Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 16
Sin ella, no hay firma
Camila le apartó la mano de un manotazo.
—Ya decidí —dijo, con los dientes apretados—. Y no voy a cambiar de idea aunque me deje sin trabajo.
Salió de la oficina antes de que él pudiera contestar, con las piernas de trapo y la barbilla en alto, y no la bajó hasta que llegó a su escritorio y se dejó caer en la silla. Solo entonces le temblaron las manos. Fingió teclear. Las letras se le nublaban. No lloró delante de nadie —eso jamás, no le iba a dar el gusto a Brenda—, pero cuando por fin se metió al baño y cerró el pestillo, se le salió todo de golpe, en silencio, con la frente pegada a la puerta de la caseta.
Se lavó la cara. Se prometió que no volvería a llorar por ese hombre. Y al salir del baño, con los ojos todavía hinchados, buscó por costumbre el celular para hablarle a Fernanda, para contarle, para que alguien del mundo le dijera que no estaba loca.
No tenía celular. Seguía en el coche de Max.
—Camila. —Daniela se asomó por encima del cubículo, con cara de no creerlo—. Te buscan abajo. Un señor. Uno que… guau. Está en la recepción. Pregunta por ti.
Se le detuvo el corazón.
Bajó. Y ahí estaba, en medio del vestíbulo de Aurelle, tan fuera de lugar entre las cosméticas y los folletos como un lobo en una pastelería, con su celular estrellado en la mano.
—Se te quedó esto —dijo Maximiliano.
—Gracias. —Camila estiró la mano para tomarlo, rápido, deseando que se fuera antes de que todo el edificio los viera—. No tenías que venir hasta acá, con una llamada yo…
Él no le soltó el teléfono. Le sostuvo la muñeca, ladeó la cabeza, y esos ojos que no se le escapaba nada se clavaron en los suyos hinchados.
—Estuviste llorando.
—No.
—Camila.
—Aquí no —susurró ella, mirando de reojo a la recepcionista que ya estiraba el cuello—. Por favor.
Lo jaló de la manga a un pasillo lateral, a un rincón sin cámaras junto a las escaleras de servicio, donde no llegaban ni los folletos ni los ojos. En cuanto los tapó la pared, Max la soltó y se plantó frente a ella, cerrándole la salida sin tocarla.
—Ahora sí. Dime quién.
—No es nada. Cosas del trabajo.
—Voy a contar hasta tres. —Su voz había bajado a ese registro grave y peligroso que ella empezaba a conocer—. Y me lo vas a decir. Uno.
—Max, de verdad no…
—Dos.
—Es que si te lo digo vas a hacer una…
—Tres.
Y en lugar de dejar caer el número, la acorraló contra la pared y le calló la boca con la suya. No fue un beso brusco; fue firme, terco, hecho para desarmarla, y la desarmó. Camila abrió los ojos de par en par, se puso las manos en el pecho de él para empujarlo y no empujó nada, y cuando él por fin se apartó unos centímetros, con la frente pegada a la de ella, la verdad se le salió sola, entrecortada, porque ya no le quedaban fuerzas para retenerla.
—El trato de Green lo hice yo —dijo contra su boca, con la voz rota—. Y Beltrán se lo dio a Brenda porque ella… porque anoche lo acompañó a cenar. Y me dijo que si yo quería la comisión, tenía que… acompañarlo a él esta noche. Ser amable. Y le dije que no, y me amenazó con correrme. —Se le llenaron otra vez los ojos, de rabia esta vez—. Y lo peor es que tiene razón. Estoy a prueba. Me puede correr cuando quiera.
Algo se apagó en la cara de Maximiliano. No gritó. No se movió. Se quedó muy quieto, y esa quietud daba más miedo que si hubiera roto la pared.
—¿Cómo se llama?
—Beltrán. Pero no vayas a…
—Esto lo arreglo yo. —No era una oferta. Era un hecho consumado—. Tú no vas a acompañar a nadie a ningún lado. Y no te va a correr.
—No puedes arreglar nada. Es mi jefe, tiene el trato de Green en la mano y…
—Camila. —Le levantó la barbilla con dos dedos, y por primera vez le habló despacio, dejándola oír cada palabra—. Kendra es mi amiga. Green no firma con Aurelle si yo no doy el visto bueno. Para cerrar ese trato, tu gerente tiene que pasar por mí. Solo que todavía no lo sabe.
Camila lo miró sin entender, y después entendiendo demasiado. La cabeza le dio vueltas. Kendra, amiga de Max. El trato entero colgando de un hilo que él sostenía. ¿Desde cuándo? ¿Cuánto de lo que le pasaba en la vida ya pasaba por las manos de este hombre sin que ella lo supiera?
—¿Quién eres tú? —murmuró.
Él no contestó. Le puso el celular estrellado en la mano, le cerró los dedos encima y le sostuvo la mirada un segundo más.
—Guarda todo lo que te dijo Beltrán por escrito —dijo—. Todo. Vas a necesitarlo. Ahora sube. Y cuando te llamen, no vayas hasta tener por escrito lo que te prometan.
Se dio la vuelta y se fue, y Camila se quedó en el rincón con el corazón desbocado y la sensación exacta de haber puesto un pie sobre algo mucho más grande de lo que alcanzaba a ver.
—
En el Hotel Camino Imperial, en el privado catorce, Beltrán sudaba.
Había llegado ancho, con Brenda del brazo, seguro de que cerrar con la extranjera sería cuestión de brindar y sonreír. Kendra Larsson lo recibió con una cortesía de hielo, revisó los papeles por encima y, sin tocar la pluma, hizo la única pregunta que él no esperaba.
—¿Y mi Camila? —Miró la puerta, después a Beltrán—. Yo con Camila trato. ¿Dónde está?
—La señorita Fuentes está indispuesta —se apresuró Brenda, con su mejor sonrisa—. Un resfriado. Pero yo llevé el proyecto de la mano, cualquier duda que tenga…
—Qué raro. —Kendra se recargó en el respaldo, tranquila, con ese acento que hacía sonar cada palabra más filosa—. Ayer en Montealto estaba perfecta. Y el proyecto lo conozco. Lo leí. Las traducciones, las fichas, el análisis de ingredientes… eso no lo escribió usted, señorita. Eso lo escribió Camila. —Cerró la carpeta con una calma demoledora—. Miren, seré clara para que no perdamos la tarde. Si Camila no viene, no firmo. Green cierra con las personas, no con las sillas. Y la persona con la que Green quiere trabajar es ella.
A Beltrán se le descompuso la cara. Un contrato de siete cifras. Su bono del año. Su cuello. Todo colgando de la única empleada a la que acababa de amenazar con la calle.
Salió al pasillo a llamarla, y le tembló la voz de la pura miel forzada.
—¿Camila? Mira, hija, olvida lo de hoy en la mañana, fue un malentendido. Necesitamos que vengas al Camino Imperial. La representante te quiere a ti. Y mira, para que veas que no hay rencores: cierras el trato y la comisión completa es tuya, y en cuanto pase el periodo de prueba te paso a planta. Palabra.
—Por escrito —dijo Camila.
—¿Qué?
—Que lo escriba en un mensaje. La comisión completa y la planta, en cuanto se firme. —Habló despacio, sin temblar; tenía la voz de Max todavía en el oído—. Si no está por escrito, no voy.
Hubo un silencio rabioso del otro lado. Después le llegó el mensaje. Camila leyó cada palabra, hizo una captura de pantalla, la guardó, hizo otra por si acaso. Solo entonces pidió un taxi —esta vez sí, esta vez el trato lo pagaba— y fue.
Entró al privado catorce todavía con el vestido de Montealto, y en cuanto Kendra la vio se le iluminó la cara.
—Ahí está mi Camila. —Se levantó a saludarla—. Ahora sí, empecemos.
Lo demás lo hizo Camila sola.
Puso las fichas sobre la mesa, cambió al inglés con una soltura que dejó mudo a medio privado, y desmenuzó cláusula por cláusula: márgenes, exclusividad, tiempos de entrega, la garantía de origen de los ingredientes. Cuando Kendra objetó un punto, Camila le devolvió tres razones y una alternativa mejor. Beltrán, que no seguía ni la mitad del inglés, sonreía tieso en su silla, sudando el traje. Brenda miraba la mesa.
—Aquí, aquí y aquí —dijo Kendra al fin, destapando su pluma—. Firmo. —Y antes de estampar la firma, levantó la vista y habló en español, alto y claro, para que no quedara duda en el privado—. Que quede constancia: firmo por Camila. Por su trabajo y por su cabeza. No por la cara de nadie más en esta mesa.
La pluma corrió sobre el papel. El contrato quedó cerrado.
Camila respiró por primera vez en horas. La comisión era suya. La planta era suya. La había ganado ella, con su inglés y su cabeza, y esa certeza le supo mejor que cualquier cosa que le hubieran podido regalar.
Del otro lado de la mesa, Beltrán apretaba la pluma que ya no iba a usar hasta que se le blanquearon los nudillos. Miraba a Camila firmar los duplicados con una sonrisa que era pura educación por fuera y otra cosa muy distinta por dentro. La habían dejado como una idiota delante de la extranjera. Le habían quitado el bono, el crédito, la cara. Y todo por culpa de esa muerta de hambre que un día antes suplicaba una plaza.
Alguien estaba moviendo los hilos por ella. Beltrán no sabía quién. Pero lo iba a averiguar. Y mientras la veía sonreír, del otro lado de la mesa, algo negro y paciente empezó a acomodarse detrás de sus ojos.