"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 11 El primer mes juntos
Pasaron exactos treinta días desde aquella tarde en el patio del colegio, cuando Cristian le pidió que fuera su polola y ella aceptó con toda la alegría del mundo.
Un mes entero compartiendo caminos, charlas, confidencias y gestos sencillos que habían ido tejiendo un cariño cada vez más fuerte.
Eluney había preparado ese día con mucha ilusión, sin que él se diera cuenta de nada.
Le pidió a sus padres que invitaran a Cristian a cenar en su casa, diciendo que quería celebrar algo especial, y ellos accedieron encantados, confiando plenamente en el joven.
Cuando llegó la hora, Cristian tocó el timbre de la puerta con su sonrisa habitual, pero al entrar en la casa, Eluney lo llevó directo a su habitación con una sonrisa misteriosa.
—Entra, por favor —le dijo, abriendo la puerta despacio.
En cuanto cruzó el umbral, Cristian se detuvo sorprendido.
Toda la pieza estaba decorada con globos rojos y blancos en forma de corazón, que colgaban del techo y se apoyaban suavemente en las esquinas.
En la pared principal, con letras brillantes y de colores, se leía claramente:
¡FELIZ ANIVERSARIO!.
La luz estaba suave, cálida, y en el aire flotaba un olor dulce y agradable.
—¿Te gusta?
—preguntó ella, un poco nerviosa pero con los ojos brillantes de emoción—.
Lo preparé yo sola en estos días, para que no supieras nada.
—Me encanta —respondió él con voz suave y llena de ternura, acercándose a ella—.
No esperaba nada así, de verdad.
Es precioso.
En medio de la mesa de estudio, justo al lado de la ventana, había una pequeña tortita, redonda y cubierta de crema blanca con detalles de chocolate.
Encima tenía escrita con dulce la fecha y un número 1, que representaba ese primer mes cumplido.
También había una velas fina en el medio de la torta.
—Quería celebrarlo contigo —le explicó Eluney mientras se acercaban a la mesa—.
Un mes parece poco tiempo, pero para mí ha sido muy especial.
Cada día contigo me hace sentir más feliz y tranquila.
Cristian le tomó ambas manos, la miró a los ojos y le respondió con toda sinceridad:
—Para mí también ha sido el mejor mes que he vivido.
Gracias por pensar en todo esto, por cuidar cada detalle.
Eres maravillosa, Eluney.
Encendieron la vela, que empezo a brillar con una luz dorada y suave en la habitación.
Juntos, muy cerca el uno del otro, soplaron al mismo tiempo para apagarla, como un símbolo de lo que habían construido: un inicio compartido, un camino que empieza y que seguirían recorriendo de la mano.
—¡Por nuestro primer mes!
—dijo ella en voz baja, sonriendo.
—Por nosotros —agregó él, y esta vez le dio un beso suave en la frente, con todo el respeto y el cariño que le tenía.
Cortaron la tortita, probaron un pedazo cada uno y se sentaron en la cama, rodeados de los globos y las letras que anunciaban su aniversario.
Hablaron de todo lo que habían vivido en estas semanas: el primer encuentro, los caminos a casa, la fiesta de Anahís, el momento en que se tomaron de la mano por primera vez, y hasta las travesuras de Antonella que siempre los hacían reír.
Era una celebración sencilla, sin lujos excesivos, pero llena de significado.
Para ellos, no hacía falta nada más: el tiempo compartido, la confianza y ese amor que crecía despacio pero seguro eran el mejor regalo que podían tener.
Al despedirse esa noche, Cristian la abrazó con suavidad y le dijo.
—Este es solo el primero de muchos meses y años que quiero pasar contigo.
Eluney se acomodó en su pecho, sintiéndose en paz.
—Yo también, Cristian. Muchos más.
Y así, con esa pequeña fiesta hecha con cariño, quedaba sellado su primer mes, una etapa más que confirmaba que lo suyo era real, firme y lleno de esperanza.