Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 4: A corta distancia
Las palabras de Andrea se me quedaron grabadas en la mente todo el fin de semana, pero la verdadera confirmación de que mis amigas no estaban locas llegó el lunes a primera hora.
Cuando entré al departamento de contabilidad, encontré a dos hombres de mantenimiento trasladando mis carpetas, mi computadora y mis cosas de escritorio.
—Disculpen, ¿qué está pasando aquí? —pregunté, deteniéndolos con el ceño fruncido.
—Órdenes de la gerencia de ingeniería, señorita Valeria —respondió uno de ellos, cargando una caja—. Nos pidieron desalojar este cubículo.
Antes de que pudiera entrar en pánico pensando que me estaban despidiendo, la figura imponente de Mateo apareció al final del pasillo. Llevaba un traje gris oscuro hecho a la medida que resaltaba sus hombros anchos, y caminaba con esa seguridad absoluta de quien es dueño de cada baldosa que pisa.
—Buenos días, Valeria —me saludó con esa voz profunda que me aceleraba el pulso—. No te asustes. El flujo de trabajo con los nuevos proyectos de infraestructura exige que la contabilidad de costos esté en comunicación directa conmigo. Pedí que reubicaran tu puesto.
Me guió unos pasos más allá, justo al lado de la imponente puerta de madera y vidrio esmerilado que daba a su oficina privada. Allí, en un espacio privilegiado, con un ventanal enorme que daba hacia el Ávila, estaba montado mi nuevo escritorio. Básicamente, para entrar o salir de su oficina, Mateo tenía que pasar a centímetros de mí. Y a través del vidrio de su despacho, si dejaba las persianas un poco abiertas, podía vigilar cada uno de mis movimientos.
—Aquí estarás más cómoda —dijo, apoyando una mano en el borde de mi nuevo escritorio y reclinándose sutilmente hacia mí—. Y yo tendré los números a la mano cada vez que los necesite. ¿Te gusta?
—Es... es muy hermoso, ingeniero... perdón, Mateo —respondí, tragando grueso al sentir la cercanía de su cuerpo y el aroma de su perfume, que ya se me estaba haciendo adictivo—. Muchas gracias.
—No hay de qué. Si necesitas algo, estoy a un paso de distancia —concluyó con una sonrisa de lado, dándole un doble sentido a sus palabras que me erizó la piel, antes de entrar a su oficina.
Esa reubicación cambió por completo la dinámica. Estar tan cerca de Mateo significaba que el imperturbable ingeniero de treinta y dos años, acostumbrado a manejar crisis y rescates extremos sin pestañear, estaba empezando a perder la cabeza por una simple contadora de veinticinco años.
Descubrí que Mateo no solo quería tener los números cerca; quería vigilar quién se me acercaba. El ambiente de la constructora era mayoritariamente masculino, lleno de ingenieros jóvenes, arquitectos y proveedores que no tardaron en notar la presencia de la "nueva contadora".
A media tarde, Luis, uno de los ingenieros encargados de las obras del este, se acercó a mi escritorio para entregarme unas facturas de valuación. Era un muchacho simpático y conversador.
—Hola, Valeria. Qué bueno que te mudaron para este piso, ahora el paisaje de la oficina mejoró muchísimo —me dijo con una sonrisa coqueta, apoyándose en el mostrador de mi cubículo—. Me dijeron que eres experta en joyería, ¿es verdad? Un día de estos me tienes que mostrar tus diseños.
—Claro, cuando quieras, Luis. Son piezas de orfebrería que hago con mis amigas en...
No pude terminar la frase. La puerta de la oficina de Mateo se abrió de golpe con un sonido seco. El ambiente de la oficina pareció congelarse en un microsegundo. Mateo salió con una carpeta en la mano, pero su mirada no estaba en los papeles; sus ojos marrones estaban fijos en Luis con una intensidad tan fría y cortante que el pobre ingeniero borró la sonrisa al instante.
—Ingeniero Luis —la voz de Mateo sonó como un latigazo, baja pero cargada de una autoridad aplastante—. Pensé que a esta hora debía estar revisando la mezcla de concreto en la obra de Las Mercedes. ¿Qué hace parado aquí?
—Solo... solo le estaba entregando unas valuaciones a Valeria, jefe —tartamudeó el muchacho, enderezando la postura de inmediato y dando un paso atrás, alejándose de mí.
—Las facturas se dejan en la bandeja de entrada. Valeria está muy ocupada con el balance trimestral, como para perder el tiempo en conversaciones que no son de la empresa —sentenció Mateo, dando un paso al frente y colocándose prácticamente entre Luis y yo, marcando territorio de una forma tan obvia que me quedé sin aliento—. Regrese a su puesto. Ahora.
—Sí, señor. Con permiso.
Luis casi salió corriendo hacia los ascensores. Yo me quedé mirando a Mateo, estupefacta. Él se giró lentamente hacia mí. El arrebato de celos era tan evidente en la tensión de su mandíbula que resultaba intimidante, pero al mismo tiempo, provocó un escalofrío desconocido en lo más profundo de mi vientre.
—Si algún empleado viene a molestarte o a hacer comentarios fuera de lugar, me lo haces saber de inmediato, Valeria —me dijo, su tono suavizándose un poco al mirarme, pero sin dejar ese matiz posesivo que empezaba a dominarlo—. No quiero que nadie te distraiga.
—Él... él solo era amable, Mateo —atiné a decir con un hilo de voz.
Mateo apoyó ambas manos en mi escritorio, acorralándome sutilmente con su postura, y me miró fijo a los ojos.
—No me importa. No me gusta que te miren así. Eres mi contadora, Valeria, y estás bajo mi responsabilidad. Que te quede claro.
Se dio la vuelta y regresó a su oficina, cerrando la puerta tras de sí. Yo me quedé tocándome el pecho, sintiendo los latidos desbocados de mi corazón. Andrea tenía razón Mateo Fonseca no estaba jugando, y la forma en que intentaba reclamarme como si fuera de su propiedad me asustaba tanto, como me fascinaba.