mientras tocaba el suelo del bosque con respeto, como si aquel lugar la reconociera.
Andreia corrió. No por huir, sino por instinto. De joven, adoraba dejar que su lado animal tomara el control y simplemente correr libre.
Los árboles se abrieron a su paso; los sonidos nocturnos se apartaban como si el bosque supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
Siguió el mismo camino que su hija le había indicado, percibiendo en el aire el rastro inconfundible de otro lobo. Cuando llegó al claro más profundo, se detuvo en seco.
Allí, entre sombras y luz de luna, se encontraba él. Un enorme lobo negro, más grande que cualquier otro que Andreia hubiera visto jamás.
Su pelaje parecía absorber la luz a su alrededor; los ojos dorados estaban fijos en ella, atentos, conscientes. No había agresividad en su postura, solo presencia. Dominio contenido.
El corazón de Andreia latió con fuerza. Dio un paso al frente. El lobo negro respondió con un paso también, inclinando levemente la cabeza en un gesto que mezclaba respeto y algo más íntimo.
Entonces, ante sus ojos, el lobo comenzó a cambiar. La forma animal cedió lugar a la humana: huesos reorganizándose, músculos retrayéndose, hasta que Máximo estuvo allí, desnudo bajo la luna, la mirada prendida en ella como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Andreia volvió a su forma humana también, sin prisa, sin miedo. Por un instante, ninguno de los dos habló.
El viento pasó entre ellos, cargando memorias, arrepentimientos, deseos nunca resueltos. Máximo fue el primero en romper el silencio.
MÁXIMO— Sigues siendo hermosa —dijo con voz queda, sincera—. La Luna nunca se equivoca. Tu loba siempre fue increíble.
Andreia alzó el mentón; sus ojos azules brillaban, pero sin suavidad.
ANDREIA— No vine aquí por halagos —respondió—. Vine porque asustaste a mi hija.
La expresión de él cambió de inmediato.
MÁXIMO— No le hice nada. Solo quise olfatear a mi cachorra —afirmó con firmeza—. Percibí su poder... y me detuve. Nunca habría cruzado tus protecciones. Jamás le haría daño.
Ella lo estudió durante unos segundos, evaluando no solo las palabras sino la energía que emanaba. No había mentira allí. Solo un cuidado mal disimulado.
ANDREIA— Kim me contó que eras "el perrito gandote" que la había asustado.
Una sonrisa breve, casi triste, asomó en los labios de Máximo.
MÁXIMO— Nunca pensé que oiría ese nombre —respondió—. Pero sí... fui yo. Perdón por haberla asustado.
El silencio regresó, más pesado esta vez.
ANDREIA— ¿Por qué estás aquí, Máximo? —preguntó al fin—. No me digas que fue curiosidad. Tú nunca te moviste por tan poco.
Él se pasó la mano por el cabello, desviando la mirada un instante.
MÁXIMO— Porque necesitaba verlo con mis propios ojos —confesó—. Necesitaba saber si era real. Si tú, si ella, todavía existían fuera de mis arrepentimientos.
Andreia sintió el pecho apretarse, pero mantuvo la postura firme.
ANDREIA— No tenías ese derecho. Aparecer como si no hubiera pasado un solo día.
MÁXIMO— Lo sé —respondió sin vacilar—. Y no estoy pidiendo perdón ahora. Solo... verdad.
Ella cruzó los brazos.
ANDREIA— Entonces pon las cartas sobre la mesa —exigió—. Aquí. Ahora. Sin juegos, sin títulos, sin trono.
Máximo asintió.
MÁXIMO— Me equivoqué contigo —comenzó—. No por amar a otra persona, sino por elegir el poder cuando debería haberte elegido a ti. Todos los días cargo con esa decisión, y pesa más que la corona.
Andreia sintió el dolor antiguo removerse dentro de sí.
ANDREIA— ¿Y ahora? —preguntó—. ¿Viniste a buscar qué? ¿Redención? ¿A tu hija? ¿O control?
Él avanzó un paso, pero se detuvo a una distancia respetuosa.
MÁXIMO— Nada de eso —contestó—. Vine a decirte que sé que Kim no me pertenece. Sé que tú eres la única capaz de guiarla. Y vine a prometer... que no las cazaré. Pero ella también es mía, mi cachorra, aquella con la que soñamos tantas noches.
Ella frunció el ceño.
ANDREIA— Tus promesas solían costar caro.
MÁXIMO— Lo sé —admitió—. Por eso no pido confianza. Solo tiempo.
Andreia respiró hondo, sintiendo la Luna pulsar sobre ellos.
ANDREIA— El tiempo es lo único que no puedes exigir —dijo—. Pero tal vez sea lo único que yo pueda conceder.
Los ojos de Máximo se suavizaron.
MÁXIMO— Todavía te amo —confesó en voz baja—. No como rey, no como alfa. Como el hombre que tú casi salvaste de sí mismo.
Andreia cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de aquella verdad.
ANDREIA— Yo también te amé —respondió—. Pero el amor no borra las decisiones.
Se quedaron allí, desnudos bajo la luna. No en deseo, sino en vulnerabilidad. Dos lobos marcados por el destino, unidos por una hija que cambiaría el mundo.
ANDREIA— Vete antes del amanecer —ordenó al fin—. Si Elowen percibe tu presencia, esto no terminará en conversación.
Máximo asintió.
MÁXIMO— Me iré —respondió—. Pero que sepas... estaré cerca. No para arrebatar nada. Para proteger, si es necesario. Y algún día, quiero poder simplemente tomar a mi hija en brazos.
Ella lo encaró por última vez.
ANDREIA— Protege manteniéndote lejos —le dijo—. Es el mayor acto que puedes hacer por nosotras ahora. Y en cuanto a lo otro, dejemos que la Luna decida.
Máximo retrocedió un paso, aceptando. Momentos después, el lobo negro volvió a existir y desapareció entre los árboles como una sombra silenciosa.
Andreia permaneció allí unos instantes más, sintiendo el corazón latir fuerte, confuso, vivo. Luego regresó a su forma de loba blanca y corrió más lejos, de vuelta a las Cascadas Sagradas.
El bosque se cerró tras ella, y la Luna, testigo de todo, guardó aquel encuentro como un hilo más del destino que todavía estaba lejos de romperse.