Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Cinco millones por minuto
Nadie volvió a hablar de Navidad.
Una semana después, Valentina estaba en Panamá fingiendo que no pensaba en Adrián Castellán.
No le salía.
El salón principal del hotel frente a la bahía parecía diseñado para que nadie pudiera esconderse: lámparas enormes, columnas claras, cámaras de revistas, compradores con apellidos largos y mujeres vestidas como si la filantropía fuera una competencia de brillo. En el centro, bajo una vitrina de cristal, descansaba el collar de perlas antiguas que Regina le había mostrado en la invitación.
Perlas grandes, irregulares, con una luz suave que no gritaba riqueza sino historia.
Valentina lo vio y pensó en una novia con cuello descubierto, seda de Oaxaca reconstruida, bordado mínimo y esa línea blanca cayendo sobre la clavícula como una promesa.
Lo odió de inmediato.
Porque lo quería.
—No pongas esa cara —dijo Mariana a su lado—. Es la cara con la que compras cosas que no puedes pagar.
—No estoy comprando.
—Estás imaginando una campaña completa.
—Eso es gratis.
—Hasta que levantas la paleta.
Paloma, que llevaba una libreta pequeña contra el pecho, susurró:
—Jefa, nuestro límite está marcado aquí. Si Regina sube de eso, respiramos, sonreímos y fingimos que nunca nos importó.
Valentina miró la cifra.
Era alta para Juramento. Ridícula para la mitad del salón.
—Entendido.
—Dilo con convicción.
—Entendido con gastritis.
Mariana le apretó el brazo.
—Nada de gastritis hoy. Hoy eres una diseñadora internacional misteriosa.
—Soy una diseñadora mexicana con presupuesto limitado y un collar mirándome como tentación bíblica.
—Más misteriosa así.
Regina apareció al otro lado de la vitrina con un vestido verde oscuro y una sonrisa que no prometía paz.
—Valentina. Qué milagro. Pensé que te daría miedo salir del taller.
—Regina. Qué sorpresa. Pensé que necesitabas tres asistentes para sostenerte el ego.
Mariana tosió para esconder una risa.
Regina miró a Paloma.
—¿Trajiste a la de las tijeras?
Paloma levantó la libreta.
—Y presupuesto.
—Qué tierno.
Valentina señaló el collar con la mirada.
—¿Vas por él?
—Obvio.
—No combina con Eternidad.
Regina alzó una ceja.
—Combina con ganar.
La campana de la subasta interrumpió el resto.
Los primeros lotes pasaron con aplausos educados: relojes antiguos, una pintura pequeña, un par de aretes de esmeralda. Valentina mantuvo las manos quietas. Cada vez que pensaba en levantar la paleta, Paloma la miraba como una contadora enviada por Dios.
Entonces llegó el collar.
El subastador habló de una familia europea, de una heredera panameña, de una boda que nunca ocurrió. A Valentina le importó poco la leyenda. Lo que veía era la caída exacta de las perlas sobre una línea de escote que ya existía en su cabeza.
—Lote veintisiete. Collar de perlas naturales, cierre de platino y diamantes. Abrimos en dos millones de pesos mexicanos equivalentes.
Regina levantó la paleta.
Valentina esperó dos segundos.
Levantó la suya.
Mariana murmuró:
—Ay, Virgen.
Paloma dejó de respirar.
La puja subió rápido. Tres. Cuatro. Seis. Regina no miraba al subastador; miraba a Valentina. Valentina no le dio el gusto de temblar.
—Ocho millones —anunció el subastador.
Paloma apretó la libreta.
—Jefa.
Valentina levantó la paleta.
—Nueve.
Regina sonrió.
—Diez.
Un murmullo se extendió. Para los viejos compradores, aquello era espectáculo. Para las revistas, contenido. Para Valentina, era el límite acercándose con tacones.
—Once —dijo.
Paloma cerró los ojos.
Regina alzó la paleta.
—Doce.
Valentina sintió la mirada de media sala. Pensó en Juramento, en el textil cortado, en Panamá como puerta, en Regina diciéndole que los salones grandes no eran para ella.
Levantó la paleta.
—Trece.
La sala murmuró más fuerte.
Regina ya no sonreía.
—Quince.
Paloma la tomó de la muñeca antes de que Valentina pudiera moverse.
—No.
Valentina sostuvo la paleta con dedos tensos.
—Puedo...
—No sin poner en riesgo nómina, telas y Panamá completo. No.
La palabra la golpeó más que la cifra.
Regina la miró con una dulzura falsa.
—No pasa nada, Valentina. A veces una sabe hasta dónde llega.
Valentina bajó la paleta.
Le ardió más que la marca del cuello.
—Quince millones a la una —cantó el subastador—. Quince millones a las dos...
Una paleta negra se levantó al fondo.
—Cincuenta millones.
El salón se quedó sin aire.
Regina giró tan rápido que casi perdió la compostura.
Valentina también miró.
Joaquín estaba de pie junto a la última fila, traje oscuro, expresión limpia, paleta en alto como si acabara de pedir un café.
El subastador parpadeó.
—Cincuenta millones de pesos equivalentes. ¿Alguien ofrece más?
Nadie respiró.
Regina bajó la paleta despacio.
Por primera vez desde que Valentina la conocía, no tuvo un comentario inmediato.
—Cincuenta millones a la una. Cincuenta millones a las dos. Adjudicado.
El golpe del martillo sonó como un disparo pequeño.
Todas las miradas fueron hacia Joaquín.
Luego hacia Valentina.
Valentina sintió que el piso se movía bajo sus pies.
Mariana susurró:
—Dime que tú sabías.
—No sabía.
Paloma tenía la libreta pegada al pecho como si fuera a desmayarse encima.
Regina se acercó con la cara rígida.
—¿Adrián Castellán está comprándote joyas ahora?
—No —dijo Valentina.
Pero sonó poco convincente incluso para ella.
Joaquín cruzó el salón entre murmullos. No se apuró. No necesitaba hacerlo. La sala se abría a su paso.
Se detuvo frente a Valentina e inclinó apenas la cabeza.
—Señorita Serrano.
—Joaquín, ¿qué acaba de hacer?
—Comprar un collar.
—No se haga el simpático.
—No lo intento.
Regina soltó una risa seca.
—Esto sí que es nuevo. Juramento compitiendo con dinero ajeno.
Valentina dio un paso hacia ella.
—No me metas en esto. Yo no pedí nada.
—Claro. Los hombres como Adrián Castellán compran collares de cincuenta millones por accidente todo el tiempo.
Joaquín intervino sin cambiar el tono.
—El señor Castellán solicita verla.
Valentina sintió que la rabia le limpiaba el miedo.
—Pues el señor Castellán puede esperar.
Joaquín bajó la voz.
—Me pidió transmitir el mensaje exacto.
—Adelante.
—Cada minuto que tarde, Capital Solaris pausará cinco millones de pesos en órdenes pendientes con proveedores vinculados a Grupo Serrano. No es una sanción; es una decisión comercial revisable.
El mundo se volvió muy claro.
Mariana abrió la boca.
Paloma palideció.
Regina dejó de sonreír.
Valentina sintió el golpe no en el orgullo, sino en el estómago. Roberto. Los proveedores de su padre. Gente que no tenía nada que ver con sus discusiones con Adrián.
El teléfono de Valentina vibró.
Luego el de Mariana.
Luego el de Paloma.
No fue una coincidencia elegante. Fue una cascada.
En la pantalla de Valentina apareció el nombre de Roberto Serrano.
Papá.
La llamada entrante le apretó el pecho. No contestó de inmediato. Llegó un mensaje de Carmen:
"¿Estás con tu papá? Acaban de llamar de Logística del Bajío. Dicen que una orden grande quedó en pausa. Roberto está preocupado."
Otro mensaje, esta vez de una de las proveedoras de Juramento:
"Vale, ¿sabes si Grupo Serrano tuvo algún problema? Nos pidieron frenar entrega hasta nuevo aviso."
Paloma le mostró su propia pantalla con la mano temblando.
—Jefa...
Mariana, que pocas veces perdía el color, murmuró:
—Esto ya empezó.
Valentina sintió ganas de romper la paleta de subasta en dos. No porque no entendiera el poder de Adrián. Lo entendía demasiado bien. Eso era lo que le daba asco y miedo al mismo tiempo: la precisión. No había gritos, no había golpes, no había una amenaza escrita que pudiera denunciarse sin parecer exagerada. Solo llamadas profesionales, órdenes pausadas, contratos que se enfriaban en cadena.
Todo por ella.
O contra ella.
Todavía no sabía cuál de las dos cosas era peor.
—Eso no está bien —dijo.
Joaquín no se defendió.
—Lo sé.
La honestidad la irritó más.
—¿Y aun así lo dice?
—Sí.
Valentina miró hacia la entrada lateral del salón. No veía a Adrián, pero podía sentirlo en cada teléfono que empezaba a vibrar, en cada ejecutivo que revisaba mensajes, en el silencio incómodo de quienes acababan de presenciar cómo el dinero cambiaba la temperatura de una habitación.
—¿Dónde está?
—Suite presidencial. Piso treinta y dos.
Regina cruzó los brazos.
—Ve, Valentina. Parece que tu patrocinador se impacienta.
Valentina la miró.
—No confundas coerción con patrocinio.
Regina no respondió.
La frase dio en el blanco. Regina bajó la mirada al collar adjudicado y luego a la puerta lateral. Por un segundo, su expresión dejó de ser burla. Quizá porque también venía de un mundo donde los hombres con poder llamaban a la violencia "decisiones". Quizá porque entendió que competir contra Valentina era una cosa y verla empujada contra la pared por Adrián Castellán era otra.
Pero el segundo pasó.
Regina levantó la barbilla.
—Entonces ve a decirle que no eres de su propiedad.
Valentina sostuvo su mirada.
—Eso pienso hacer.
Valentina tomó su bolso, le entregó la paleta a Paloma y caminó hacia la salida con la espalda recta.
Mariana quiso seguirla.
—No —dijo Valentina—. Esto lo arreglo yo.
—Vale, contesta a tu papá primero.
Valentina miró el teléfono vibrando otra vez.
Si contestaba, Roberto escucharía la rabia. Si no contestaba, pensaría que algo peor estaba pasando. Apretó el botón de rechazo y escribió un mensaje con los dedos tensos:
"Estoy bien. No firmes ni aceptes nada hasta que te llame. Dame diez minutos."
Diez minutos.
La ironía le supo amarga.
Joaquín caminó a su lado.
Cuando las puertas del elevador se cerraron, el silencio entre ambos fue peor que el ruido del salón.
Valentina miró los números subir.
Treinta.
Treinta y uno.
Treinta y dos.
—Cinco millones por minuto —murmuró—. Dígale a su jefe que si quería verme, pudo invitarme a cenar como una persona normal.
Joaquín miró al frente.
—Creo que el señor Castellán dejó de intentar ser normal hace mucho tiempo.
Las puertas se abrieron.
Y al fondo del pasillo, Adrián la esperaba.
excelente
Gracias.